El caso argentino

Lo ocurrido hace pensar que la alternativa al "modelo" no es prosperidad, sino miseria manejada por burocracias corruptas.

Aunque para pesar de algunos y alivio de muchos el impacto de nuestra crisis en otros países, con la excepción del Uruguay, ha sido llamativamente limitado hasta ahora, esto no quiere decir que ya no exista ningún riesgo de «contagio». Además de provocar presiones sobre los mercados de divisas, reducciones dolorosas en las exportaciones de países vecinos como el Brasil y de convencer a los inversores de que América Latina sigue siendo una región muy peligrosa para los empresarios del mundo desarrollado, el espectáculo brindado por la Argentina ha sido tomado por muchos sectores políticos por evidencia no de lo insensato que es tratar de vivir por encima de los medios, dependiendo de los créditos ajenos, sino del fracaso del «modelo liberal». Según la número dos del FMI, Anne Krueger, los países latinoamericanos ya han aprendido que no les convendría en absoluto reincidir en el dirigismo y el proteccionismo, pero ocurre que el pragmatismo racional así supuesto no suele imperar aquí ni en ningún otro país del mundo. Por el contrario, en todas partes es normal que las impresiones, los prejuicios y las tradiciones culturales pesen más que la lógica fría cuando se trata de decidir el valor relativo de una estrategia económica determinada. Además, en vista de que es del interés de muchos sectores, encabezados por los partidos políticos establecidos, resistirse a los cambios que están exigiendo el FMI y otros organismos, es natural que los representantes de los movimientos tradicionales se hayan puesto a aprovechar a pleno nuestras desgracias atribuyéndolas a los «dogmas neoliberales»-o incluso al capitalismo como tal-, que supuestamente ocasionaron la crisis en la que estamos debatiéndonos.

Conforme a los optimistas, el desastre que fue desatado por el colapso de la convertibilidad es sui géneris, porque ninguna otra economía significante, salvo la constituida por el enclave antes británico y actualmente chino de Hong Kong, ha adoptado un mecanismo tan riguroso. Sin embargo, no sólo en América Latina sino también en distintos países de Europa, los más prefieren minimizar la importancia de esta particularidad, acaso porque no se presta fácilmente a interpretaciones ideológicas, para concentrarse en el esfuerzo emprendido por el gobierno del ex presidente Carlos Menem por transformar una economía semicerrada, dirigista y corporativa en una liberal y abierta. Aunque las reformas de la primera mitad de los años noventa no fueron tan profundas como se suponía y, de todos modos, por motivos electoralistas el propio Menem se encargó de desvirtuar muchas en el curso de su segundo período presidencial, abundan los al parecer convencidos de que logró perfeccionar un «modelo neoliberal», de características sociales atroces, que después «estalló» a causa de sus contradicciones internas.

El que tantos políticos, intelectuales, eclesiásticos y otros hayan llegado a la conclusión de que por una multitud de razones el «capitalismo liberal» no puede funcionar en la Argentina ni, tal vez, en el resto de América Latina, no importaría demasiado si sólo fuera cuestión de elegir un «modelo» entre muchos que resultaran ser igualmente eficaces. Sin embargo, todo lo ocurrido últimamente hace pensar que la alternativa a una variante de dicho «modelo» no es la prosperidad y el dinamismo combinados con la justicia social, sino la miseria y el estancamiento manejados por burocracias corruptas. En el mundo actual, no se da ningún caso de una nación en la que los habitantes disfruten de un nivel de vida comparable con aquel de los países capitalistas y liberales, como Estados Unidos, Canadá, Australia y los miembros de la Unión Europea, que no haya adoptado antes las instituciones, los sistemas legales y la cultura capitalista correspondientes. Tienen razón, pues, todos aquellos que insisten en que no es una cuestión de elegir entre «modelos», sino de optar entre hacer el esfuerzo realmente tremendo que sería necesario para modificar nuestras estructuras para que sean aptas para un país genuinamente capitalista, y persistir en negarse a cambiar por miedo a la reacción de los muchos sectores que, por motivos comprensibles, prefieren continuar prosperando en un país en que una mayoría cada vez mayor se ve hundida en la pobreza extrema, alternativa ésta que podría calificarse de suicida.


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