Nuestros hijos, a salvo
Pasaron pocos días desde que varios jóvenes murieron por intoxicación con drogas ilegales –éxtasis con algún nuevo o extra componente que, cuando escribo, aún no se ha determinado– en una fiesta electrónica en la ciudad de Buenos Aires. Varios siguen internados.
Esa madrugada yo había escuchado regresar a mi hijo mayor, que había salido a bailar. Lo vi dormir acurrucado como el bebé que ya no es cuando me levanté de madrugada. Pero cuando por la mañana me desayuné con la noticia, algo dentro mío se retorció y sentí que no estaba, que aún no había llegado. Entonces el recuerdo, la calma: estaba en su cama, lo había visto, me levanté para verlo una vez más. Estaba a salvo. ¿Por cuánto tiempo?
Desde entonces el tema es conversación obligada para quienes acompañamos la adolescencia de nuestros hijos.
Hablé con mucha gente, leí lo que se escribió en las redes. He aquí sin mucho orden las ideas, los sentimientos, las convicciones, los terrores de nosotros, los padres.
Cuando J dice que su hija apenas tiene 10 pero ya siente pánico, que no sabe si la dejará salir algún día, B le responde: “¿Y qué se puede hacer? ¿Los atamos al pie de la cama? ¿Cerramos la puerta con llave para que no salgan? ¿Nos convertimos en sus secuestradores para mantenerlos seguros?”. F interrumpe, dice que siempre pensó que el mejor método para alejar a sus hijos de las drogas y otras sustancias ilegales era criar niños seguros de sí mismos, chicos que puedan decir no sin importar la presión de los pares, que no necesiten de estimulación química porque la vida les resulta lo suficientemente estimulante. Pero ahora se pregunta: “¿Y si esa seguridad, esa autoestima elevada, les hace creer que lo pueden todo, que pueden más, que hay más que lo que está a su alcance, que ellos tienen el control? ¿Entonces cuál sería el equilibrio, que sean un poco seguros pero también algo miedosos?”. Las preguntas nos invaden. Ninguno tiene respuestas.
R, médico, cuenta que enseña a sus hijos cuáles son los primeros auxilios necesarios en caso de intoxicación. Les habla de la hidratación, del coma alcohólico, de no dejar pasar síntomas, de que si alguien se retuerce en el piso no es para reírse, que es en general lo que pasa, sino para llamar a una ambulancia. Les dice y repite, sin saber si lo están escuchando, que el hígado adolescente no tiene aguante todavía, que no mezclen, que no compren sin saber qué están comprando, que si van a probar lo hagan en un lugar seguro. Dice todo eso como quien ruega que se produzca un milagro, y luego espera cada madrugada el regreso de los suyos y observa pupilas, huele alientos, está atento, también está asustado.
M, en cambio, se consuela pensando que sus hijos van a un único boliche, que no era ese, el de las noticias. Pero ella misma refuta cada una de sus afirmaciones. Se pregunta: “¿Pero pasarán toda la noche ahí? ¿Cómo saberlo?”. Cualquier sábado puede venir alguien con entradas para un lugar mejor, con más onda, con mejor fiesta, ¿qué joven dirá que no? Aunque esas fiestas cuestan fortunas… y lo que ella les da de mensualidad a sus hijos jamás alcanzaría, ¿o sí? Una vez se enteró de que su hija estaba ahorrando lo que le daba, a costa de no comer en el colegio, comprar útiles, una golosina, incluso cargar la SUBE, para comprar esas zapatillas que a ella le parecían excesivas. ¿Por qué no podría entonces hacer lo mismo para elegir a dónde ir?
S cuenta que luego del hecho lo leyó y lo vio todo. Los diarios, los análisis en las redes, los psicólogos de TV ofreciendo sus consejos de manual; pero lo que le quedó fue la información más objetiva: que los chicos, que para nada pueden ser considerados adictos, toman pastillas (ácido, pepas, éxtasis, anfetas, más alcohol, más porro) para aguantar la larga fiesta que les exige un estado de excitación casi permanente, que toman para que las sensaciones se agudicen. Y entonces recuerda a un alumno que una vez le confesó que cuando fumaba marihuana todo cobraba otra dimensión: la comida tenía más sabor, los colores eran más fuertes, los amigos eran más queridos. ¿Por qué no fumaría si así la vida era mucho más disfrutable? ¿Con qué argumentos se puede rebatir aquello?
Ya lo sabemos: el miedo no nos llevará a ningún lado y, como se dice, preocuparse no sirve de nada, hay que ocuparse. Y ocuparse es acompañar y contener. También soltar un poco. Los jóvenes que lo deseen van a probar, drogas o alcohol, o ambos. A muchos les va a gustar el efecto producido y querrán repetir la experiencia. Otros no la pasarán bien y será cosa de una vez. Pero si saben de qué se trata, si están informados, si se sigue conversando con ellos del tema (aunque no quieran escuchar), si se conoce el grupo de pertenencia y se conversa también con los amigos, y además se los escucha y no se los castiga ni ataca por lo que dicen y sienten, y se les permite la libertad que necesitan, entonces… y solo entonces… podemos pensar que lo pensarán dos veces, que recordarán que algunos murieron, que “mejor no”, que preferirán algo más liviano, que será una etapa, que volverán cada noche a casa, que dormirán en sus camas, que por ahora estarán a salvo.
Opiniones
Veronica Sukaczer
@verosukaczer
“Ya sabemos: el miedo no nos llevará a ningún lado y, como se dice, preocuparse no sirve de nada, hay que ocuparse. Y ocuparse es acompañar y contener. Y también soltar un poco”.
Datos
- “Ya sabemos: el miedo no nos llevará a ningún lado y, como se dice, preocuparse no sirve de nada, hay que ocuparse. Y ocuparse es acompañar y contener. Y también soltar un poco”.
Pasaron pocos días desde que varios jóvenes murieron por intoxicación con drogas ilegales –éxtasis con algún nuevo o extra componente que, cuando escribo, aún no se ha determinado– en una fiesta electrónica en la ciudad de Buenos Aires. Varios siguen internados.
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