Avanza La Cámpora

El desembozado avance sobre las áreas más estratégicas del Estado por parte de la agrupación que dirige Máximo Kirchner y amadrina la vicepresidenta Cristina Fernández -La Cámpora- deja ya pocas dudas sobre un proyecto político ambicioso, alimentado de cajas clave que busca controlar.

Así, se va desdibujando a ritmo acelerado el equipo presentado por Alberto Fernández en el inicio de su gestión, que se exhibía como la quintaesencia del albertismo, el cristinismo, el lavagnismo y el massismo, engranajes de la victoria del Frente de Todos en agosto y diciembre de 2019.

El primer recambio sonoro en el gabinete de Fernández fue el de Alejandro Vanoli, desplazado de Anses a fines de abril del año pasado. Fue su catapulta el maltrato a jubilados en colas hacinadas frente a los bancos en plena disparada de casos de covid-19. Lo reemplazó María Fernanda Raverta, camporista de cepa pura. Anses gestiona beneficios sociales para un universo de 18 millones de personas.

Al PAMI, con casi 5 millones de afiliados, el kirchnerismo lo controla desde el primer instante con Luana Volnovich, funcionaria y militante, defensora tenaz de Amado Boudou. En su organismo crece el desplazamiento de empleados (ya son 400) y, ahora, el de gremialistas bonaerenses del Instituto de Obra Médico Asistencial (IOMA) que vienen denunciando hechos de corrupción. IOMA está a cargo del militante Homero Giles.

La segunda “renuncia” de peso en la presidencia de Fernández fue la de Sergio Lanziani en la Secretaría de Energía. Venía acosado por fuego amigo. Lo reemplazó el neuquino Darío Martínez con incierta solidez técnica pero certificada fidelidad hacia la vicepresidenta. Conviene no olvidar que el sector energético es un área clave para Cristina, desde cuando motorizó la expropiación de YPF.

No parece tampoco casual que el kirchnerismo haya ungido a Federico Bernal como interventor del Enargas en marzo de 2020. A este asesor de confianza de CFK se le encomendó la tarea de definir tarifas “justas y razonables”.

En el mismo terreno energético, la salida de Guillermo Nielsen de YPF fue la última movida del kirchnerismo, precedida de la asunción de Sergio Affronti como CEO en abril del año pasado para precisamente restarle influencia a Nielsen. Este último ni siquiera pudo participar de la reestructuración de deuda que negocia la petrolera con sus acreedores. Pablo González, diputado y exvicegobernador de Santa Cruz, un “pingüino” puro y de llegada directa a Cristina y a Máximo, será el nuevo presidente. Era imaginable el impacto de la noticia entre los inversores, acreedores y en el propio valor bursátil de la compañía.

El manejo monolítico del kirchnerismo se cobró también el puesto de María Eugenia Bielsa. Debió dejar Desarrollo Territorial y Hábitat a Jorge Ferraresi, referente del bloque duro de intendentes que reportan a Cristina. El cambio se produjo a días de que la vicepresidenta se quejara de “funcionarios que no funcionan”.

Las acechanzas del cristinismo podrían no detenerse: en su mira está la empresa estatal Aysa (controlada por el ala de Sergio Massa), la AFIP, Puertos y la propia Cancillería, cuyo titular Felipe Solá pende de alfileres.

El copamiento indisimulado de lugares centrales de la administración -aquellos que garantizan recursos y territorialidad-, incluido ahora el uso político que hace de la vacunación, expresa la aspiración de poder de La Cámpora, determinada a perpetuarse y en absoluto resignada a ser mera corriente partidaria del oficialismo.

El problema es siempre el mismo: el partidismo, no solo interfiriendo, sino apropiándose de áreas y servicios del Estado; la militancia imponiéndose sobre la capacidad y el conocimiento técnico en la gestión.

El daño sobre los organismos y sus beneficiarios puede ser cuantioso si las instituciones, sus órganos de control y la oposición no ponen freno a estilos predadores en el gerenciamiento de la cosa pública.


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