Conviven con la muerte, pero se abrazan a la vida

Son camilleros del hospital público, pero la necesidad impone que presten un servicio que va más allá. Al llegar antes que nadie a una emergencia, muchas veces tienen que brindar los primeros auxilios a un herido. O recibir a un chico que no espera la sala de partos para nacer.

EUQUEN (AN).- Hace unos diez años, una ambulancia, la vieja Chevrolet del hospital Castro Rendón, volaba por sobre el asfalto de la calle Belgrano de esta ciudad.

Adentro, una mujer joven traspiraba, jadeaba y -sobre todo- gritaba. A su lado, un hombre permanecía tieso como una estaca, traspirando y balbuceando consejos inútiles: era el esposo de la mujer.

Fue en el badén de la calle Jujuy cuando el camillero Pedro Figueroa se dio cuenta de que no había tiempo para más. Por eso, sin ayuda, desprendió las ropas de la mamá primeriza. El hombre, que ya tenía algunos años de experiencia en estas lides, abrió los ojos como el dos de oro: la cabeza del bebé estaba prácticamente afuera.

Fue en el badén de la calle Salta -cien metros más allá del anterior- que el niño quedó encima de Pedro, sobre su pecho. El camillero no atinó a otra cosa que abrazar al crío que resbalaba sobre su humanidad. Con la mano izquierda acomodó al pequeño y con la otra, provisoriamente, cerró el cordón haciendo una suerte de nudo con el dedo índice que, muy rápido, rodeó el conducto materno.

Siguieron cuatro cuadras que parecieron mil, hasta que Pedro y el niño, un precioso varón que no tardó en sumar sus gritos a los de sus padres, llegaron al hospital. Ya en la guardia, las enfermeras terminaron el trabajo del camillero, que sólo allí soltó al pequeño.

Sin cambiarse, Figueroa salió de la sala y le dio tranquilidad al padre de la criatura.

Ese día, el camillero valoró más que nunca su trabajo e inició un derrotero que lo tuvo como partero o ayudante en otras diez oportunidades.

Así como Pedro Figueroa, un neuquino de 53 años, los camilleros y choferes del hospital Castro Rendón figuran como personal de maestranza y están en una categoría que no sabe de ascensos posibles. Por mes -en promedio- cobran 700 pesos y trabajan hasta seis días por semana.

Es un trabajo duro, arriba de ambulancias que se mueven a un ritmo infernal por calles donde muy pocos se hacen al costado. La muerte suele treparse a las camillas o llega apenas después que la ambulancias.

A pesar de las sombras de las parcas, los camilleros están muy contentos de hacer lo que hacen. Es que, al cabo, la vida termina por imponerse.

“Siempre me digo: Dios me puso en este lugar y yo estoy para ayudar”, reflexiona Figueroa, quien lleva 15 años como personal de Salud Pública.

De hecho, un par de chicos que nacieron con su ayuda llevan su nombre.

Con más o menos experiencias del tipo están los compañeros de Figueroa. Entre ellos Sergio Martínez, de 33 años, y Hernán Sotomayor, de 38, el hombre que -por ejemplo- hace algunos años ayudó a nacer a un chico en una rotonda de la ruta 7.

“Es muy raro lo que se siente. Cuando uno está en el parto no piensa en otra cosa que ayudar al bebé y la madre. Después recién se da cuenta de lo que pasó y uno se siente la persona más importante del mundo”, describió Sotomayor.

Figueroa, Martínez y Sotomayor han realizado por lo menos una decena de cursos de resucitación y de primeros auxilios cada uno.

“Algunos los hemos pedido y los otros son cursos que se dan regularmente. En el caso de los partos, le consulté a Nancy, una de las parteras del hospital”, comentó Martínez.

En teoría, los camilleros tendrían que limitarse a cargar a los pacientes y cuidar que no les pase nada durante el traslado. La realidad es otra: son los primeros en llegar y son los que en la mayoría de los casos tienen que practicar los primeros auxilios.

“Cuando hay un llamado los que salimos somos los camilleros y los choferes, de nosotros depende todo, muchas veces la vida y la muerte”, admite Figueroa, sentado en rueda de amigos en una sala mínima junto a la playa de estacionamiento del hospital, donde permanecen prestos para salir a la calle apenas la radio enciende la alarma.

“Las satisfacciones siempre le ganan a las amarguras”, cerró Sergio Martínez justo en el momento en que el motor de una ambulancia sumaba sus ruidos a la bulliciosa tarde neuquina.

“En este lugar de la guardia está el corazón de todo”

NEUQUEN (AN).- No es sencillo el trabajo de los camilleros y los choferes de guardia. Cuando llegan a atender una emergencia la gente espera por lo menos a un enfermero. Entonces piden, reclaman y exigen.

“Nosotros hacemos lo que está a nuestro alcance, lo que podemos”, reflexionó Hernán Sotomayor.

“Hemos llegado a lugares donde hay una persona que está muerta y nos piden que la llevemos. Hasta nos han puesto revólveres en la cabeza para que traslademos al cadáver cuando en realidad no estamos autorizados a hacerlo”, explicó el chofer Luis Guzmán.

“La presión es mucha, pero es mayor cuando traés a un paciente porque te das cuenta de que la vida de esa persona está en tus manos. A mí, en 15 años jamás se me murió un paciente pero no es fácil llegar porque la gente no tiene conciencia y no se abre al paso de la ambulancia”, agregó Guzmán.

El chofer comentó que en los operativos de ablación con la policía en la ruta una ambulancia tarda cinco minutos en llegar desde el aeropuerto al hospital. “Pero cuando no hay operativo tardás por lo menos 15 o 20”, graficó el chofer de 45 años.

Unos metros más allá de Guzmán, el camillero “Billy” García, de 41 años, asintió y redondeó el concepto: “En nuestro trabajo está la vida y está muerte, y acá en este lugar de la guardia está el corazón de todo”.

En total, 23 personas comparten la tarea de salir en búsqueda de las urgencias. La mitad trabajó en Nochebuena y Navidad “que estuvo bastante tranquilo”, el resto lo hará en las primeras horas de 2001.


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