El fin del trabajo
Hasta la caída del Muro de Berlín, el debate sobre la teoría de Carlos Marx estuvo íntimamente ligado a la Revolución Rusa y a la existencia de los países socialistas (con todas sus variantes: de China y Vietnam a Cuba). Más que de marxismo se hablaba de marxismo-leninismo: la lectura que el líder revolucionario ruso había impuesto sobre la obra de Marx. Una vez que el socialismo soviético fracasó muchos supusieron que el marxismo ya no tenía nada que aportar al mundo moderno. Sin embargo, quizás aun valga la pena volver a leer a Carlos Marx. Pero ahora habría que leerlo despojado de la impronta soviética que le impuso Lenin. Un Marx que ilumine el siglo XXI.
Marx analizó la ganancia capitalista como fruto de la explotación del trabajo asalariado y también predijo que cuando se lograse acabar con esta forma de producir las mercancías se podría construir una sociedad sin clases sociales. Supuso, además, que este fin de la explotación no iba a venir fundamentalmente por una revolución política (como creyeron Lenin, Trotsky, Mao y el Che), sino por el desarrollo técnico que estaría impulsado por la competencia dentro del propio capitalismo.
Hoy estamos en la primera etapa del fin del trabajo. Hace ya dos décadas que se viene debatiendo el tema. El punto de partida fue el libro “El fin del trabajo”, de Jeremy Rifkin. Si bien se lo debatió en los ámbitos académicos y hasta en los foros económicos, lo que allí se plantea parecía hasta hace poco una utopía lejana: es posible, se creía, que alguna vez se termine el trabajo pero estamos muy, pero muy lejos de eso.
Ya no estamos tan lejos. Todos los organismos (desde la OIT hasta el Departamento de Trabajo de EE. UU.) que estudian el impacto de los complejos procesos de automatización –robots, algoritmos, la impresión 3D hogareña– predicen que no solo cambiarán los trabajos que haremos en las próximas décadas sino que llegará un momento (cada vez menos lejano) en que ya no será necesario que ningún ser humano trabaje. De ninguna manera.
Desde la primera Revolución Industrial, de mediados del siglo XVIII hasta la actualidad, todos los grandes cambios tecnológicos implicaban la pérdida de trabajos técnicamente más sencillos y la aparición de nuevos trabajos cada vez más complejos. Ante cada cambio (la sustitución del alumbrado a velas y gas por la electricidad, por ejemplo) surgían muchos nuevos trabajos que antes eran impensables. Esta dinámica, que perduró unos dos siglos, llevó a suponer que todo cambio tecnológico, si bien terminaba con muchos puestos de trabajo, a la larga generaba muchos más y mejor remunerados.
Ya esto no es algo seguro. Las estimaciones de los principales organismos internacionales especializados en el trabajo sostienen que en los próximos 20 años entre el 90% de los actuales trabajos en China y casi el 50% de los trabajos en EE. UU. serán realizados por robots (máquinas o software), y que la creación de nuevos trabajos –hoy inimaginables– no seguirá el ritmo necesario para generar nuevos puestos para todos.
Por primera vez pareciera que estaremos ante un escenario completamente original: de a poco, la mayoría del planeta irá dejando de trabajar. El primer problema a resolver (pero no el único) es cómo esa enorme cantidad de personas logrará acceder a los bienes para seguir viviendo. ¿Se implementará una pensión universal para todos, tal como se lo acaba de debatir en Suiza? Y cuando llegue el momento en que nadie tenga que trabajar, ¿cómo le daremos sentido a nuestras vidas? Gran parte de nuestra existencia (incluida nuestra identidad) se constituye hoy en torno a lo que hacemos.
El filósofo de la Escuela de Frankfurt Herbert Marcuse, lector apasionado de Marx, imaginó –en sus últimos escritos– que el hombre iba a convertirse en un ser cada vez más libre, no solo de la dominación del Estado o de la empresa sino de las condiciones materiales: estábamos yendo, dijo, hacia una revolución poética. El hombre se liberaba de la tortura de tener que someter a la naturaleza para vivir y del delirio de encontrarle un sentido positivo a ese sometimiento (es decir, nos liberaremos de la historia de la cultura, de la política y de la economía, tal como la padecimos en los últimos 10.000 años).
Con la revolución poética accederíamos a un mundo en el que las máquinas trabajarían para nosotros y nosotros nos dedicaríamos a encontrarle un sentido al absurdo de haber nacido siendo conscientes de que es absurdo.
*Crítico cultural
Hoy estamos en la primera etapa del fin del trabajo. Hace ya dos décadas que se viene debatiendo el tema. El punto de partida fue el libro “El fin del trabajo”, de Jeremy Rifkin.
Las estimaciones sostienen que en los próximos 20 años entre el 90% de los actuales trabajos en China y casi el 50% de los trabajos en EE. UU. serán realizados por robots.
Datos
- Hoy estamos en la primera etapa del fin del trabajo. Hace ya dos décadas que se viene debatiendo el tema. El punto de partida fue el libro “El fin del trabajo”, de Jeremy Rifkin.
- Las estimaciones sostienen que en los próximos 20 años entre el 90% de los actuales trabajos en China y casi el 50% de los trabajos en EE. UU. serán realizados por robots.