Drogas: una generación en riesgo

GLADYS SEPPI FERNÁNDEZ (*)

Un drogadicto expresó: “Donde usted vaya, donde usted hable, donde usted escriba, dígales a los jóvenes que nunca comiencen, pues después puede ser demasiado tarde”. Los padres y familiares temblamos: al alcance de las manos de los chicos, la droga y su promesa de vivir el éxtasis de un paraíso desconocido y, podríamos decir, mortal. Una fuga, la evasión de una realidad que no satisface o simplemente el ingenuo deseo impuesto por una infantil curiosidad que impulsa a probar. Nunca como hoy la droga en sus diferentes formas estuvo tan cerca de las escuelas, del barrio, de la propia casa. Nunca como hoy se sufrieron las consecuencias de la devastación cerebral que produce en sus consumidores. Tomados y perdidos los centros de reflexión y dominio de sí, la persona drogada puede reaccionar de cualquier caprichosa manera, desde desparramar la basura por las calles a la salida de un boliche hasta asaltar y matar, como se está comprobando. Es que el esclavo de la droga –que también lo es el alcohol– actúa y puede dañar como un motor fuera de control, como un arma en manos de un niño, como un dispositivo destructivo en poder de un loco. Y todo lo que la civilización, la evolución humana ha ido construyendo hacia un nivel de mayor calidad puede ser destruido. Todo lo que la vida espera de un individuo que debe transitar hacia su realización como persona, se denigra, se desbarata. La droga consume y una vez probada es necesario recurrir a ingentes esfuerzos para salir de la fascinación que produce irse hacia el abismo del no ser, no pensar. No sufrir. Escuchamos decir que la droga mata. Y lo sabemos. Lo sufren los padres de drogadictos que asisten a la pérdida del que era su hijo y las promesas de un futuro en el que podría haber llegado a ser una persona normalmente realizada. Ante tanto daño, y tal como solemos hacer, hoy nos tiramos culpas recíprocamente: que el Estado, que la escuela, que los amigos, que la sociedad. De manera que, repartidas las responsabilidades, nadie se mira a sí mismo ni se hace cargo. Entonces, se hace muy difícil encontrar la solución. Pero algo hay que hacer ahora, de manera urgente. Por ejemplo empezar por lo más próximo: Por el mismo sujeto, adolescente, joven en quien anidan los factores de riesgo ya sea su sentimiento de invalidez, el vacío afectivo y en gran parte su falta de confianza en sí mismo, condimento básico en la formación del carácter que se inculca desde la más tierna infancia y se fortalece toda la vida. Y acá entran a jugar la familia y su papel preponderante. Ella está en la raíz de cada vida desde la concepción, desde el deseo de tener al hijo, desde su tarea diaria de abrigo y conducción. Por eso la familia debe preguntarse sobre el sistema de valores que dirige la vida cotidiana de su hogar: ¿ha inculcado amor y respeto por la vida propia y la ajena? ¿Ha enaltecido los lazos afectivos y generado un sentimiento de ayuda mutua entre sus integrantes? Y, además: ¿tiene mi hijo la necesaria claridad y firmeza para saber decir “no” a lo que no vale, a las presiones de los “amigos”?, ¿es una persona positiva, optimista, tiene confianza en el futuro?, ¿enfrenta los problemas o se siente abatido ante la primera dificultad? ¿Ha sido formado en el esfuerzo para llegar a las pequeñas y grandes metas o ha sido sobreprotegido de tal manera que se siente sin armas, indefenso para afrontar las relaciones con sus pares y las tareas propias de su desarrollo? Además, ¿se comunica con los demás o prefiere el aislamiento? La familia y la escuela deben tener en cuenta que cuantos más factores de riesgo posea la persona mayor será la probabilidad de que caiga en el uso indebido de drogas, y más complejo será su tratamiento. En contraposición, a mayores factores de protección, que son los de la formación humana, los de la educación que da conocimientos y moviliza la conciencia, el riesgo disminuye. Mucho más difícil es que se apegue a las drogas quien ha sido formado en una sana competitividad, quien se proyecta y planifica el futuro, quien desde pequeño ha debido responder por sus actos y sus decisiones, quien se forma o ha formado en una red de contención familiar afectiva que le ha permitido valorar el esfuerzo para lograr lo que tiene y lo que podrá obtener. En cuanto al gobierno, es desde los altos ministerios desde donde deben surgir medidas que fortalezcan la conducta de los chicos en las escuelas, donde el tema “prevención en el uso de drogas” debiera tener un lugar prioritario. Un plan nacional, bien articulado y común en todo el territorio nacional. Además, todo tipo de gobierno debe enfrentar y atacar el envilecido negocio que la droga genera a su alrededor, tan poderoso como para comprometer a muchos de los mismos gobernantes. Sobre el débil terreno que ha generado la misma familia con los conflictos generados por los padres, con la falta de armonía y diálogo, con el sentimiento de expulsión o de escasa contención que sufren los menores, con la falta de un clima de confianza que anime el diálogo y que genera, en cambio, agresividad, rebeldía o encierro, la droga avanza y el espurio negocio de quienes usufructúan de él, se fortalece. También la sociedad, la política, la economía del país, el malestar social, el clima de violencia y la disponibilidad de drogas que se ofrecen en cada esquina y hasta en la puerta de las escuelas contribuyen a exponer cada día más a que los chicos caigan en el riesgo de usar y abusar de ellas. Y bien se sabe que esa caída puede ser terriblemente dolorosa y difícil de superar. Por eso se deben atacar las causas. ¿Por qué algunos chicos se drogan? ¿Por qué muchos caen en las redes de su tentación mientras otros pasan a su lado y permanecen indemnes? La adolescencia es, en sí misma, una etapa de riesgo porque el individuo hace frente a un sinnúmero de situaciones difíciles y potenciales de estrés. A esta edad, el adolescente rechaza la protección adulta en búsqueda de su autonomía, es aquí en donde tiene que aprender a alternar con su grupo de pares. Además, hay claras evidencias de que el consumo de drogas a una temprana edad puede conducir en el futuro a la ingesta de sustancias aún más peligrosas porque la adicción crece y el cuerpo pide cada día más. Los chicos empiezan con el alcohol, la “previa”, que es una moda y parece ser que muy pocos escapan hoy de ella. Entonces: ¿No deberían los planes ministeriales, es decir el gobierno a través de los medios de comunicación y la misma escuela, reforzar la información sobre el peligro de caer esclavo de una fatal dependencia a sustancias psicoactivas que producen tan graves consecuencias, tanto a la persona como a la familia, a la sociedad, a toda la comunidad? Toda una generación está en riesgo. Sabiendo que los adolescentes representan el 22% del total de la población que consume drogas y que éste es uno de los problemas de salud pública más complejos que enfrenta nuestra sociedad ya que se asocia con otros como la violencia familiar y social, ¿no es hora de que esta problemática que destruye vidas, anula posibilidades de desarrollo y tiene tantos costos sociales sea tratada como lo que es, comprometiendo fuertemente a todos los ciudadanos en la búsqueda de una mayor prevención? Porque de prevenir se trata. Tanto como de destruir las poderosas mafias que usufructúan con la vida ajena, multiplicando llamados desesperados como el que sigue: “En cualquier reunión que usted se encuentre diga a quien pueda escucharla, dígales que casi todos los amigos que yo tenía cuando consumía droga están muertos o están en la cárcel por delincuentes”. (*) Educadora. Escritora.


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