Colaborar y compartir: una nueva era en la cultura

Por Redacción

Nada de lo que existe es eterno. Todo nació alguna vez y todo morirá: las personas, las prácticas, los objetos, los saberes. Cuando algo surgió por primera vez muchos se revelaron contra eso, que entonces era lo nuevo y que hoy nos parece natural, lógico y obvio. Hacia mediados del siglo XIX la casi totalidad de los habitantes del planeta no sabía qué era la electricidad. Los ambientes en los que se la estaba investigando eran mínimos: poquísimas personas debatían sobre esta cuestión. Incluso muchos de los que conocían algo del tema eran muy escépticos: casi nadie confiaba en que la electricidad pudiera alguna vez aportar algo significativo al desarrollo o, menos aún, a la vida cotidiana de la mayoría. Apenas unas décadas más tarde el mundo comenzó a estar iluminado las 24 horas y se produjo uno de los cambios más radicales desde el nacimiento del planeta: desapareció la oscuridad de la noche y también el tiempo obligado del reposo. El animal humano perdió su ritmo físico: desde entonces podemos vivir de noche. Cuando comenzó a masificarse internet (a comienzos de los 90) pocos imaginaron que esa nueva forma de comunicarse iba a tener efectos tan gigantescos. Recuerdo que en el diario en el que trabajaba en 1995 se nos pedía que cada vez que usábamos la palabra “internet” en un texto pusiéramos una pequeña aclaración para que el lector no enterado (que era la mayoría) supiera de qué hablábamos. Así como hoy nos resulta impensable la vida civilizada sin electricidad (no hace falta más que un corte de energía para que lo comprobemos dolorosamente), la vida contemporánea reposa sobre el funcionamiento óptimo de internet: de la telefonía a la salud, de la información meteorológica a los trámites bancarios, de los mapas y GPS al control del tránsito, todo hoy está en internet. Uno de los muchos cambios radicales que internet y la cultura digital están introduciendo es la desaparición del intermediario, a la vez que incentiva la colaboración entre desconocidos. Este doble movimiento tiene ya un amplio desarrollo en muchas actividades y en todas las que se vuelve dominante produce, al comienzo, mucho rechazo, porque generalmente trastoca las costumbres de los participantes y, además, vuelve obsoleta de manera instantánea la función que millones de personas venían realizando como si ese trabajo fuera a ser eterno. Casi todo lo que hoy hacemos en internet tiene que ver con esto: desde las redes sociales hasta comprar en Mercado Libre. En esta semana se anunció que Uber se instalará en la ciudad de Buenos Aires. Esta empresa provee una red de transporte que uno contacta a través de una aplicación móvil. Los choferes y autos que provee han sido seleccionados y chequeados, pero son de los particulares que ofrecen el servicio ajustándose a las normas de la empresa. Lo que hace Uber es poner en contacto un vehículo y su chofer con la persona que necesita realizar un viaje. El sistema es similar al que usa Airbnb, empresa que pone en contacto a personas que buscan alquilar una propiedad por un corto período con otras que ofrecen sus propiedades para ese fin. Uber suele tener un alto estándar de calidad, buen servicio, buen trato y buenos precios. Los taxistas de todo el mundo imaginan Uber como el demonio y no es un mero prejuicio: realmente vuelve obsoleta la existencia misma del taxi (y, por lo tanto, del trabajo del taxista). Se puede prever que el sindicato de taxistas se opondrá a que Uber se instale en Buenos Aires. Además, la ciudad cuenta con normas sobre la prestación del servicio de transporte que no están adecuadas a la era internet. Esas normas ya fueron usadas en contra de una simple aplicación móvil, Easy Taxi, que permitía llamar a un taxi desde una aplicación sin pasar por la empresa de radiollamada. Uber cuenta con el futuro a su favor: podrá ser prohibida pero la idea de conectar a los usuarios sin intermediación es lo que viene. Desde el inicio de la Revolución industrial, la modernización arrasa con muchos de los empleos existentes. En el pasado la modernización terminaba generando más y mejores empleos futuros. El drama lo vivían los trabajadores que no podían adecuarse al cambio. ¿El cambio actual, más sofisticado y arrollador, generará más y mejores empleos o nos obligará a repensar radicalmente la idea de que deberíamos vivir del trabajo? (*) Crítico cultural

daniel molina (*) @rayovirtual Especial para “Río Negro”

mirando al sur