Seguiremos llorando tus canciones
Chavela Vargas practicaba el arte de lo impropio. Los malos hábitos, los vicios públicos y los privados, el verbo honesto y las incorrecciones políticas. Todo esto era suyo y pasará a la historia como parte de una personalidad intensa y mundana. Decía haber dejado de beber y de fumar para cuidar el tranco. Pero uno no acababa de creerle. En ese espacio virtual aunque definitivo dominado por los hombres, la ranchera, Chavela se volvió protagonista. Fue una exponente apasionada de un género inagotable. La voz ronca, lastimera, herida y macerada en alcohol de altas graduaciones y en cigarrillos aspirados en noches que se prolongaban hasta el amanecer, le sirvió de perfecto salvoconducto hacia la gloria musical. Uno puede imaginar desde qué lugar cantaba Chavela Vargas. Cuáles eran las memorias que talaban su voz y la impulsaban a atravesar la frontera de la amargura. Un recuerdo de su juventud lo dice todo. Se lo contó en una entrevista al diario “El País”. Cuenta Chavela y nos angustiamos todos. “Un día me escapé de la finca y fui a la capital, a San José, a buscar a mi padre. –Señor, haga algo por mí. Ayúdeme, señor: soy su hija. –Sí –me dijo–, eres mi hija. Pero eres rara. Estuve un tiempo viviendo con él, hasta que un día mi santo papá decidió cargar un tanto más el fardo de la amargura. Fue una humillación espantosa. Me heló el alma. –¡Me avergüenzo de ser tu padre y de que seas mi hija! ¡Haré que te encierren en un reformatorio hasta que te endereces o te mueras! Abandoné aquel lugar bien pronto”. Chavela grabó una estremecedora versión de “Adoro”, escrita por el gran Armando Manzanero. Cada canción de amor, de esas que los hombres les han dedicado a sus mujeres a lo largo de los años, interpretada por Chavela dejaba flotando en el aire un doble juego. Un hombre podía convertirla en el telón de fondo de su propio romance. O también una mujer, pensando en otra mujer, estaba invitada a hacer lo propio. Chavela se había declarado lesbiana y poseída por la curiosidad erótica. “Adoro los besos que nos damos / los adoro, vida mía”, cantaba Chavela, sensual y provocativa. A los 85 años relataba una de las tantas anécdotas que iluminaban su conversación nocturna: “En un restaurante, una hermosísima señora se acercó a mí y me susurró: ‘¿Chavela, cuándo nos acostamos?’ ¡Qué atrevida! Me encanta”. Y acá deben ir las risas. El recuerdo eléctrico de un ser maravilloso que acaba de irse para siempre. O, como alguien tituló allá en México, que se ha marchado a otro plano. Nosotros, Chavela, seguiremos llorando tus canciones.
claudio andrade candrade@rionegro.com.ar
Chavela Vargas practicaba el arte de lo impropio. Los malos hábitos, los vicios públicos y los privados, el verbo honesto y las incorrecciones políticas. Todo esto era suyo y pasará a la historia como parte de una personalidad intensa y mundana. Decía haber dejado de beber y de fumar para cuidar el tranco. Pero uno no acababa de creerle. En ese espacio virtual aunque definitivo dominado por los hombres, la ranchera, Chavela se volvió protagonista. Fue una exponente apasionada de un género inagotable. La voz ronca, lastimera, herida y macerada en alcohol de altas graduaciones y en cigarrillos aspirados en noches que se prolongaban hasta el amanecer, le sirvió de perfecto salvoconducto hacia la gloria musical. Uno puede imaginar desde qué lugar cantaba Chavela Vargas. Cuáles eran las memorias que talaban su voz y la impulsaban a atravesar la frontera de la amargura. Un recuerdo de su juventud lo dice todo. Se lo contó en una entrevista al diario “El País”. Cuenta Chavela y nos angustiamos todos. “Un día me escapé de la finca y fui a la capital, a San José, a buscar a mi padre. –Señor, haga algo por mí. Ayúdeme, señor: soy su hija. –Sí –me dijo–, eres mi hija. Pero eres rara. Estuve un tiempo viviendo con él, hasta que un día mi santo papá decidió cargar un tanto más el fardo de la amargura. Fue una humillación espantosa. Me heló el alma. –¡Me avergüenzo de ser tu padre y de que seas mi hija! ¡Haré que te encierren en un reformatorio hasta que te endereces o te mueras! Abandoné aquel lugar bien pronto”. Chavela grabó una estremecedora versión de “Adoro”, escrita por el gran Armando Manzanero. Cada canción de amor, de esas que los hombres les han dedicado a sus mujeres a lo largo de los años, interpretada por Chavela dejaba flotando en el aire un doble juego. Un hombre podía convertirla en el telón de fondo de su propio romance. O también una mujer, pensando en otra mujer, estaba invitada a hacer lo propio. Chavela se había declarado lesbiana y poseída por la curiosidad erótica. “Adoro los besos que nos damos / los adoro, vida mía”, cantaba Chavela, sensual y provocativa. A los 85 años relataba una de las tantas anécdotas que iluminaban su conversación nocturna: “En un restaurante, una hermosísima señora se acercó a mí y me susurró: ‘¿Chavela, cuándo nos acostamos?’ ¡Qué atrevida! Me encanta”. Y acá deben ir las risas. El recuerdo eléctrico de un ser maravilloso que acaba de irse para siempre. O, como alguien tituló allá en México, que se ha marchado a otro plano. Nosotros, Chavela, seguiremos llorando tus canciones.
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