El penúltimo de la clase

El gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha invertido una cantidad enorme de dinero público en sus esfuerzos por embellecer su imagen, pero si bien parecería que, hasta mediados del año pasado por lo menos, las campañas propagandísticas costeadas por todos los contribuyentes le brindaban buenos resultados en el país mismo, en el exterior su impacto, si lo hubo, ha sido decididamente negativo. En el ranking que acaba de difundir el Foro Económico Mundial que está celebrando otra de sus reuniones ya tradicionales en la localidad suiza de Davos, la Argentina ocupa el puesto número 138 en una lista de 139 países cuando de la presunta capacidad de los distintos gobiernos para manejar una nueva crisis se trata. En el ámbito así supuesto, sólo logró superar a Venezuela, país que en la actualidad se ve traumatizado por la enfermedad presuntamente mortal del caudillo Hugo Chávez y por el inicio de lo que amenaza con ser una lucha despiadada por sucederlo. Dicho de otro modo, a juicio de los responsables del informe, el gobierno de Cristina está entre los menos eficaces y menos racionales del planeta con la excepción de aquellos de países tan pequeños, o tan atrasados, que no se vieron incluidos en la lista. No es ningún secreto que los asistentes a las reuniones anuales del Foro suelen favorecer recetas “ortodoxas”, cuando no “neoliberales”, de suerte que extrañaría que sintieran mucha simpatía por un modelo tan excéntrico como el reivindicado por Cristina que, en una oportunidad, se ufanó de su heterodoxia calificándolo de un “contramodelo”. Así y todo, no serviría para mucho atribuir el desprecio que han manifestado por la forma en que nuestro gobierno está manejando la economía nacional a nada más que prejuicios retardatarios. Entre los gobiernos que en su opinión son los más capaces de enfrentar riesgos imprevistos se destacan los de Singapur, Qatar, Omán, los Emiratos Árabes y, entre los occidentales, Canadá y Suecia, colocándolos muy por encima de Estados Unidos y China. Asimismo, es llamativo que el gobierno chileno esté en el lugar número 10, lo que quiere decir que los empresarios y economistas más influyentes del mundo incluyen a nuestro vecino entre los más confiables. A primera vista, la Argentina parece mejor preparada para enfrentar una crisis internacional grave que la mayoría de los países, aunque sólo fuera porque se ha acostumbrado a permanecer aislada de los mercados de capitales, posee amplios recursos naturales exportables y el grueso de la población se resignó hace tiempo a un nivel de ingresos muy bajo. ¿Por qué, pues, insisten los técnicos del Foro de Davos en ubicarla en una posición tan humillante? Es de suponer que es porque se han sentido desconcertados por la arbitrariedad caprichosa de medidas como las impulsadas por el inefable secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el del bloqueo a los insumos importados, el intento de impedir el ingreso de libros impresos en el exterior, donde la tinta contiene demasiado plomo, porque a su juicio planteaban un riesgo de saturnismo y la orden de que los importadores de computadoras, digamos, se dediquen a exportar productos como naranjas. Asimismo, detalles como los supuestos por el cepo cambiario, la nacionalización sorpresiva del paquete accionario de Repsol en YPF, las reyertas con los acreedores, las estadísticas inventadas por el Indec, el desdén oficial por “cosas horribles” como la seguridad jurídica y así largamente por el estilo no han contribuido a hacer pensar que los encargados de manejar la economía sean profesionales competentes. Puede que en esta ocasión los analistas del Foro hayan exagerado un tanto y que en realidad la Argentina no sea tan vulnerable como suponen a los choques ingratos, pero convendría que el gobierno tomara en serio la desconfianza extrema que sienten quienes, directa o indirectamente, están en condiciones de determinar el destino de muchos miles de millones de dólares en inversiones. Mal que les pese a los kirchneristas, el aislamiento, tanto financiero como intelectual, acarrea costos abultados no sólo para el gobierno sino también, lo que es mucho más importante, para buena parte de la población que, a menos que pronto lleguen inversiones cuantiosas, no tendrá posibilidad alguna de salir de la pobreza denigrante en que se ve sumida.


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