Alfredo Sciglitano profesor neuquino
Renuevo la esperanza intentando asumir para el próximo año mi vida cotidiana trabajando en la formación de formadores en el Magisterio Argentino. Entiendo la educación como esperanza en el trabajo de transposición de conocimientos y valores que ofrecemos a cada una de las nuevas generaciones que ingresan al mundo de la cultura pública y profesional. Ese patrimonio cultural (humanístico, artístico, científico, tecnológico, etc.) revisitado críticamente, nos pertenece en tanto y en cuanto lo compartimos en un diálogo “socrático-amoroso” con nuestras alumnas y alumnos. Esa revisitación, ciertamente, es consensuada entre colegas, por la cultura docente, y académica, en nuestros magisterios, junto a otras instituciones educativas nacionales e internacionales. Quizá de este modo, compartiendo el conocimiento, podríamos ganar alguna batalla contra el aburrimiento, la indiferencia, y la ignorancia, en una sociedad que hace de los “exitosos” y “nominados” sus “ídolos”. “La educación es el punto en que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él”, afirmó Anna Arendet y el militante político Antonio Gramsci afirmaba, con: “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”, en un “mundo grande y terrible”. En esta perspectiva, entonces, renuevo el voto de la educación como esperanza…, en cada aula, en cada acto de compañerismo, en cada contenido escolar, en cada libro compartido: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro, y se llamará Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de la paz” (Isaías 9:6).
Renuevo la esperanza intentando asumir para el próximo año mi vida cotidiana trabajando en la formación de formadores en el Magisterio Argentino. Entiendo la educación como esperanza en el trabajo de transposición de conocimientos y valores que ofrecemos a cada una de las nuevas generaciones que ingresan al mundo de la cultura pública y profesional. Ese patrimonio cultural (humanístico, artístico, científico, tecnológico, etc.) revisitado críticamente, nos pertenece en tanto y en cuanto lo compartimos en un diálogo “socrático-amoroso” con nuestras alumnas y alumnos. Esa revisitación, ciertamente, es consensuada entre colegas, por la cultura docente, y académica, en nuestros magisterios, junto a otras instituciones educativas nacionales e internacionales. Quizá de este modo, compartiendo el conocimiento, podríamos ganar alguna batalla contra el aburrimiento, la indiferencia, y la ignorancia, en una sociedad que hace de los “exitosos” y “nominados” sus “ídolos”. “La educación es el punto en que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él”, afirmó Anna Arendet y el militante político Antonio Gramsci afirmaba, con: “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”, en un “mundo grande y terrible”. En esta perspectiva, entonces, renuevo el voto de la educación como esperanza..., en cada aula, en cada acto de compañerismo, en cada contenido escolar, en cada libro compartido: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro, y se llamará Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de la paz” (Isaías 9:6).
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