Democracia y seguridad

Redacción

Por Redacción

Durante su estadía en la Argentina, el presidente norteamericano Barack Obama reaccionó frente a los ataques terroristas en Bruselas comprometiéndose a destruir definitivamente el autodenominado Estado Islámico en Siria e Irak. Dijo que es su prioridad, pero aun cuando las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, sus aliados europeos y ciertos países árabes lograran matar o apresar a todos los combatientes del “califato” en las zonas que han ocupado, sólo se trataría de la parte más fácil de una contraofensiva que amenaza con ser extraordinariamente ardua. Se estima que en Europa viven miles de yihadistas aguerridos que, lejos de temer morir, están dispuestos a inmolarse si los ayuda a perpetrar atentados en lugares concurridos. Muchos yihadistas, como los que en Bruselas mataron a más de treinta personas y en París, el año pasado, más de un centenar, están fichados por las autoridades de su país de residencia, pero las fuerzas de seguridad no están en condiciones de seguir todos sus pasos por falta de personal capacitado, ya que para cada sospechoso sería necesario que varios agentes se dedicaran a vigilarlo. No extraña, pues, que en Bélgica, un país dividido entre flamencos que hablan holandés y valones francófonos que raramente colaboran, los encargados de la lucha antiterrorista se hayan visto desbordados por completo, lo que ha motivado las críticas airadas de sus vecinos. También plantea problemas la presencia de una minoría musulmana sustancial que no se ha integrado, en la que la “radicalización” de los jóvenes parece ser rutinaria. ¿Es compatible la seguridad ciudadana con el respeto por los valores democráticos? En la actualidad, los europeos y norteamericanos se encuentran frente a este dilema tradicional que, antes de la reaparición del yihadismo islámico, creían propio de otros tiempos. Aunque el peligro es mayor en Europa, los norteamericanos han asumido la postura más agresiva. Al proponer medidas que según sus adversarios serían demasiado draconianas, aspirantes presidenciales como los republicanos Donald Trump y Ted Cruz están consiguiendo el apoyo de muchos independientes antes atraídos por la actitud más ecuánime de la demócrata Hillary Clinton que, dicho sea de paso, dista de ser una “paloma”. Si bien en Francia, Alemania, Holanda y Suecia hay políticos que están a favor de medidas similares –una mayor vigilancia policial, el cierre de mezquitas en que los predicadores pronuncian diatribas antioccidentales y así por el estilo–, que, de aplicarse, ampliarían la brecha ya existente entre las comunidades musulmanas y el resto de la sociedad, hasta ahora ninguno ha obtenido el respaldo suficiente como para formar un gobierno. Por desgracia, no será posible derrotar el yihadismo iluminando edificios con los colores del país atacado, enviando mensajes pacifistas a través de los medios sociales y transformando los sitios de las atrocidades más recientes en santuarios llenos de velas y muñecas. Asimismo, aunque la batalla principal está librándose en las mentes de millones de jóvenes de familias musulmanas o, como ya es frecuente, personas de otro origen que se sienten tan atraídas por las certezas mortíferas del yihadismo que se convierten al islam, ya es evidente que ha fracasado la estrategia elegida por los defensores del statu quo europeo. Al afirmarse resueltos a hacer todas las concesiones necesarias para congraciarse con los musulmanes, subrayar la admiración que dicen sentir por la civilización árabe o persa y prohibir cualquier manifestación pública o privada de “islamofobia”, lo único que logran es dar a los yihadistas motivos para creer que están ganando la guerra cultural. Por lo demás, no es del todo irrazonable suponer que la humildad excesiva que desde hace décadas es una de las características más notables de las distintas elites occidentales haya contribuido mucho a “la radicalización” de miles de jóvenes que son hijos o nietos de inmigrantes que se habían adaptado sin demasiadas dificultades al estilo de vida europeo. Se trata de un fenómeno que motiva extrañeza en Estados Unidos, donde, hasta hace poco, la integración de las minorías musulmanas no planteaba muchos problemas, acaso porque los norteamericanos brindaban la impresión de sentirse tan orgullosos de su propio país que, con escasas excepciones, inmigrantes procedentes de otras partes del mundo solían querer compartir el destino común.


Durante su estadía en la Argentina, el presidente norteamericano Barack Obama reaccionó frente a los ataques terroristas en Bruselas comprometiéndose a destruir definitivamente el autodenominado Estado Islámico en Siria e Irak. Dijo que es su prioridad, pero aun cuando las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, sus aliados europeos y ciertos países árabes lograran matar o apresar a todos los combatientes del “califato” en las zonas que han ocupado, sólo se trataría de la parte más fácil de una contraofensiva que amenaza con ser extraordinariamente ardua. Se estima que en Europa viven miles de yihadistas aguerridos que, lejos de temer morir, están dispuestos a inmolarse si los ayuda a perpetrar atentados en lugares concurridos. Muchos yihadistas, como los que en Bruselas mataron a más de treinta personas y en París, el año pasado, más de un centenar, están fichados por las autoridades de su país de residencia, pero las fuerzas de seguridad no están en condiciones de seguir todos sus pasos por falta de personal capacitado, ya que para cada sospechoso sería necesario que varios agentes se dedicaran a vigilarlo. No extraña, pues, que en Bélgica, un país dividido entre flamencos que hablan holandés y valones francófonos que raramente colaboran, los encargados de la lucha antiterrorista se hayan visto desbordados por completo, lo que ha motivado las críticas airadas de sus vecinos. También plantea problemas la presencia de una minoría musulmana sustancial que no se ha integrado, en la que la “radicalización” de los jóvenes parece ser rutinaria. ¿Es compatible la seguridad ciudadana con el respeto por los valores democráticos? En la actualidad, los europeos y norteamericanos se encuentran frente a este dilema tradicional que, antes de la reaparición del yihadismo islámico, creían propio de otros tiempos. Aunque el peligro es mayor en Europa, los norteamericanos han asumido la postura más agresiva. Al proponer medidas que según sus adversarios serían demasiado draconianas, aspirantes presidenciales como los republicanos Donald Trump y Ted Cruz están consiguiendo el apoyo de muchos independientes antes atraídos por la actitud más ecuánime de la demócrata Hillary Clinton que, dicho sea de paso, dista de ser una “paloma”. Si bien en Francia, Alemania, Holanda y Suecia hay políticos que están a favor de medidas similares –una mayor vigilancia policial, el cierre de mezquitas en que los predicadores pronuncian diatribas antioccidentales y así por el estilo–, que, de aplicarse, ampliarían la brecha ya existente entre las comunidades musulmanas y el resto de la sociedad, hasta ahora ninguno ha obtenido el respaldo suficiente como para formar un gobierno. Por desgracia, no será posible derrotar el yihadismo iluminando edificios con los colores del país atacado, enviando mensajes pacifistas a través de los medios sociales y transformando los sitios de las atrocidades más recientes en santuarios llenos de velas y muñecas. Asimismo, aunque la batalla principal está librándose en las mentes de millones de jóvenes de familias musulmanas o, como ya es frecuente, personas de otro origen que se sienten tan atraídas por las certezas mortíferas del yihadismo que se convierten al islam, ya es evidente que ha fracasado la estrategia elegida por los defensores del statu quo europeo. Al afirmarse resueltos a hacer todas las concesiones necesarias para congraciarse con los musulmanes, subrayar la admiración que dicen sentir por la civilización árabe o persa y prohibir cualquier manifestación pública o privada de “islamofobia”, lo único que logran es dar a los yihadistas motivos para creer que están ganando la guerra cultural. Por lo demás, no es del todo irrazonable suponer que la humildad excesiva que desde hace décadas es una de las características más notables de las distintas elites occidentales haya contribuido mucho a “la radicalización” de miles de jóvenes que son hijos o nietos de inmigrantes que se habían adaptado sin demasiadas dificultades al estilo de vida europeo. Se trata de un fenómeno que motiva extrañeza en Estados Unidos, donde, hasta hace poco, la integración de las minorías musulmanas no planteaba muchos problemas, acaso porque los norteamericanos brindaban la impresión de sentirse tan orgullosos de su propio país que, con escasas excepciones, inmigrantes procedentes de otras partes del mundo solían querer compartir el destino común.

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