El conflicto continúa

Ya han transcurrido dos semanas desde que el Senado rechazó las retenciones móviles, pero el gobierno aún no ha procurado reconciliarse con el campo. Parecería que no quiere entender que es de su propio interés y, claro está, del país que contribuya a fortalecer al único sector que está en condiciones de aportar los recursos financieros que necesitaremos para poder emprender un proceso de crecimiento sostenible en el tiempo. Para los Kirchner y quienes piensan como ellos el campo sigue siendo un enemigo al que hay que derrotar, motivo por el que están resueltos a continuar hostigándolo con la esperanza de que la ciudadanía termine dándoles la razón. Los métodos elegidos son tan mezquinos como siempre. El gobierno está sometiendo a un boicot la exposición de la Sociedad Rural: este año, las provincias administradas por gobernadores leales a los Kirchner no participan con stands destinados a mostrar sus productos agrícolas y tampoco estarán presentes la Escuadra Azul de la Policía Federal, los caballos del Ejército y el Regimiento de Granaderos. Por su parte, el nuevo secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, persiste en intentar quebrar el frente agropecuario negándose a negociar con la Mesa de Enlace a pesar de que los referentes de las cuatro entidades rurales representadas en ella insisten en que hay que recibirla. Por lo demás, funcionarios oficiales tratan de aprovechar las negociaciones salariales que están en marcha para incomodar a los ruralistas ya que, como es notorio, una parte muy significante de la economía del campo está en negro: si bien es legítima la presunta voluntad del gobierno de obligar a los empleadores rurales a acatar las reglas, nadie ignora que, tal y como suele suceder con las inspecciones sanitarias de empresas cuyos propietarios no apoyan al «proyecto» político de turno, los funcionarios están menos interesados en defender los derechos de los trabajadores que en presionar y, si es posible, desprestigiar a quienes acaban de asestar a los Kirchner la derrota más dolorosa que han sufrido desde que llegaron al poder en mayo del 2003.

Preocupados por lo que está ocurriendo y por entender que el gobierno intentará reflotar las retenciones móviles en una versión apenas modificada de la rechazada por el Senado merced al voto del vicepresidente Julio César Cleto Cobos, los ruralistas ya hablan de la conveniencia de reanudar las asambleas y las protestas, en esta ocasión contra la falta de voluntad del gobierno de ayudar a solucionar los problemas apremiantes de la ganadería, la industria lechera y, desde luego, muchas economías rurales que resultaron duramente afectadas por la parálisis causada por cuatro meses de conflicto y por el clima de incertidumbre que se generó.

A esta altura, el que el gobierno no quiera a los líderes ruralistas más destacados puede comprenderse, pero es tan irracional de su parte subordinar todo a su deseo de atenuar la derrota anotándose algunos pequeños triunfos políticos a costa del campo como lo fue aspirar a ponerlo de rodillas sin preocuparse por las consecuencias económicas que habría supuesto un triunfo del tipo previsto. De no haber sido por la productividad de nuestro suelo y la capacidad llamativa de quienes lo trabajan de incorporar tecnología avanzada, la Argentina no habría podido salir del abismo en que se precipitó, en medio de una crisis institucional tremenda, en los días finales del 2001. Asimismo, si por razones políticas el gobierno persiste en atentar contra el campo, el porvenir del país será oscuro, ya que sus perspectivas económicas -y por lo tanto sociales- dependerán en buena medida de lo que puedan hacer los agricultores y ganaderos que, por fortuna, son capaces de competir en pie de igualdad con los más eficientes del resto del mundo. Así las cosas, lo racional sería que el gobierno colaborara para que el campo se hiciera aún más productivo que lo que ya es, algo que le requeriría dejar de tomarlo por un territorio ocupado por una horda de oligarcas golpistas que sólo existe en la imaginación febril de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido, el ex presidente Néstor Kirchner, pero parecería que son tan fuertes sus prejuicios que no tienen la más mínima intención de modificar su actitud.


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