El romance de una pareja con el teatro musical

Claudia Lavalle y su esposo Gabriel, una mirada diferente de dos hijos "adoptivos".

NEUQUEN (AN)- El secreto del éxito refleja como un caleidoscopio. En vertiginosas épocas visuales, el reinvento y la adaptación corren por las mismas vertientes.

Las venas por donde fluye el talento deben, constantemente, recibir una inyección de tesón y «luminaria». «Y el teatro no es la excepción, hoy las propuestas no pueden contradecir las tendencias, los momentos contemporáneos», escuchamos.

La directora y actriz Claudia Lavalle y su esposo Gabriel se hartaron del angustiante ritmo de Buenos Aires y decidieron emigrar al sur, persiguiendo «una mejor calidad de vida». Para ellos y sus dos hijas. Desde que llegaron a Neuquén no han detenido ni un instante la maquinaria de creación y producción, y en la actualidad sus obras musicales son lo mejor del medio.

Cada una de ellas ha sido un éxito artístico y de taquilla, y el año pasado sumaron la friolera de 16 mil entradas vendidas. «La bella y la bestia», una de las últimas, fue vista por cinco mil almas. Esta pareja entendió que el secreto deseado -y al que referimos- no tiene muchas vueltas en el mundo del espectáculo. Proponer calidad, sudar esfuerzo e invertir … Y reinvertir. Hacer del trabajo una rueda que a corta vista parece un círculo vicioso. Pero no lo es. «Todo lo que ganamos lo ponemos en la próxima producción. No entendemos otras forma de trabajar. Creemos que es la única», dice Gabriel.

En este caso, la sencillez no se contradice con la veracidad. Una propuesta filosófica mundana y sin dobleces. Como decir que el espectador, al amante del arte y del teatro, busca satisfacer los sentidos y el alma, tarea que no deja de ser titánica. «Nosotros siempre pensamos que podíamos ser un poco de aire fresco para un ambiente algo saturado», replica Gabriel.

Los dos son amplios conocedores el teatro musical. Claudia, antes de convertirse en 'sureña', mantuvo su aura cerca de muchos «grandes» artistas argentos, fue molécula de diferentes propuesta porteñas, muchas de ellas éxitos en calle Corrientes.

«En la zona hay grandes artistas, pero no existen buenos productos terminados, montajes serios. Acá lo que faltan son ideas».

La multifacética pareja -él, a cargo de la escenografía y la imagen; ella de la dirección, puesta general, coreografía, vestuarios, libretos; más Enrique Nicolás en música original y arreglos- apela incondicionalmente a las armas de la invención: excelente vestuario, gran despliegue técnico y una estupenda calidad interpretativa.

«Nosotros vinimos a trabajar, no a robar. Creo que el aporte que hacemos tiene que ver con la difusión del género». Un dato: en la actualidad, su taller de teatro musical tiene 200 alumnos, de entre seis y 60 años. «Hay niños, jubilados, panaderos, neurocirujanos, toda gente que siente el arte, y que lo hace con pasión», agrega Claudia.

La mayoría tiene su oportunidad, su momento de «fama». Por ello la pareja ha sido imán de críticas. «A muchos artistas neuquinos les molestó que actuaran en nuestras obras personas ajenas al teatro, al ambiente», reniega el coreógrafo.

Hay una máxima que les marca el norte. «A mis alumnos les digo que el título de actor lo reciben cuando el público los aplaude de pie. Ya pasó, y muchos me preguntan si los traje de Buenos Aires», insiste Claudia, autodefinida mujer «observadora, intuitiva y apasionada».

 

Sebastián Busader


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