El rompecabezas peronista
La situación en que el peronismo o justicialismo se encuentra a raíz de la derrota, por un margen estrecho, del candidato oficialista Daniel Scioli, sería otra si se tratara de un partido coherente, pero, como todos entienden muy bien, no lo es. El peronismo ni siquiera es un “movimiento”, ya que desde hace décadas los distintos grupos que lo conforman están procurando acercarse a objetivos que son radicalmente distintos. A lo sumo es un “sentimiento”, como dicen los reacios a reivindicar lo hecho a través de los años por diversas manifestaciones de la causa con la que se afirman emotivamente comprometidos, aunque insisten en que todos los compañeros coinciden en la necesidad de privilegiar el bienestar social. De todos modos, si el Partido Justicialista, o sea, el peronismo organizado, fuera una agrupación “normal”, la incoherencia que lo caracteriza le sería fatal pero, para frustración de sus adversarios, le ha brindado una ventaja difícilmente superable al permitirle ser a un tiempo oficialista y opositor, ya que siempre hay facciones internas dispuestas a ir virtualmente a cualquier extremo para sacar provecho de los errores cometidos por quienes, en teoría por lo menos, militan en la misma familia política. Es lo que está sucediendo en la actualidad. El que se haya difundido la impresión de que el kirchnerismo duro fue el gran derrotado en las elecciones y que por lo tanto está por verse marginado no significa que el peronismo en su conjunto se haya visto gravemente perjudicado, sólo que dirigentes de ideas muy distintas de las reivindicadas por Cristina –y, pasajeramente, por Scioli– tendrán que emprender la tarea renovadora. Parecería que el mejor ubicado para hacerlo es el bonaerense Sergio Massa, aunque también tiene posibilidades el salteño Juan Manuel Urtubey. Por ser tan polifacético el peronismo, el fracaso de una parte a veces sirve para fortalecer más a los “disidentes” internos que a la oposición formal. Hasta hace apenas dos meses, pareció que la historia estaba por repetirse al encargarse Scioli de reformas internas y doctrinarias que harían del PJ una agrupación centrista, pero merced al triunfo de Mauricio Macri otros tendrán que liderar el cambio que la mayoría cree imprescindible. No se trata de un asunto menor… Aun cuando exageren quienes insinúan que a Macri le aguarda el mismo destino que otros presidentes no peronistas, como Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, que tuvieron que abandonar el poder antes de la fecha fijada por la Constitución, la preocupación que muchos sienten dista de ser arbitraria. Puede que con escasas excepciones los compañeros se hayan reconciliado con la “democracia burguesa” y por lo tanto estarán dispuestos a desempeñar un papel constructivo en el período que está por iniciarse, pero algunos, comenzando con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, no parecen haberse resignado a perder el poder, razón por la que en la fase final de la campaña electoral aludieron socarronamente al helicóptero que, según ellos, necesitaría un eventual presidente Macri para salvarse de la ira popular. Por fortuna, hay otros, como Massa y José Manuel de la Sota, que se aseveran resueltos a defender el orden constitucional, pero puesto que nadie está en condiciones de dominar el caótico maremágnum peronista, su capacidad para controlar a los más exaltados está limitada. A diferencia de lo que sucedió en 1976, cuando los militares derrocaron a Isabel Perón; en 1983, al triunfar Alfonsín sobre Ítalo Argentino Luder, o en 1999, cuando le tocó a De la Rúa derrotar a Eduardo Duhalde, en esta oportunidad muy pocos se han sentido tentados a aprovechar la victoria de Macri en el balotaje para escribir el enésimo obituario del peronismo. Puesto que el fenómeno así calificado ha logrado sobrevivir a desastres que en otras partes del mundo hubieran sido más que suficientes como para destruir la agrupación política responsable, no existen motivos para suponer que el revés electoral que acaba de sufrir Scioli lo perjudique mucho. Por el contrario, desde el punto de vista de muchos dirigentes, les habrá brindado la oportunidad que esperaban para alejarse del autoritarismo a menudo caprichoso de Cristina –la que, como Carlos Menem, quería poner el peronismo al servicio de su propio “proyecto” personal–, para tratar de adaptarlo a los tiempos que corren.
La situación en que el peronismo o justicialismo se encuentra a raíz de la derrota, por un margen estrecho, del candidato oficialista Daniel Scioli, sería otra si se tratara de un partido coherente, pero, como todos entienden muy bien, no lo es. El peronismo ni siquiera es un “movimiento”, ya que desde hace décadas los distintos grupos que lo conforman están procurando acercarse a objetivos que son radicalmente distintos. A lo sumo es un “sentimiento”, como dicen los reacios a reivindicar lo hecho a través de los años por diversas manifestaciones de la causa con la que se afirman emotivamente comprometidos, aunque insisten en que todos los compañeros coinciden en la necesidad de privilegiar el bienestar social. De todos modos, si el Partido Justicialista, o sea, el peronismo organizado, fuera una agrupación “normal”, la incoherencia que lo caracteriza le sería fatal pero, para frustración de sus adversarios, le ha brindado una ventaja difícilmente superable al permitirle ser a un tiempo oficialista y opositor, ya que siempre hay facciones internas dispuestas a ir virtualmente a cualquier extremo para sacar provecho de los errores cometidos por quienes, en teoría por lo menos, militan en la misma familia política. Es lo que está sucediendo en la actualidad. El que se haya difundido la impresión de que el kirchnerismo duro fue el gran derrotado en las elecciones y que por lo tanto está por verse marginado no significa que el peronismo en su conjunto se haya visto gravemente perjudicado, sólo que dirigentes de ideas muy distintas de las reivindicadas por Cristina –y, pasajeramente, por Scioli– tendrán que emprender la tarea renovadora. Parecería que el mejor ubicado para hacerlo es el bonaerense Sergio Massa, aunque también tiene posibilidades el salteño Juan Manuel Urtubey. Por ser tan polifacético el peronismo, el fracaso de una parte a veces sirve para fortalecer más a los “disidentes” internos que a la oposición formal. Hasta hace apenas dos meses, pareció que la historia estaba por repetirse al encargarse Scioli de reformas internas y doctrinarias que harían del PJ una agrupación centrista, pero merced al triunfo de Mauricio Macri otros tendrán que liderar el cambio que la mayoría cree imprescindible. No se trata de un asunto menor... Aun cuando exageren quienes insinúan que a Macri le aguarda el mismo destino que otros presidentes no peronistas, como Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, que tuvieron que abandonar el poder antes de la fecha fijada por la Constitución, la preocupación que muchos sienten dista de ser arbitraria. Puede que con escasas excepciones los compañeros se hayan reconciliado con la “democracia burguesa” y por lo tanto estarán dispuestos a desempeñar un papel constructivo en el período que está por iniciarse, pero algunos, comenzando con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, no parecen haberse resignado a perder el poder, razón por la que en la fase final de la campaña electoral aludieron socarronamente al helicóptero que, según ellos, necesitaría un eventual presidente Macri para salvarse de la ira popular. Por fortuna, hay otros, como Massa y José Manuel de la Sota, que se aseveran resueltos a defender el orden constitucional, pero puesto que nadie está en condiciones de dominar el caótico maremágnum peronista, su capacidad para controlar a los más exaltados está limitada. A diferencia de lo que sucedió en 1976, cuando los militares derrocaron a Isabel Perón; en 1983, al triunfar Alfonsín sobre Ítalo Argentino Luder, o en 1999, cuando le tocó a De la Rúa derrotar a Eduardo Duhalde, en esta oportunidad muy pocos se han sentido tentados a aprovechar la victoria de Macri en el balotaje para escribir el enésimo obituario del peronismo. Puesto que el fenómeno así calificado ha logrado sobrevivir a desastres que en otras partes del mundo hubieran sido más que suficientes como para destruir la agrupación política responsable, no existen motivos para suponer que el revés electoral que acaba de sufrir Scioli lo perjudique mucho. Por el contrario, desde el punto de vista de muchos dirigentes, les habrá brindado la oportunidad que esperaban para alejarse del autoritarismo a menudo caprichoso de Cristina –la que, como Carlos Menem, quería poner el peronismo al servicio de su propio “proyecto” personal–, para tratar de adaptarlo a los tiempos que corren.
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