Diskusión

Por Redacción

Por Marcelo Birmajer

Entre fines del 2015 y principios del 2016 me vi enfrascado en una polémica sobre el Parque de la Memoria porteño. La función del Parque de la Memoria, creado en 1998, debería ser recordar y conmemorar los crímenes y las víctimas de la dictadura militar argentina que usurpó el poder entre 1976 y 1983. Luego de varias visitas realizadas, reporté que, entre otras incongruencias, en dicho Parque se acusaba a Carlos Corach, ministro de Interior de Menem, de genocida, junto a militares que efectivamente habían ejecutado delitos de lesa humanidad. También se graficaba el 83, el año de la recuperación democrática de la mano de Raúl Alfonsín, como el año del silencio y la impunidad. Se celebraba el accionar de las organizaciones armadas criminales como Montoneros y ERP, y se ensalzaba hasta la hagiografía a Néstor Kirchner.

Pocos de los elementos expuestos en el Parque cumplían con su función declarada: preservar la memoria de los crímenes de la dictadura militar. Publiqué dos notas al respecto, en el diario “Clarín”. Luego del segundo artículo, en el mismo diario se publicó una nota refutándome, firmada por Laura Malosetti Costa. La historiadora del arte –tal el título con el que se presentaba– hacía referencia a mi “serie” de notas. Eran sólo dos. Y luego advertía que una de las muestras, que yo asociaba con el kirchnerismo, se había montado antes del advenimiento del kirchnerismo al poder. En mi descargo, yo aclaré que en esa misma muestra un cartel hacía referencia como pasado al año 2004, de modo que en cualquier caso, ya fuera por aggionarmiento o por intervención, la muestra se había montado o modificado ya con el kirchnerismo en el poder. A partir de esta réplica mía, se desató una furibunda ola de detractores en mi contra en las redes sociales. En todos los casos me acusaban de querer destruir el Parque de la Memoria y de favorecer el olvido respecto de los crímenes de la dictadura. También debatí con un sociólogo en televisión; cuando le pregunté por qué un cartel acusaba a Corach de genocida, replicó que eso era una obra de arte. Cuando le pregunté cómo podían citar un hecho del 2004 en una obra previa al kirchnerismo, replicó que no tenía tiempo ni ganas de explicármelo.

Tanto las andanadas contra mi persona en las redes sociales como las respuestas de mi interlocutor en la televisión, responden al modelo de discusión K. Desde mi primera nota al respecto, estaba claro que yo reclamaba memoria, rigurosidad, respeto por las víctimas y sus parientes. Comparar a un ministro de la democracia con un represor de la dictadura banaliza la tragedia de los desparecidos en la Argentina. Apostrofar como “silencio e impunidad” la simbólica urna del 83, como hacía un cartel, desvirtúa el trascendental paso de la dictadura a la democracia que libró el país. Desmerecer la importancia del Juicio a las Juntas erosiona el recuerdo de la criminalidad de Massera y Videla. Utilizar el Parque de la Memoria para aseverar que Néstor Kirchner fue el mejor presidente de la democracia –como hicieron en la muestra “30 años de democracia”–, y no registrar en ninguna parte que Cristina Fernández de Kirchner encumbró como jefe del Ejército a un acusado de crímenes de lesa humanidad, es bastardear el más importante museo recordatorio con que cuenta el país respecto de la tragedia de las desapariciones, violaciones y apropiaciones de niños cometidas por la dictadura militar.

Mis detractores aseveraban que los artistas que mencionaban a Corach como genocida habían sido seleccionados por altos jurados internacionales. No negaban esa mención falsa e injuriosa, la justificaban por medio de jerarquías inconducentes. Los puede haber elegido el más alto jurado mundial, y seguirá siendo una mentira, no una obra de arte, acusar a Corach de genocida. Pero ese es el criterio de discusión que dejó como legado el kirchnerismo, aplicado tanto por kirchneristas como por aliados circunstanciales: nunca responder a lo que el otro dice, siempre acusarlo de “cómplice de la dictadura”, de “antipopular”, siempre sacar la pelota de la cancha. Ya sean datos sobre la inflación o enriquecimiento ilícito, evitar cualquier referencia a lo que el otro efectivamente está diciendo o presentando. Nunca responder a los hechos duros, nunca respetar la lógica del “enemigo”. No responden a un interlocutor, lo construyen: se inventan con quién prefieren discutir. También inventaron a Milani como un adalid de los derechos humanos, abrazado a Hebe de Bonafini en la tapa de la revista “Madres”, como cité en mi nota anterior.

El trabajo de reconstrucción del debate público que nos debemos incluye una gran cuenta pendiente: recuperar la idea de discusión alrededor de lo que cada uno realmente expresa, oponernos de buena fe, considerar los datos y argumentos del interlocutor. Sanar de una vez por todas la locura de la diskusión.

Apostrofar como “silencio e impunidad” la simbólica urna del 83 desvirtúa el trascendental paso de la dictadura a la democracia que libró el país.

La reconstrucción del debate público que nos debemos incluye recuperar la idea

de discusión alrededor de lo que cada uno realmente expresa y oponernos de buena fe.

Datos

Apostrofar como “silencio e impunidad” la simbólica urna del 83 desvirtúa el trascendental paso de la dictadura a la democracia que libró el país.
La reconstrucción del debate público que nos debemos incluye recuperar la idea
de discusión alrededor de lo que cada uno realmente expresa y oponernos de buena fe.

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