Egipto sin Mubarak

Luego de enfrentar durante 18 días manifestaciones públicas cada vez más masivas y más hostiles, Hosni Mubarak, presionado por sus subordinados inmediatos, finalmente optó por tirar la toalla, poniendo fin así a treinta años de poder casi absoluto, pero Egipto seguirá siendo gobernado por el régimen militar que se instaló en 1952. Aunque los jefes castrenses se han comprometido a encabezar una “transición hacia la democracia” –tuvieron que hacerlo para asegurar que Estados Unidos continúe enviándoles la ayuda económica que tanto necesitan–, la tarea que han emprendido no será tan fácil como suponen quienes están celebrando en Egipto y los muchos personajes del resto del mundo que se han convencido de que está en marcha una revolución libertaria destinada a hacer del Oriente Medio una región en que se respeten los derechos humanos de todos. Además de hacer frente a la amenaza planteada por los nada democráticos islamistas de la Hermandad Musulmana, que tal vez constituyen una minoría pero que, a diferencia de los demócratas genuinos, cuentan con una estructura política clientelista bien organizada y una ideología terriblemente clara, los militares tendrán que manejar una economía que no está en condiciones de satisfacer las expectativas de la multitud de jóvenes que protagonizaron la sublevación que culminó con la caída de un dictador enfermo de 82 años. Lo mismo que en Túnez y otros países árabes en que las protestas se han multiplicado, los egipcios jóvenes que colmaron las plazas principales de El Cairo, Alejandría y otras ciudades para reclamar cambios fundamentales se rebelaban no sólo contra la falta de libertad sino también contra un orden socioeconómico que no les brindaba las oportunidades laborales para las que se habían preparado. Desgraciadamente para ellos, es poco probable que el régimen militar, o su eventual sucesor, logre modificar el panorama deprimente así supuesto que se ha agravado de resultas del caos de las semanas últimas. En nuestro país y otros de América Latina, cuando los militares regresaron a sus cuarteles se vieron reemplazados enseguida por gobiernos elegidos formados por partidos que, no obstante sus deficiencias, tenían raíces profundas en la sociedad. Con la excepción de la Hermandad Musulmana y lo que quedará del oficialismo, en Egipto los partidos políticos que existen distan de ser tan representativos como sus equivalentes latinoamericanos, razón por la que los militares contarán con motivos plausibles para querer postergar la convocatoria a elecciones libres, pero a menos que lo hagan pronto correrán el riesgo de ser acusados de estar resueltos a conservar el viejo orden autocrático. No sorprendería, pues, que Egipto siguiera en crisis por mucho tiempo más. Merced a la actitud pasiva asumida por las fuerzas armadas, cuyos jefes entendían muy bien que si reprimieran con violencia perderían la ayuda financiera norteamericana, a los egipcios les resultó ser relativamente fácil hacer caer a Mubarak, pero no les será del todo sencillo construir un sistema político realmente democrático por ser cuestión de una empresa que es muy pero muy complicada incluso para sociedades, como las latinoamericanas, de tradiciones netamente occidentales. Por ser Egipto un país tan importante, los gobiernos de Estados Unidos, de los miembros de la Unión Europea y, desde luego, de Israel no pueden sino estar preocupados por la posibilidad de que se repita lo que sucedió hace treinta años en Irán, cuando un movimiento heterogéneo popular consiguió derrocar a un régimen autoritario pro occidental pero creó una situación que supieron aprovechar los islamistas del ayatolá Khomeini. Aunque Egipto no es Irán y los demócratas son plenamente conscientes de lo peligroso que sería permitir a los islamistas acercarse al poder, los riesgos son grandes y es necesario tomarlos en serio, de ahí la postura vacilante del presidente norteamericano Barack Obama y los líderes europeos ante un drama de desenlace aún incierto. Después de haber tratado a Mubarak como un aliado confiable durante décadas, optaron por abandonarlo a su suerte en un intento probablemente vano por congraciarse con los manifestantes que, lo mismo que los autócratas de la región, no se habrán sentido demasiado impresionados por la reacción ambigua de los gobiernos occidentales.


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