El santo padre en un mundo muy cruel

SEGÚN LO VEO

No es fácil ser a un tiempo un buen pacifista y líder espiritual de quienes podrían ser víctimas del próximo gran genocidio. Lo entenderá el papa Francisco. Opina el sumo pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana que, si bien es “lícito parar al agresor injusto” -calificativo éste que usó para aludir a los feroces guerreros santos islámicos que están masacrando a cristianos y otros, muchos otros, en una veintena de países- hay que “evaluar” los medios y abstenerse de bombardearlo, como están haciendo los norteamericanos en la frontera de Kurdistán, porque en tal caso morirían inocentes. Las palabras papales que, a juicio de algunos, insinuaban que el Vaticano podría terminar avalando una “guerra justa”, para no decir una cruzada, contra los islamistas, motivaron sorpresa pero, en vista de lo que está sucediendo en Siria e Irak, reflejaron lo difícil que le está resultando reconciliar sus propios deseos piadosos con la despiadada realidad.

Como suele suceder toda vez que Jorge Bergoglio habla de paz y solidaridad, sus admiradores embelesados lo felicitaron por su sabiduría pero, de adoptar la misma actitud los gobiernos occidentales, no habría forma de frenar a los yihadistas cuya brutalidad está sacudiendo a los biempensantes del mundo entero. Con la ayuda de encuestas de opinión, los líderes políticos han pasado mucho tiempo “evaluando” lo que les convendría hacer, tiempo que los yihadistas han aprovechado para apoderarse de extensas zonas de Siria e Irak matando a cualquiera que a sus ojos no merezca vivir. Puede que Barack Obama esté por asumir una postura menos pasiva ante lo que ya es un desastre geopolítico de dimensiones colosales pero, como tantos otros, preferiría limitarse a perorar en torno a los beneficios de la paz.

Cuando Obama se acercaba a la Casa Blanca, no sólo en Estados Unidos sino también en el resto del mundo muchos lo tomaban por una suerte de mesías que inauguraría una época de fraternidad multicultural ecuménica. Dignatarios noruegos celebraron el adviento del presunto redentor dándole el Premio Nobel de la Paz. Obama no tardó en decepcionar a quienes lo habían creído capaz de cambiar el mundo para que se pusiera a la altura de la versión utópica imaginada por los progresistas más ingenuos, pero pronto llegaría un sustituto en la persona de Bergoglio. Aunque las responsabilidades del papa son menos concretas que las del presidente de Estados Unidos y comandante en jefe de los ejércitos más mortíferos del planeta, Francisco no ha podido mantenerse indiferente hacia los sufrimientos de los cristianos de carne y hueso.

Mal que le pese a un hombre que se formó en un país que desde hace más de un siglo y medio no ha sido devastado por conflictos tan sanguinarios como los que dos generaciones atrás sembraron la muerte en Europa y Asia Oriental y que en la actualidad están multiplicándose en el mundo musulmán, no han perdido su vigencia los viejos principios precristianos resumidos en el idioma oficial de la Santa Sede “si vis pacem para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra), y “vae victis” (¡ay de los vencidos!).

En países que se sienten relativamente seguros el pacifismo puede erigirse en un credo muy influyente, sobre todo si una proporción sustancial de sus habitantes logra convencerse de que, además de ahorrarle dinero, el desarme unilateral impresionaría tanto a sus enemigos mortales que ellos también se transformarían en pacifistas. Es lo que ha ocurrido últimamente en Europa occidental, región que a partir de la Segunda Guerra Mundial es en efecto un protectorado norteamericano, detalle que no ha impedido que sus dirigentes se atribuyan un grado impresionante de autoridad moral al enorgullecerse de su negativa a gastar mucho dinero a fin de defenderse y, si bien en menor medida, Estados Unidos, donde muchos parecen creer que la prédica balsámica de los contrarios a la violencia será suficiente para garantizar la paz.

Se trata de una ilusión peligrosa. Si no fuera por la voluntad de la OTAN, es decir, de Estados Unidos con la ayuda de Francia y el Reino Unido, de cometer pecados que clérigos como Bergoglio no vacilarían en condenar con su vehemencia habitual, el mismísimo Vaticano pronto se vería conquistado por los yihadistas que lo han incluido en su lista de lugares que esperan incorporar al califato, junto con España y, de más está decirlo, Israel.

Por fortuna, tales eventualidades aún parecen remotas. En cambio, millones de varones cristianos, yazidíes, adherentes de otros cultos y musulmanes de la secta equivocada enfrentan el peligro de ser decapitados, fusilados o quemados vivos en las próximas semanas, mientras que las mujeres podrían ser violadas y entonces vendidas como esclavas sexuales. Sería “injusto” que sufrieran un destino tan terrible, claro está, pero intentar convencer de ello a fanáticos sedientos de sangre -los que, entre otras cosas, se divierten jugando fútbol con las cabezas de sus víctimas- hablándoles de los beneficios de la paz no servirá para mucho. Tampoco los hará desistir el que el papa, Obama, David Cameron y otros líderes occidentales insistan en que, en el fondo, el islam es un culto maravillosamente pacífico. Los yihadistas saben muy bien que dista de serlo; el profeta Mahoma solía dar a los infieles díscolos su merecido descabezándolos por negarse a rendirle homenaje.

En ciertos círculos progresistas es habitual atribuir las guerras que asuelan buena parte del mundo musulmán al belicismo de los yanquis, los israelíes y sus dubitativos aliados europeos, pero puede que el aporte de los pacifistas, tanto laicos como religiosos, haya sido decididamente mayor. Detrás de la ofensiva que han emprendido islamistas de mentalidad imperial está la sensación nada arbitraria de que las desdentadas potencias occidentales, decadentes, envejecidas y espiritualmente vacías, son demasiado pusilánimes para hacer mucho más que suplicarles perdón por los delitos perpetrados por sus antecesores.

¿Están en lo cierto? En los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, nacionalistas alemanes y japoneses creían que su propia voluntad de ir a cualquier extremo aterrorizaría tanto a las desmoralizadas democracias liberales que sólo querían vivir en paz que les sería fácil derrotarlas. Por fortuna, los yihadistas sólo tienen una pequeña fracción del poder bélico del Eje de aquel entonces pero, así y todo, continuarán matando hasta que sus enemigos reaccionen con algo mucho más contundente que algunos ataques aéreos acompañados por declaraciones condenatorias.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON


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