El símbolo

Redacción

Por Redacción

la peña

Viajar en la misma Argentina implicó, al menos para mi, aprender parte del mismo idioma que yo no sabía. Y eso fue directamente dejar de usar palabras que los demás no entendían. Dejé de decir “pillar”, significado en el norte de agarrar, dejé de decir “changos” porque acá los changos son otra cosa. Y a la hora de hablar de animales, cuando mencionaba el Suri, nadie me entendía en el círculo escolar. Pasaron unas tres décadas para que con esto de la Copa América de la que muchos hablan, apareciera el símbolo de la competencia y el elegido fue justamente un Suri, del que ahora todos hablan. Ese era el mismo Suri que aprendí a distinguir de chico, el que por estas tierras patagónicas se llama Choique, pero que en el mismo país adquiere varios nombres como ñandú, avestruz y otras yerbas. En realidad se trata más o menos de lo mismo, con la sola diferencia de algunos centímetros en su altura, más o menos plumas o mayor o menor agilidad a la hora de desplazarse. La Copa América servirá en este caso para instalar no un animal sino un nombre, porque es el ave que muchos conocen, con características que lo diferencian en distintas provincias, pero que básicamente es la misma en todo el país. Lo eligieron, dicen, porque es el único ave no voladora que puede encontrarse en todos los países de Latinoamérica y era el símbolo ideal para recibir a los invitados. Es un exponente indiscutible de la fauna latinoamericana. Dicen algunos sitios de Internet que “una rara excepción en el reino de los animales es la que se da con el Suri o Avestruz Andino, donde el macho, y no la hembra, es quien empolla, alimenta, cría y protege a sus polluelos. Este proceso de evolución donde el macho juega ese rol decisivo se inició hace millones de años, cuando probablemente recién se formaba la Cordillera de los Andes”. La elección no es casual a la hora de imponer al Suri como símbolo de esta copa que se juega en invierno, porque es justamente en invierno donde este animal cobra mayor protagonismo a la hora de la reproducción. El sitio Perú Ecológico explica que “a fines de julio, cada Suri macho trata de expulsar a los otros machos de su grupo social. Cada Suri emite llamados y ataca a los otros pateando, atropellando con su pecho y lastimando con los espolones de sus alas, que posiblemente sólo sirvan para el combate, ya que no sirven para volar. Se picotean y entrecruzan sus cuellos, hasta que uno de los dos huye agachando la cabeza o aplastando sus plumas en señal de sumisión. Y la lucha termina, sólo que ahora algo ha cambiado”. “Uno, sólo uno permanece con las hembras. Él las corteja a todas, y si algún macho se acerca, lo ataca y expulsa. Y por fin las hembras se acercan, se tienden a su alrededor y todas copulan con él. Lo descrito aquí apenas dura unas semanas en la vida del Suri, pero nadie pasa por millones de años de evolución para tener sólo unas semanas de “gloria”. Agregan que “el Suri construye varios nidos usando exactamente lo mismo que usó en la lucha: sus patas, pico, alas y pecho. Y termina seleccionando el mejor de los nidos, el cual cubre con follaje seco. Después, con el mismo cuidado con que las cortejó, llama a sus hembras para que pongan sus huevos en los alrededores del nido. Cada hembra pone hasta diez huevos, y cuando ellas se han ido, el macho se queda solo y comienza su verdadera tarea. Se echa y empolla”. El Suri es un sobreviviente de las enormes embestidas en busca de su valioso plumaje, porque los mataban para hacer plumeros y en muchas ocasiones sólo aprovechaban eso. En fin, el símbolo que distingue a toda Latinoamérica, llame como se llame.

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar


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