York, entre Disney y los vestigios romanos





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Con rumbo: Alrededores de York Minster: el sector turístico está bien señalizado

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Dejarse llevar: Una de las callecitas para perderse por elcentro de York

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<p>El poder de la fé: York Minster, una de las iglesias góticas más</p><p>impresionantes del Reino Unido</p>

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El pub: “The Maltings”, en la calle Tanner’s Moat de la ciudad

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Río Ouse en el centro se pueden practicar deportes acuáticos.

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Es historia: columna romana en York, una huella del antiguo imperio que fundó la ciudad hace casi 2.000 años y la denominó Eboracum.

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La estación: unir Londres con York en tren cuesta $ 160 si se compra el pasaje con antelación.

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In concert frente a The Holy Trinity Church (Iglesia de la Santísima Trinidad)

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Verde Imagen captada durante una caminata en las afueras, en el barrio de Brandsby

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Museum garden: uno de sus rincones, donde quedan restos del Imperio Romano

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Mueum Garden II: otro de los lindos jardines de York

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Panorámica la vista desde el B&B

Viajar en tren desde Londres hasta York es, de por sí, pasear. Lo fue en todo el resto del viaje pero ahora, yendo hacia el norte, dejo atrás la capital del mundo para llegar hasta una ciudad fundada hace casi 2.000 años por los romanos bajo el nombre de Eboracum. Los trenes que conectan el Reino Unido son muy cómodos y, si se reserva con antelación, el pasaje puede costar la mitad de su precio regular. Por $ 160 recorrí unos 340 kilómetros en un tren con asientos tapizados, mesas, cafetería, enchufes y wifi (pago). Su andar es suave, como el de un auto de alta gama: casi sin ruido ni oscilaciones bruscas. Un viaje dentro de otro viaje. Por los ventanales veía lo que esperaba: un tapiz variado de verdes conocido como campiña inglesa. Hipnotiza.

En dos horas pasé del frenesí londinense a la serenidad de York: una suerte de mezcla de Roma con la era medieval que conserva amurallado su corazón, donde los autos tienen el acceso restringido.

Al salir de la estación de tren, como un pasaje a los siglos pasados, están los antiguos puentes y la gruesa muralla. Respiraba calma. Pero la mirada de recién llegado fue muy distinta a la del taxista que me llevó hasta el bed and breakfast. Apurado, la noche previa, cometí un error que fue un acierto: reservé por internet el B&B (www.thebothybrandsby.co.uk) creyendo que quedaba en York cuando en realidad era en Bransby, un pequeño barrio que está unos 30 kilómetros a las afueras.

El taxista conocía el barrio pero no tenía ni idea cómo encontrar el B&B, algo que tampoco pudo resolver el GPS de su iPhone. Dimos varias vueltas hasta que, con el taxímetro ya apagado, llegamos.

En la entrada aparecieron los dueños. El matrimonio, que no esperaba huéspedes, recién había estacionado la casa rodante en la que había salido de vacaciones. “Estamos acá de casualidad, volvimos antes de lo pensado”, comentó Su.

Entre sonrisas abrieron su casa y prepararon un té con galletas. No podían entender cómo podía ser que la web en la que yo había hecho la reserva (ww.expedia.com) nos les hubiera avisado. Se disculparon y fueron a alistar la habita- ción.

Respiré aliviado porque el centro de York, por el que apenas había pasado, estaba colapsado por el Yorkshire Ebor Festival, unas carreras de caballos tan desconocidas para mí como populares para la región, al punto de ser uno de los eventos anuales más importantes. Los numerosos seguidores hípicos habían reservado sus alojamientos con un año de anticipación. No había más camas ni tampoco autos para alquilar.

Salí de la oficina de turismo y me subí a un taxi. Su conductor era un argelino delgado de 40 años, con el pelo rapado y un sentimiento ambiguo hacia York. Este no era su lugar en el mundo pero sí el que le había dado acceso a un nivel de vida que no era fácil alcanzar en su tierra. “Vivo bien: me puedo comprar lo que quiero, no tengo que esperar cinco meses”, dijo. Contó que llevaba 17 años en York aunque no pensaba seguir ahí toda la vida: “En tres años más me voy a Marruecos con mi mujer. Nos casamos el año pasado, así que todavía no la odio”.

El argelino hablaba un inglés tan rústico y precario como comprensible. Igual, no podía evitar distraerme con las casitas pequeñas, las granjas con sus animales y el seductor verde. Pensaba si me convendría insistir en alquilar un auto, que costaba a partir de unas 50 libras por la gran demanda. La principal ventaja era la independencia, ya que los transportes públicos para salir de York funcionan hasta las primeras horas de la noche. Según cuánto me moviera, los costos podían ser menores en comparación al taxi -desde York hasta el B&B costó 25 libras-. Le pregunté al taxista cómo era manejar en las calles de York: “Imbéciles hay en todas partes”.

Como sólo estaría dos días en la ciudad, su convicción resultó una sentencia. Noté que había cierto enojo en sus palabras. Él veía con otros ojos la misma ciudad que a mí me parecía inofensiva: “York es muy turístico. En los alrededores del centro está lleno de taxis, la gente es agresiva, se ven peleas en la calle... eso no pasa en la zona de las granjas, en las afueras de York”.

Después de dar varias vueltas llegamos al B&B. Ahí estaba el cordial matrimonio. Jimmy, arquitecto independiente, 50 y pico de años, amante de los caballos y orgulloso de haber diseñado su casa. La sonriente Su, detallista, refinada y amable, es la que maneja el B&B y recibe a viajeros a cambio de 400 pesos por noche. La casa tiene, aisladas entre sí, tres habitaciones dobles con baño privado, un enorme jardín con una alfombra de césped natural y una cálida atención.

“Siempre quisimos tener un bed and breakfast. Nacimos en esta zona y lo hicimos realidad cuando nuestros cuatro hijos se casaron”, contó Su. Sin dudas, de los mejores lugares en los que me hospedé durante el mes que duró el viaje por Europa. Su entorno, ideal para caminar, era como las lomadas verdes que había visto desde la ventana del tren. Sólo se escuchaban los pájaros y ese sonido similar al de la lluvia que hacen las hojas de los árboles cuando las sacude el viento.

Desde hace un tiempo planeo tener alguna vez un B&B o una hostería en algún rincón del mundo y, ya lo sé, quiero que se parezca a The Bothy. Pero ahora estaba de paso y tenía hambre. Su se ofreció a llevarme a un pub/restaurante que está a unos diez minutos en auto.

The Durham Ox resultó ser uno de esos sitios clave a los que no hay que dejar de ir. Dividido en varios ambientes repartidos en dos pisos, mucha madera, la música -sin el protagonismo de Londres- en el volumen justo para conversar en un tono natural y una carta minuciosamente elaborada: pocos platos bien distintos entre sí y una variada carta de vinos.

En ese rincón del planeta, uno de los dos vinos recomendados era un malbec argentino de la bodega Ruca Malen (excesivas 30 libras la botella). La escena se completaba con una vela en la mesa y un ventanal enorme que parecía una ilustración de vacas y ovejas sobre una lomada obviamente verde. Un ambiente ideal para charlar o quedarse en silencio e imaginar historias de la gente que estaba en las otras mesas.

RECORRIENDO YORK

La mañana siguiente, después de un interminable desayuno -yogures, frutas, cereales, tostadas, huevo, salchichas, panceta, jugo, té, café...-, pasó a buscarme un taxi para devolverme al centro de York. El viaje fue caótico. Al salir del B&B, el taxista chocó un pilar al hacer marcha atrás. Fastidioso, volvió a arrancar. El hombre, de unos 60 años, estaba incómodo: su barriga tocaba el volante, le costaba respirar y no paraba de toser. Después de un rato, sin aviso previo, el taxista frenó a unas cuadras del centro, se bajó del auto y abrió la puerta: “Te dejo acá. Están todos como locos, no se puede ir más cerca”, se quejó.

El casco histórico de York, cercado por la muralla, es compacto y peatonal casi en su totalidad. Empecé a caminar por sus calles angostas, prolijas y, varias de ellas, adoquinadas. Comprobé que la ciudad es un vestigio medieval que se mantiene muy bien. Tanto, que por momentos tenía la sensación de estar en un museo viviente. Por algo los ingleses dicen que es una de sus ciudades más lindas.

Tal como predijo mi amigo Cuki, imaginé a los antepasados con armaduras y todo eso. “Lo único malo es que está bastante contaminada por la estética del consumo moderno. Es como una pequeña Disney del medioevo ahora”, me había advertido desde Buenos Aires. Tenía razón, algo de eso hay. Pero tiene un encanto innegable. Como el Museum Garden, un enorme parque en el quedan rastros del imperio romano. A pocos metros, inmenso, con su estilo gótico, aparece el imponente York Minster (Catedral de York), que es presentada como la iglesia medieval más grande de Inglaterra. Además de ser hermosa, tiene una gran cantidad de vitrales de la época que son únicos.

Me quedaba un rato, así que caminé a la vera del río Ouse, que parte la ciudad en dos. En cinco minutos llegué al Newgate Market. Decenas de tiendas y puestos en la calle donde venden desde pescado hasta plantas, incluyendo ropa, artesanías y chocolate, cuya industria fue el motor de la economía de York décadas atrás.

Cuando promediaba la tarde crucé el río y caminé hasta la estación de tren. En la terminal tomé un café y esperé la puntual salida hacia Edimburgo, sin olvidarme de la recomendación que me había hecho la atenta Su antes de irme del B&B: “Sentate a la derecha para tener una mejor vista del paisaje cuando vayas entrando a Escocia”.

INGLATERRA

JUAN IGNACIO PEREYRA

pereyrajuanignacio@gmail.com


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