Universidades en apuros
Los casos de presunto plagio pudieron en la picota a dos de las instituciones más prestigiosas - Harvard, en Estados Unidos, y Cambridge, en el Reino Unido -, por haber privilegiado el color de la piel al mérito académico.

Se espera que las mejores universidades del mundo sean centros de enseñanza donde los estudiantes reciben clases de profesores que respetan los más altos estándares. Lamentablemente, hace tiempo que esto dejó de ser así. Dos de las instituciones más prestigiosas – Harvard, en Estados Unidos, y Cambridge, en el Reino Unido -, que habitualmente encabezan los rankings internacionales, están en la picota por haber promocionado a plagiarios mediocres debido al color de su piel.
Hace un par de años, la presidenta de Harvard, Claudine Gay –una señora cuyos aportes académicos han sido, por decirlo de algún modo, decididamente modestos -, se vio obligada a dimitir, aunque conservó un puesto con un salario anual de casi un millón de dólares. La universidad aún no se ha recuperado de aquel escándalo. Y, hace apenas una semana, Cambridge tuvo que prescindir de su profesor más célebre, Jason Arday, al descubrirse que su tesis doctoral estaba plagada de fragmentos robados a otros.
Por si fuera poco, Arday se afirmaba tan “neurodivergente” que antes de alcanzar los once años no pudo hablar y decía que aprendió a leer y escribir cuando ya tenía dieciocho; también sostenía haber corrido 600 millas en seis días, entre otras hazañas inverosímiles. Poco después de perder el trabajo y verse envuelto en una oleada de burlas, se quitó la vida.
A su manera, Gay y Arday fueron víctimas de las políticas de DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) que, desde hace varias décadas, se promueven con entusiasmo en el mundo angloparlante. Estas políticas parten de la premisa de que, si a algunos grupos étnicos les va peor que a otros, la causa debe ser el racismo y no factores culturales o sociales. Como consecuencia de la DEI, los blancos y los asiáticos orientales descubrieron que, a pesar de obtener resultados académicos muy superiores a los de casi todos los jóvenes negros, les resultaba llamativamente más difícil acceder a las universidades de élite.
No son los únicos que tienen motivos fundados para sentirse agraviados. También los tienen muchas personas pertenecientes a los grupos favorecidos: hoy en día, sus logros académicos se atribuyen casi automáticamente a la DEI. A menudo esto resulta profundamente injusto, pero tras una serie de casos de gran repercusión que involucran a personas beneficiadas por las medidas presuntamente temporarias para reparar agravios históricos que se tomaron en la década de 1960, poco pueden hacer al respecto.
Además de procurar garantizar que todos los grupos étnicos obtengan resultados idénticos en las asignaturas académicas, los convencidos de que las escuelas y universidades deben concentrarse en reestructurar la sociedad para que sean más equitativa introdujeron en los planes de estudio una variedad de cursos abiertamente politizados como los de género, los que se ocupan de las dificultades enfrentadas por los afroamericanos y así por el estilo en que tener las opiniones “correctas” importa mucho más que cualquier esfuerzo serio por analizar objetivamente los problemas que pudieran surgir. No satisfechos con esto, los militantes académicos se esforzaron por lograr que las disciplinas tradicionales adoptaran los mismos criterios.
Por un rato, las “ciencias duras” permanecieron inmunes a su celo reformista, pero últimamente ellas también han estado bajo ataque. Puesto que los blancos – especialmente los judíos – y los asiáticos orientales seguían superando a la mayoría de los afroamericanos en estos campos, los ideólogos de la DEI concluyeron que ello se debía a que la química, la física, las matemáticas y todo lo relacionado con ellas estaban contaminadas por “la blancura”, un mal que, entre otras cosas, se manifestaba a través de la preferencia por explicaciones científicas de los fenómenos naturales frente a las ofrecidas por tradiciones tribales. En universidades de Nueva Zelanda, Australia y Canadá, hay que mostrar el debido respeto por los mitos de creación de los maoríes, los aborígenes y las “primeras naciones”
En un esfuerzo por contrarrestar tales tendencias, sus detractores – entre ellos Donald Trump, cuyo gobierno está tratando de prohibirlas – advierten que permitir que la ciencia sea colonizada por fanáticos de la ideología woke tendría consecuencias nefastas para los países occidentales. Al fin y al cabo, a pesar de la evidente determinación del presidente Xi Jinping de subordinar todo a sus prioridades personales, los chinos siguen aplicando enfoques decididamente meritocráticos a las ciencias duras y, claro está, confían en que los despropósitos que cometen las autoridades de Harvard, Cambridge y miles de otras instituciones académicas de Occidente los ayudan a tomar la delantera y conservarla.

Se espera que las mejores universidades del mundo sean centros de enseñanza donde los estudiantes reciben clases de profesores que respetan los más altos estándares. Lamentablemente, hace tiempo que esto dejó de ser así. Dos de las instituciones más prestigiosas - Harvard, en Estados Unidos, y Cambridge, en el Reino Unido -, que habitualmente encabezan los rankings internacionales, están en la picota por haber promocionado a plagiarios mediocres debido al color de su piel.
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