Locademia de medicina
Mientras las facultades más prestigiosas forman un puñado de médicos por año, la UBA los fabrica por miles. Un absurdo.
En algunos países, las eventuales opiniones políticas de los estudiantes de medicina, si es que las tienen, importan tan poco como sus gustos musicales o sus preferencias deportivas. Al fin y al cabo, nadie ignora que un marxista o incluso un menemista puede resultar ser un profesional excelente, mientras que personas cuyos puntos de vista son ejemplares a veces constituyen un grave peligro a la comunidad. Sin embargo, en este ámbito, como en tantos otros la Argentina, es diferente, de suerte que de estallar una crisis en una facultad, las causas no podrán ser sino políticas. En efecto, la decisión del decano de la facultad de medicina más importante del país, la de la Universidad de Buenos Aires, de presentar su renuncia se debió exclusivamente al grado asfixiante de politización con el cual todo catedrático argentino se ve obligado a lidiar. Como afirmó Salomón Schächter en una solicitada que se publicó cuando ya había optado por irse, le resultaba imposible manejar la casa de estudios debido a las «indecibles dificultades» que le provocaban los militantes que, es de suponer, aún estaban celebrando otro triunfo sobre las oscuras fuerzas reaccionarias que a su entender han causado el descalabro educativo nacional. Poco después, el director del Hospital de Clínicas, el doctor Juan Antonio Mazzei, decidió renunciar también: lo mismo que Schächter, no posee las dotes necesarias para trabajar porque, confesó, no pertenece a «ningún partido, a ninguna organización religiosa, a ninguna entidad empresarial».
Si bien el rector de la UBA, el conocido político radical Oscar Schuberoff, hubiera preferido que Schächter se quedara, sus correligionarios del estudiantado se le oponían acusándolo del crimen de no echar a «los ñoquis que trajo el ex decano Luis Ferreira», razón por la cual sólo fue cuestión de tiempo antes de que diera el portazo. Tuvieran razón o no los operadores de la Franja Morada, organización cuyo aporte a la decadencia de las universidades nacionales sigue creciendo, al criticar a Schächter por sus presuntas conexiones políticas, se trataba de un asunto que debería haber pesado muy poco en comparación con otros factores como los supuestos por la capacidad académica del ahora ex decano y la calidad de la enseñanza que reciben los médicos diplomados de mañana. Huelga decir que nadie ha manifestado el menor interés en aludir a tales detalles, lo cual puede entenderse porque en las universidades nacionales lo político siempre ha importado decididamente más que cualquier trivialidad profesional. Puesto que no sólo los militares del Proceso sino también sus sucesores radicales y peronistas han coincidido por completo sobre la necesidad de subordinar todo a lo político, es sumamente escasa la posibilidad de que en los próximos años se modifique esta situación delirante que tanto está contribuyendo a ampliar la brecha que nos separa de los países más avanzados.
Desde cualquier enfoque ideológico cuerdo parece evidente que Schächter se queda corto cuando dice que con sus 36.000 alumnos la facultad está «desbordada». Mientras que las facultades más prestigiosas del planeta no pretenden formar más que algunos centenares de médicos por año a lo sumo, la de la UBA se supone capaz de fabricarlos por miles y los estudiantes por decenas de miles, de ahí la multitud que ingresa anualmente, lo cual es claramente absurdo. Por motivos obvios, es sencillamente imposible asegurar que todos los casi cuarenta mil estudiantes reciban una cantidad suficiente de horas de práctica debidamente supervisada, y por eso es necesario restringir el ingreso a quienes estén en condiciones de aprovechar mejor la oportunidad que los contribuyentes les brindan a un costo, nos recordó Mazzei, de seis mil pesos por año por estudiante. Que muchos terminen manejando taxis puede ser motivo de alivio -por lo menos no estarán recuperando el terreno que hayan perdido en las aulas aplicando conocimientos hasta entonces meramente teóricos a pacientes que los supongan auténticos profesionales-, pero por desgracia no hay forma alguna de saber si quienes finalmente se gradúan deben su éxito únicamente a su competencia como médicos.
En algunos países, las eventuales opiniones políticas de los estudiantes de medicina, si es que las tienen, importan tan poco como sus gustos musicales o sus preferencias deportivas. Al fin y al cabo, nadie ignora que un marxista o incluso un menemista puede resultar ser un profesional excelente, mientras que personas cuyos puntos de vista son ejemplares a veces constituyen un grave peligro a la comunidad. Sin embargo, en este ámbito, como en tantos otros la Argentina, es diferente, de suerte que de estallar una crisis en una facultad, las causas no podrán ser sino políticas. En efecto, la decisión del decano de la facultad de medicina más importante del país, la de la Universidad de Buenos Aires, de presentar su renuncia se debió exclusivamente al grado asfixiante de politización con el cual todo catedrático argentino se ve obligado a lidiar. Como afirmó Salomón Schächter en una solicitada que se publicó cuando ya había optado por irse, le resultaba imposible manejar la casa de estudios debido a las "indecibles dificultades" que le provocaban los militantes que, es de suponer, aún estaban celebrando otro triunfo sobre las oscuras fuerzas reaccionarias que a su entender han causado el descalabro educativo nacional. Poco después, el director del Hospital de Clínicas, el doctor Juan Antonio Mazzei, decidió renunciar también: lo mismo que Schächter, no posee las dotes necesarias para trabajar porque, confesó, no pertenece a "ningún partido, a ninguna organización religiosa, a ninguna entidad empresarial".
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora