El día y la mujer

Pocas veces -creo que ninguna- esta columna ha coincidido con el Día Internacional de la Mujer. Lo cual no es ninguna ventaja, créame. Lo que me acude a la mente y la mano trata de traducir en palabras, es una catarata de experiencias, problemáticas, temas. El “tema” de la mujer. Ahí ya vamos mal. De tanto tratar lo que nos pasa, de lo que hemos conseguido, de lo que nos falta, se ha convertido en un “tema”. Como “el tema de la desocupación”, el “tema del medio ambiente”, el “tema de la violencia familiar”, el tema… Cuando esos caminos vitales, hechos de carne y sangre y obstrucciones y avances y retrocesos y alegrías y lágrimas y encarcelamientos y liberaciones terribles, magníficas, son etiquetados, lavados, pasados por suavizantes, estadísticas, comparaciones, disertaciones, quisiera, ¡ vaya intento!, recuperar para usted y para mí, esa cualidad vital que dio origen a tanta palabra. Mas, esto es un diario. Es palabra, palabra escrita, así que a esta vorágine de experiencias, las mías y las compartidas, las de mujeres que conozco o reconozco, hay que ponerle palabra. Ojalá sea una palabra viva. No necesitamos un “día”. No un día pasado por agua, un día del “tema de la mujer”. En todo caso, debo reconocer que ha servido, y sirve, para aglutinar mujeres y hombres -porque lo que distingue la mirada de género es que es abarcadora, igualitaria – en torno de la reflexión y la acción acerca de tantas asignaturas pendientes. No es fácil, porque hay que distinguir estos encuentros creadores, reparadores, de los infaltables homenajes oficiales, generalmente hipócritas, que tal como sucede en la política, mejor dicho, como parte de la política oficial de cualquier estamento o partido, acarrean mujeres para escuchar y aplaudir a tal o cual dama encumbrada en el poder. Y hablan del “tema de la mujer”. Sin embargo, algo, o mucho, queda. Como sucede con las semillas, su fruto puede no ser inmediato. Su efecto puede ser a largo plazo, quedar latente, una pequeña chispa encapsulada en la rutina hasta que de pronto… Así que hoy, querida amiga, y también a usted, estimado amigo, lo mejor que puedo desear con todas mis fuerzas, es que tenga su día. Ese día en el cual haga el “clic”. El día en que le caiga la ficha, el momento, la encrucijada que marque la diferencia. Cuando una se da cuenta qué es lo que pasa, lo que “le” pasa. Que lo que parecía natural se saque la máscara. Que en el cotidiano sendero de agravios vividos en silencio, se yerga su voz y lo grite. Se los grite, y que tiemble la tierra y se reacomoden de otro modo las fichas. Y surgirán nuevos desafíos, y habrá de enfrentar agresiones físicas y verbales, y caerse y volver a empezar. Quizás usted ya identificó cuál fue “ese” día. Quizás quedó opacado, casi moribundo, vencido por ese insidioso, eficaz enemigo que es un tramado de relaciones personales, sociales, económicas, hecho a medida de los y las depredadoras de diverso pelaje y plumaje. “Vivimos tiempos en que el más admirado es el que sabe disfrutar más y sufrir menos. En este caldo proliferan los perversos, gente sin escrúpulos que se engrandece destruyendo a otros. Individuos ávidos de aprobación y admiración, manipuladores natos que primero seducen y luego vampirizan” (Marie -France Hirigoyen, siquiatra, “El acoso moral en el trabajo”). Universalmente conocido como mobbing, y extendido a todo ámbito colectivo donde alguien, hombre o mujer, se erija en victimario, con la complicidad de quienes muchas veces dependen de él o ella para su trabajo. Grupo familiar o laboral o sindical o escolar, cualquier actividad colectiva, dígame si no le resulta un infierno cercano o propio. Conmemoremos, pues, este día oficial. Es lo de menos. Lo de más, lo más, es que soplemos esa brasa de valor que hizo la diferencia. O la convoquemos, que esa brasa está. Se lo firmo.

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

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