Yo soy el río

Redacción

Por Redacción





En Nueva Zelanda la naturaleza es protagonista de numerosas leyendas y mitos. En la cosmovisión del pueblo indígena maorí –como en otras culturas originarias– es común encontrar referencias a ríos, bosques y montañas con cualidades y sentimientos humanos. Otras veces la naturaleza cobra vida y se encarga de armar y desarmar los destinos. Ese también es el caso de la creencia sobre el origen del río Whanganui, un curso de agua que fue noticia hace unos días cuando el Parlamento neozelandés aprobó una ley que lo reconoce como “persona”.

¿Qué pasaría si tratáramos al río Negro como a una “persona” y le reconociéramos sus “derechos”, en lugar de darle la espalda y reclamarle todo sin darle nada? Para la nueva legislación neozelandesa cuidar el río es mucho más que una medida de protección ambiental.

En la mitología maorí, igual que en la mapuche, ambos ríos nacieron por el amor a una mujer. Según la leyenda, dos montes volcánicos –ubicados en la isla norte del territorio neozelandés–, Tongariro y el Taranaki, se batieron a duelo por el amor de Pihanga, una encantadora montaña cubierta por un bonito y frondoso bosque. Cuando la batalla acabó, Pihanga se fue con el gran vencedor y Taranaki, con mucho dolor y resentimiento, partió a la costa dejando una profunda zanja en su camino que se convirtió en el curso del río.

Los maoríes hablan de esa historia como si de un familiar se tratara, porque es así como entienden la naturaleza. El río es parte de su genealogía, es un antepasado, tal como los abuelos o bisabuelos humanos. Si alguien le hace daño, es como si se lo hiciera a su propia familia. Si alguien lo contamina es como si contaminara a su propia gente. Esa estrecha y espiritual conexión con el río se traduce en el dicho: “Yo soy el río y el río soy yo”.

La ley aprobada por el Parlamento neozelandés, que tiene como objetivo su preservación y protección, lo hace desde un enfoque muy original. Combina algunos precedentes legales occidentales con el misticismo maorí, dos cosmovisiones que –en principio– parecerían difíciles de conciliar. Pero, a pesar de esas dificultades, la ley reconoce que el río es central a la existencia y bienestar espiritual y material de los maoríes.

El río es considerado como un “ser vivo e integrado”, que parte de las montañas y llega hasta el mar, e incluye sus afluentes y el conjunto de elementos físicos y metafísicos que le acompañan. Esto significa que los “intereses” del curso de agua serán defendidos por una entidad legal, integrada por un representante de la tribu maorí y por otro del gobierno del país. Ello permitirá desarrollar una gestión integral de la cuenca fluvial más allá de las diferentes jurisdicciones territoriales.

Durante mucho tiempo, se han ensayado y debatido distintas alternativas para proteger a la naturaleza y a todos sus elementos. A veces esto se ha enmarcado como beneficios para la salud humana y el bienestar. Otras veces se ha optado por la mercantilización de los recursos naturales o sistemas en forma de mecanismos de mercado. Pero con menor frecuencia se lo había tratado a partir de un reconocimiento de la cosmovisión propia de culturas antiguas, incluyendo su respeto a la naturaleza, e incorporando el concepto de “personalidad legal” similar a la que se atribuye a una empresa o a una sociedad. Una ficción jurídica para lograr su efectiva protección y preservación.

Varios ambientalistas han considerado que se trata de un paso más en el camino hacia el reconocimiento de los “derechos a la naturaleza”, cuestión que cobró impulso cuando, en 1972, el juez estadounidense Christopher Stone lanzó un interrogante desafiante: ¿deberían los árboles tener derecho a una representación legal?. Ese fue el origen de un debate que aún circula por el mundo y que, en América Latina, atrajo mayor atención cuando los “derechos de la naturaleza” fueron incorporados en la nueva constitución de Ecuador (2008).

Más allá de ese debate y de las creencias de los moradores originarios, deberíamos reflexionar sobre el valor que tendría una decisión similar a la del gobierno de Wellington para una región como la del río Negro. Pero, cualquiera sea esa opinión, lo seguro es que ignorar los problemas que sufre el río Negro y su cuenca, o continuar con su maltrato, puede acarrear consecuencias indeseables difíciles de calibrar, cosa que culturas como la maorí y el Parlamento de Nueva Zelanda han entendido perfectamente, y de las que deberíamos aprender.

*Diplomático

¿Qué pasaría si tratáramos al río Negro como a una “persona” y le reconociéramos sus “derechos”, en lugar de darle la espalda y reclamarle todo sin darle nada?

El río es considerado como un “ser vivo e integrado”.

Esto significa que los “intereses”

del curso de agua serán defendidos por una entidad legal.

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¿Qué pasaría si tratáramos al río Negro como a una “persona” y le reconociéramos sus “derechos”, en lugar de darle la espalda y reclamarle todo sin darle nada?
El río es considerado como un “ser vivo e integrado”.
Esto significa que los “intereses”
del curso de agua serán defendidos por una entidad legal.

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