Crisis de un albertismo que nunca existió

Cualquiera sea la estrategia discursiva que prevalezca ante la Asamblea, hay conciencia del daño que el caso de las vacunas a funcionarios y amigos ha provocado en términos de credibilidad y de confianza. Aún se ignora el alcance.

En el momento en el que tenga que referirse al escándalo de las vacunas vip, uno puede imaginar a Alberto Fernández levantando la vista del papel y mirando hacia un punto cualquiera del recinto, tal vez hacia los palcos, en un gesto grave, de contrariedad. Qué va a decir es más difícil de imaginar, y hasta los redactores del discurso lo ignoraban el viernes; es, dicen, una cuestión que está definiendo el presidente este fin de semana, en estas horas en las que le dará forma al borrador de su mensaje de mañana ante la Asamblea Legislativa, en la apertura del año parlamentario. ¿Qué Fernández será el que hable allí del tema? ¿El que echó como un rayo a su ministro de Salud? ¿El que días más tarde lanzó una abierta amenaza a los fiscales que investigan el caso, imprecaciones a la prensa, descalificaciones a la oposición? ¿Ambos?

En el máximo nivel del Gobierno emplean la palabra crisis para referirse al tema. Señal de realismo, hay que decir. Cualquiera sea la estrategia discursiva que prevalezca, hay conciencia del daño que el caso de las vacunas a funcionarios y amigos ha provocado en términos de credibilidad y de confianza. Aún se ignora el alcance.

En el gabinete, incluso en el círculo que rodea al presidente, hay desconcierto. Fernández tiene un equipo demasiado numeroso y débil. Que ya ha sido (es) blanco de Cristina Kirchner. Algunos ministros asistieron perplejos y en silencio al despido de Ginés González García, un hombre al que presumían del entorno del presidente. Qué deberían esperar otros. Un protagonista salpicado por el escándalo cuestionó con dolor lo que llamó la “doble moral” de Fernández. Resentimientos.

En la jefatura de Gabinete reprochan que al presidente Fernández los ministros lo dejaron solo. “Los socios del Frente se portaron bien. Pero lo que quedó claro es que el albertismo, si es que eso existe, no salió a bancar”, dicen allí. Incluso antes del escándalo esas fuentes hablaban de la necesidad de preparar un equipo más corto para llegar a la elección. ¿Se acelerarán esos cambios?

Otros funcionarios dicen que la crisis se produjo porque falta rigor. Fernández paga caro por su estilo, es el argumento. Interesante punto. Imaginen un programa de vacunación con Cristina Kirchner en ejercicio pleno. Todos temiéndole a Dios y otro poquito también a ella, cómo olvidar esa frase, constitucional del kirchnerismo. El peronismo en todas sus formas no se lleva bien con las construcciones de poder horizontales. Esos eran lujos que se podían dar Macri y Marcos Peña. Y ese diseño se sabe que también se desmoronó. Se atribuye a Felipe González el haber dicho que todos los gobiernos terminan mal, pero no hay constancia.

El escándalo de las vacunas es ya una herramienta de la lucha por el poder que se librará en octubre o noviembre, quién puede saberlo hoy. Fernández deberá cargar con eso ante la oposición y también en el frente interno.

Los gurúes de la política suelen decir que solo un escándalo es capaz de hacer olvidar un escándalo. Algunos proponen inventarlos si fuera necesarios. Con ese ánimo extraño fueron recibidas en despachos del Gobierno las duras condenas a Lázaro Báez y familia por lavado de activos. Si se pregunta, se responderá sin embargo que nada vincula la investigación al empresario santacruceño con la vicepresidenta, el dogma del lawfare al que también se abrazó sin pudores Fernández. No es al parecer el criterio de al menos dos de los jueces del tribunal que condenó a Báez, según trascendió en los tribunales y recogieron los cronistas judiciales.

Los fundamentos de ese fallo se conocerán en algunas semanas. Cristina Kirchner está acusada de irregularidades en la contratación de obras públicas en favor de Báez, un juicio que se reanudó a comienzos de febrero y en el que ya fue autorizada a ausentarse de las audiencias. Se trataría, junto al de evasión, de uno de los delitos precedentes al del lavado que condenó a Báez a 12 años de prisión. Ella ha presentado varios recursos ante la Corte Suprema reclamando la nulidad de la causa. Pero, recordemos, ha dicho que la historia ya la absolvió.


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