Coronavirus: ¿y ahora qué?



Juan H. Gowda*


Si bien la cuarentena tuvo como eje la preocupación por los más sensibles al virus, con el paso del tiempo estas mismas personas serán las más perjudicadas por su continuidad.


El término de las cuarentenas hace pensar en cómo será la vida cotidiana conviviendo con el virus. (AP Photo/Vadim Ghirda)

Y ahora qué? Termina la cuarentena, al menos por un rato y en algunos lugares. No nos sacaremos los barbijos para que no se note la sonrisa de algunos ni la cara de alivio de otros. Unos aprenderán sobre lo que pasó, otros tratarán de olvidarlo, o simplemente quedarán esperando el próximo aviso de encierro, sin animarse a salir. Tal vez estos últimos tengan razón, ya que la pandemia nunca llegó. Veamos:

Según las curvas de contagio, vemos que en varios países asiáticos el contagio tuvo su pico y está controlado, en otros está empezando (Indonesia) o creciendo (India). Lo llamativo de Asia es la baja mortandad en relación al resto del mundo y en particular a Europa. Las curvas de contagio en Europa muestran un continente dividido entre los que dejan que el virus evolucione, como Suecia y el Reino Unido, los que se dedicaron a frenar el contagio y hoy lo han controlado (Italia, España, Francia, Alemania, etc.), y aquellos en que el contagio recién empieza como Rusia.

El virus llegó más tarde a América, por lo que se buscó frenarlo temprano mientras nos preparábamos para que el sistema de salud no quedara superado. Siguieron el mismo camino la mayoría de nuestros vecinos sudamericanos, mientras que otros (USA, Brasil y México) dejaron que el virus se propagara. EE. UU., con 25-35,000 nuevos casos por día, alberga a un tercio de los infectados y al 28% de las muertes del mundo, menos que Europa, que registra más del 50%, pero más que Asia, (5%).

¿Qué dicen estos números? Poco… Sabemos que el virus comenzó en China, afectando a un mundo globalizado. Llegado a las grandes capitales del mundo, se expandió rápidamente, llevando al colapso a sus sistemas de salud y forzando una cuarentena global. Pocos países dejaron crecer el número de infectados antes de empezar a tomar medidas de aislamiento. Hoy esos países tienen el mayor número de infectados de sus respectivas regiones: EE. UU. es líder a nivel mundial, UK se acerca a Italia y España, Suecia lidera la liga Escandinava y Brasil la Latinoamericana.

Pero, ¿cuán eficientes son las medidas que tomaron o dejaron de tomar los distintos países? ¿Cómo medimos su impacto sobre nuestro presente y futuro? Un modo sencillo es ver el porcentaje de infectados que han muerto o se recuperaron. (Ver gráfico)

Vemos que en Argentina tenemos muy pocos infectados, menos que Finlandia o Suecia, con poblaciones menores, menos muertes en relación a los pacientes infectados que lo esperado (estamos por debajo de la línea, al igual que Chile, México, Colombia y Corea del Sur) y más recuperados que lo esperado (estamos por arriba de la media, junto con otros países que aplicaron la cuarentena). Desgraciadamente, no sabemos cuántos infectados hay, ya que no hay una estimación de asintomáticos. Los números, sin embargo, contradicen lo que nos cuentan los diarios, indicando que UK, Brasil y EE. UU. siguen cerca del promedio de mortandad mundial, por debajo de gran parte de los países europeos y mayor porcentaje de recuperados.

En resumen, vemos tres estrategias ante esta pandemia: tratar de frenarla cuando está en etapa de crecimiento exponencial (Europa), tratar de contenerla cuando llegó a un pico (USA, Brasil) y tratar de que no comience (gran parte de Latinoamérica, incluida Argentina).

Entiendo que hay solo tres modos de detener la propagación de un virus: (1) que se extinga, (2) desarrollar una vacuna, (3) que gran parte de la población mundial esté inmunizada naturalmente.

Ninguna de estas opciones parece realista para los próximos meses, ya que a escala mundial estamos en el pico de nuevos contagios desde fines de Marzo, países como India e Indonesia están en crecimiento y EEUU tiene sólo al 0,3% de su población infectada. Si sólo detectamos uno de cada diez casos, el número subiría al 3% de infectados en ese país habiendo afectado al 0.5 ‰ de la población mundial. En la Argentina, el 1 ‰ estaría hoy infectado. O sea que, a pesar 250.000 muertos, el virus no ha afectado a casi nadie todavía, contagiando diariamente a una de cada 1 millón de personas.


¿Podremos aislarnos localmente?¿Aunque sea por un tiempo? Nueva Zelanda está probando ese camino, pero es un país isla. Nuestro vecino más inaccesible es Chile desde lo geográfico, con Bolivia, Paraguay, Brasil y Uruguay nuestras fronteras son bastante permeables. Por lo tanto, nuestra realidad dependerá de nuestros vecinos del Mercosur, grupo del que decidimos autoexcluirnos… Si bien la cuarentena tuvo como eje la preocupación por los más sensibles al virus, con el paso del tiempo estas mismas personas serán las más perjudicadas por su continuidad.

Si bien la cuarentena tuvo como eje la preocupación por los más sensibles al virus, con el paso del tiempo estas mismas personas serán las más perjudicadas por su continuidad.

¿Tenemos otras opciones? La de vacunarse todavía no existe. Queda analizar cómo contagiarnos… lo que implicaría un experimento social de solidaridad y entrega. Pensemos:

Si nos preocupan las personas con mayor riesgo de vida, por sus historias clínicas y edad (¿10% de la población, 4-5 millones de personas?), el resto de la población podría estar haciendo algo más que quedarse en casa para protegerlas.

Si quienes se recuperaron del virus son inmunes y no contagian habría ya 1.300 personas que podrían estar ayudando a protegerlos. Si detectamos a los asintomáticos, encontremos tal vez 10.000 inmunes que podrían asistir a gente mayor, así como al comercio con compras, diligencias y transporte. Sumando un sistema de voluntarios a ser infectados, previo test médico y físico, aumentaría el número rápidamente.

En breve, comenzaría la temporada en Bariloche, algo que difícilmente ocurrirá. ¿Por qué no pensar en 15 días de vacaciones virales? Con capacidad para recibir, a más de 100.000 personas, nuestra ciudad podría cambiar los números del país en un invierno y reavivar su economía. Así desarrollaríamos un sistema médico adecuado para estos eventos, que seguramente durará más que un año.

Complementariamente, abuelos y vecinos de riesgo podrían tomarse un mes en Puerto Madryn, que aún sigue libre de virus. Un programa que rescate del encierro y el miedo a personas en riesgo que viven en zonas de alto riesgo permitiría manejar mejor su propagación. Las 10.000-15.000 personas de riesgo en Bariloche podrían pasear por Madryn, Calafate o Jujuy.

Con solo dos destinos turísticos adecuados para este programa, podríamos inmunizar a 200.000-300.000 voluntarios este invierno, preparando propuestas más osadas, como la de turismo estudiantil, para llegar al verano con una gran parte de la población inmunizada y feliz, constituyendo un nuevo modo de hacer turismo, desarrollando una infraestructura médica que nos distinga.

Hace poco, recordamos la Guerra de las Malvinas, en la que miles de jóvenes murieron por unas islas en las que pocos querrían vivir. Tenía 18 años y la conscripción era obligatoria. Hoy nos ataca un enemigo invisible que nos impide abrazar a nuestros seres queridos, reduciéndonos a una inactividad poblada de incertidumbre y miedo, en la que solo postergamos un problema, sin solucionarlo.

Con 56 años, me ofrecería como voluntario para contagiarme, con ello ayudo a proteger a quienes me formaron, a los más débiles y enfermos, a los que se quedarán sin trabajo y a quienes nos cuidan hoy. Tal vez sea hora de contagiarnos, ordenadamente y conscientes del riesgo que corremos, para seguir viviendo a cara descubierta, rodeados de familia y amigos.

*Doctor en Ecología, investigador en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma) dependiente del Conicet y la UNC .


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