Algunas dudas

Sería realmente asombroso que Dilma Rousseff perdiera en la segunda vuelta electoral, ya que en la primera que se celebró el domingo aventajó a su rival, José Serra, por más de 14 puntos y en buena lógica debería conseguir una proporción importante del casi 20% de los votos que obtuvo la candidata del Partido Verde, Marina Silva, pero la heredera designada del muy popular presidente Luiz Inácio Lula da Silva no puede sino sentirse un tanto decepcionada por el resultado. Antes de llegar la campaña electoral a la recta final, se previó que ganaría una mayoría absoluta, ahorrándose así la necesidad de ir al balotaje con Serra, pero la proliferación de denuncias sobre corrupción en el seno del Partido de los Trabajadores gobernante hizo que muchos brasileños optaran por apoyar a Silva. También habrá influido el temor a que el PT, fortalecido por la gestión de Lula, aspire a convertirse en un partido hegemónico con derecho a silenciar a sus críticos. Consciente de que no le convendría del todo brindar la impresión de sentirse preocupada por la hostilidad de ciertos medios periodísticos, Dilma se afirmó una partidaria firme de la libertad de expresión. Según los sondeos, Lula cuenta con la aprobación de más del 80% de sus compatriotas, pero si bien apoyó vigorosamente a Dilma, cuyo protagonismo se debe casi por completo a su respaldo decidido, no pudo transferirle su carisma. Tal y como sucedió en Chile y en Colombia, donde los presidentes salientes terminaban sus respectivas gestiones con índices de aprobación extraordinariamente altos, el electorado brasileño reaccionó manifestando un grado saludable de desconfianza ante las pretensiones de los correligionarios de mandatarios considerados muy exitosos. Aunque Dilma se vio beneficiada por el deseo mayoritario de que Brasil siga el mismo rumbo que lo ha llevado a su situación actual, la negativa del electorado a plebiscitarla le habrá servido para advertirle que existen dudas en cuanto a su idoneidad para liderar un país que muchos creen destinados a erigirse, en el transcurso de los años próximos, en una auténtica potencia económica mundial. Que éste sea el caso puede entenderse ya que, antes de ser seleccionada como candidata oficialista por Lula, Dilma no era una figura bien conocida. Por razones evidentes, la mayoría abrumadora de los brasileños quiere la continuidad de la estrategia elegida no sólo por Lula sino también por el padre del “modelo” brasileño, Fernando Henrique Cardoso. De triunfar Serra en el balotaje –una eventualidad que a esta altura parece sumamente improbable a menos que Dilma se las arregle para suicidarse políticamente–, no cambiaría mucho. A diferencia de la situación en la Argentina, en Brasil, como en Chile y Colombia, se da un consenso amplio en torno a lo que será preciso hacer para consolidar lo ya logrado y continuar avanzando. Con todo, aunque la combinación de ortodoxia financiera e intervencionismo económico y social que ha caracterizado la gestión de Lula ha brindado resultados muy positivos, el triunfalismo que se ha apoderado de la clase dirigente brasileña es cuando menos prematuro. Para que Brasil deje atrás el subdesarrollo, tendrá que invertir mucho en obras de infraestructura y, lo que es más importante aún, en educación, ya que en este ámbito fundamental está penosamente rezagado en comparación con países como China en que el gobierno entiende muy bien que en última instancia lo que más cuenta es la calidad del “capital humano”. Asimismo, por ser un país exportador de materias primas y productos agrícolas, entre ellos la soja, Brasil depende mucho del estado del mercado de commodities internacional, o sea de la evolución de otros “BRIC” como China y la India. Sin el viento de cola que sopla desde los dos gigantes asiáticos, el modelo brasileño no tardaría en verse en problemas. Por lo tanto, el destino del próximo presidente de Brasil se verá determinado en buena medida por lo que suceda en otras partes del mundo; siempre y cuando no estallen las burbujas que según algunos se han formado en China, nuestro vecino seguirá creciendo a un ritmo satisfactorio, pero de entrar en crisis la segunda economía mundial, le sería muy pero muy difícil emular a Lula, cuya gestión le ha granjeado el aplauso de virtualmente todos los líderes de la comunidad internacional.


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