Clemente Onelli: el pueblo que estrena gas y respira pobreza

El esperado servicio domiciliario, que demoró años, es realidad para pocos.

En Clemente Onelli se huele a olvido. Se da esa extraña mezcla de resignación y postergación, donde todo se ve pasar, pero nada se queda. Desde el tren, los grandes camiones que circulan por la ruta 23, modernas 4×4, hasta el progreso, que ni siquiera se digna a mirar al pueblo.

Onelli se muestra poco, es un grupo de casas -alrededor de treinta- que apenas se distinguen del color de la naturaleza. Aquí todo es marrón o verde opaco, como la tierra o las plantas que se atreven a desafiar el clima.

Aquí las cosas llegan siempre después que llegaron a todos lados, pero no al día siguiente, sino décadas más tarde. Tal vez por lo lejos o por la altura. Algunos de sus pobladores todavía hablan en «plata vieja». Cincuenta pesos son para muchos de ellos cinco millones.

Onelli está a 1.082 metros sobre el nivel del mar. En el corazón del frío. Cuando Onelli amanece cubierto de nieve, en Comallo hay primavera y en Anecón -a unos pocos kilómetros- el frío es insoportable. Aseguran que en los días más crudos se parten hasta los inodoros.

Dicen que es el lugar más frío del país, aunque nadie sabe a ciencia cierta de dónde salió esta afirmación. Pero es real que hace frío. A las tres de la tarde de principios de mayo el termómetro marca tres grados bajo cero, a las siete de la tarde la temperatur está en siete bajo cero.

«Esto es nada, estamos en una primavera, nosotros tuvimos inviernos de hasta 30 grados bajo cero, el invierno pasado hubo algunos días de 20 bajo cero», aseguró don Elías Chaina, ex comisionado de fomento y conocedor de cada secreto del pueblo.

Onelli ve pasar el gasoducto hace por lo menos una década. Se ve la planta reductora desde la ventana de cualquier casa, en medio de la nada. Allí están los imponentes caños que no son otra cosa que sinónimos de confort.

Este invierno, que promete ser tan cruel como todos, alrededor de la mitad del pueblo tendrá gas natural por primera vez en su historia, aunque la red esté a disposición de todos. De unas treinta familias que componen el pueblo, unas 15 o tal vez un poco más, pudieron instalar el servicio. Para el resto, a no ser que llegue ayuda del Estado, sigue siendo una utopía.

Muchos tienen apenas un plan jefes como único ingreso. Así, aunque los caños estén en la vereda, no pueden acceder a la instalación. Otros avanzaron un poco más y tienen la cañería dentro de la casa.

El resto mira y pregunta cuánto tiempo pasará para que también ellos accedan a ese plus que trajo el progreso.

Unos están a cien metros de la última casa con gas y no pueden de ningún modo pagar ni siquiera un metro de cañería para acercarlo. Y la mayoría de los que sí instalaron el servicio, piensan que un año podrán colocar la cocina, después algún calefactor y más tarde, si las cosas mejoran, pensar en un termotanque, aunque eso es cosa lejana todavía.

En realidad llegó el gas, pero pasará mucho tiempo para que deje de convivir con la leña y la bosta de caballo. Es que nadie todavía se puede dar el lujo de decir que el gas le cambió la vida dentro de su casa. Falta de todo, a

pesar de la ayuda que la provincia les dio a algunos pobladores.

En Onelli se respira pobreza y eso no se resuelve con el gas. De qué sirve este confort cuando las ollas son flacas, o cuando la única comida llega cuando viene la bolsa de ayuda.

Doña Marta disfruta de la llama azul en la cocina, pero reconoce que a veces no tienen qué cocinar. Y si uno pregunta por el progreso que significa tener gas natural en su casa, las respuestas son esquivas. Es que todos lo esperaban y cuando llegó vieron que no resuelve más que una de las tantas carencias que tienen las familias.

Del comisionado de fomento, Elías Paredes, poco se habla. Aseguran que vive en Jacobacci y cuando este diario estuvo en Onelli el grueso de sus pobladores dijeron que hacía varios días que no lo veían por allí.

De todos modos, están más acostumbrados a depender de la solidaridad de la gente que de las cosas que puede resolver el comisionado. Si alguien se enferma, seguro que algún vecino pone la camioneta para llevarlo urgente a Jacobacci. Aquí, como en varios pueblos, los vecinos casi no cuentan con los comisionados, más vinculados a las entregas de bolsas que a resolver las cuestiones del pueblo.

Al atardecer, los que pueden disfrutar del gas tienen hornallas encendidas. No pueden creer que el consumo del verano les significó apenas 12 pesos de factura y que ahora están recibiendo otras de 20 pesos por el bimestre. Afuera, el inevitable contraste con los que, bolsas de papa vacías en mano, recorren cada metro del pueblo persiguiendo algún caballo que dejó la bosta en su camino. La recogen aunque esté fresca: «Se deja secar y punto, porque si la dejamos para mañana se la lleva otro», aseguró Juan Antonio Escobar, desempleado que ni siquiera sueña con el gas y piensa en la comida de sus tres chicos.

Onelli estrena las imponentes y azules llamas del gas natural, que no alcanzan para disimular tanta pobreza. Hay más calor, pero las mismas carencias.

JORGE VERGARA

jvergara@rionegro.com.ar

FOTOS: CESAR IZZA

fotoizza@yahoo.com.ar

«Si hay comemos, si no hay, aguantamos»

Juan Antonio Escobar es un joven desocupado, de los tantos que hay por esta zona rionegrina. Sabe que la pobreza no perdona y que el hambre no se toma respiros ni descansos. Todos los días hay que conseguir algo para comer.

«Para nosotros, los grandes, cuando tenemos comemos, cuando no tenemos aguantamos. Los chicos comen lo que hay, a veces van al comedor escolar, aunque no sean alumnos, es la única manera de subsistir», dice Escobar mientras mira el medidor de gas de su vecino más cercano.

«No sé si lo voy a tener algún día (por el servicio), pregunté si me lo podían instalar y me dijeron que estoy fuera del radio, imagínese que no tengo para traer el agua hasta mi casa, menos voy a traer el gas», explicó. Los chicos no saben de juguetes de colores ni mucho menos. Mientras su padre habla, ellos se hamacan en parte de la osamenta de una vaca. El más chico intenta levantar una cubierta de auto. Su madre jamás utilizó con sus hijos pañales descartables: «eso es un lujo, antes queremos comer».

Pidieron un muerto prestado

Suena a fábula, pero lo dicen todos y uno termina por creerlo. Aseguran que en Onelli, cuando habilitaron el cementerio local, casi un siglo atrás, no tenían un muerto para el día de la inauguración. Así fue que el entonces comisionado de fomento no tuvo mejor idea que pedir un muerto prestado en Jacobacci.

Todos se preguntaban quién era el fallecido. La respuesta era «no sabemos». Aseguran que la misma noche del entierro el féretro volvió a Jacobacci y sólo quedó la cruz con un cajón vacío.

Hoy, en el cementerio del pueblo hay 111 tumbas, algunas ya no se sabe a quién pertenecen. Hasta en este lugar se nota el abandono y el olvido. Apenas un par de tumbas tienen flores más o menos con colores todavía visibles. El resto es gris, como el mismo horizonte.

Onelli bien podría definirse como el pueblo del uno. Hay un agente sanitario para todo el pueblo, un policía, un teléfono, una escuela.

Si alguien se toma vacaciones, ese uno se transforma en nada. Si hay emergencia lo más cercano es Jacobacci. Desde allí mandan una ambulancia si es necesario.

«Hola vieja, ¿sabés desde dónde te estoy llamando?»

Onelli es conocido a partir de una publicidad de Telefónica de Argentina, filmada en el pueblo cuando la empresa española desembarcó en el país. Fue durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en su última etapa.

A pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo el único teléfono del pueblo. Nadie más tiene el servicio en Onelli y la telefonía celular brilla por su ausencia.

Don Elías Chaina quien era por entonces comisionado de fomento del pueblo, recuerda parte de la historia, porque desde su casa se hizo la primera prueba de lo que sería la publicidad de Telefónica.

Aparecía un hombre que con una sonrisa a flor de labios decía «Hola vieja, ¿sabés desde dónde te estoy llamando?». Ese dónde era justamente el pueblo de Onelli, donde según cuenta don Chaina buscaron 9 días a alguien para la publicidad y cuando estaban a punto de regresar sin la toma deseada, surgió este señor, Savino Morales, que preguntó qué tenía que hacer. Le dieron el teléfono y en el primer intento el director del equipo publicitario dijo «este es el hombre que buscamos». Aseguran en el pueblo que poco tiempo después la policía rionegrina, donde trabajaba, lo pasó a retiro por no haber pedido permiso para esa publicidad ni para ir a Buenos Aires a hacer un par de notas. En la actualidad vive en Cona Niyeu.

Esta publicidad permitió instalar a Onelli como el lugar más frío del país.

Como si el tiempo no hubiera pasado, hoy Onelli cuenta con el mismo y único teléfono. Y sólo lo pueden utilizar los que conocen el secreto para que ande. La llave del lugar la tienen dos o tres personas del pueblo, para usar en casos de emergencia.

La primera factura

Elsa Rojas todavía acumula leña en su casa, pero al mismo tiempo disfruta de las bondades del gas. No puede creer lo que pagó de factura. «Esta vez me llegó 23 pesos por el consumo del bimestre, es un regalo y con esto tengo la casa que es una maravilla».

En realidad sólo pudo llevar la cañería al interior de su casa y colocar una cocina. «Lo que pasa es que tuvimos muchos gastos para instalar el gas y hubo que cerrar la casa en todos los agujeros que tenía, cambiamos cielorraso para que no se vaya el calor, por eso no nos alcanzó para el calefactor».

Elías Chaina dice que todavía no puede disfrutar a pleno del servicio. «Es caro instalarlo, tuve que pagar casi 500 pesos, por eso sólo puse la cocina. Yo también utilizaba bosta de caballo para cocinar, ahora con el gas estoy mucho mejor, pero todavía no me cambió la vida».

Esperaron años, es tiempo de confort para algunos, para otros es la misma historia.


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