En las provincias se acabó la siesta

La consigna del Fondo Monetario Internacional para desembolsar nuevos préstamos es que las provincias hagan su ajuste. Esto indudablemente significará un cambio en las reglas de juego de los estados provinciales y especialmente de los gobernadores, acostumbrados a administrar los recursos con poco profesionalismo y menos austeridad. Esta situación derivó en las crisis que hoy padecen Tucumán, Corrientes, Tierra del Fuego y que amenaza con expandirse.

BUENOS AIRES.- Luego de tantos años de bregar sin éxito para que los gobiernos provinciales nivelen sus cuentas y aumenten la productividad del sector público, llegó la hora de hacer un ajuste inevitable en la mayoría de las 24 jurisdicciones.

La línea que bajaron los técnicos del Fondo Monetario Internacional no dejó margen para la menor duda: cualquier nuevo acuerdo de facilidades ampliadas o stand by que se firme con la Argentina deberá incluir un ajuste en las provincias.

Desde Michel Camdessus hasta Teresa Ter Minassian exigieron esta condicionalidad previa al desembolso de cualquier ayuda financiera. En otros términos, si la Argentina quiere dinero, deberá haber ajuste en las provincias. El ajuste implica concretamente terminar con años de facilismos y políticas dispendiosas. De allí que los gobernadores pongan el grito en el cielo.

En esta década de administración menemista, los beneficios de la convertibilidad viajaron sin escala al interior. El aumento de casi el 40% del PBI en los primeros años del plan económico, sumado a la mejora en la recaudación y el aumento de la presión tributaria generó que los ingresos que se giran al interior por Coparticipación Federal de Impuestos (CFI) se hayan duplicado en estos últimos años.

Esta mejora en los ingresos hizo que las administraciones provinciales dejaran reposar todo su esquema financiero en las remesas por CFI y se olvidaran de recaudar sus propios tributos. ¿Para qué esforzarse si el dinero entra igual? ¿Para qué aumentar la productividad? ¡Sigamos durmiendo la siesta!

Es por eso que nunca hubo un interés por apurar la sanción de una ley de Coparticipación. Tanto que los parches inventados con los dos Pactos Fiscales terminaron por conformar aún más a todos. De más está decir que ninguna de las provincias cumplió siquiera con lo pactado.

Al mismo tiempo, esa mayor disponibilidad llevó a que muchos gobiernos provinciales se vieran tentados de elevar sus gastos atados a sus apetencias electorales. Así, el despilfarro se hizo costumbre y se convirtió en el modus operandi de muchos mandatarios. El clientelismo, se encargó del resto.

Esta comodidad, indujo a una abrupta suba del empleo estatal, sumada a la tradicional caída en la productividad observada desde antaño en la burocracia.

Dentro de este esquema se podría concluir que una parte de la población viene manteniendo al resto de la población, sin que estos últimos hagan iguales esfuerzos que los primeros.

Esto llevó a un virtual crack-down generalizado de las administraciones provinciales que salvo algunas excepciones se manifiestan de manera recurrente, en crisis que derivan en penosas hecatombes sociales.

Así, podemos observar serias crisis sociales en Jujuy, Tucumán, Corrientes, Neuquén, Tierra del Fuego.

Antes fueron San Juan, Río Negro, Córdoba, Santiago del Estero. A comienzos de la década, Santa Cruz -hoy gozando de muy buena salud financiera-, Catamarca, Chaco, Formosa y otras. Al margen quedó La Rioja por la especial atención recibida desde la Casa Rosada.

A tal punto llegó el despilfarro que en muchos casos se llegó a mandar a la quiebra a los bancos oficiales, como el caso de La Rioja, luego de la gestión de Carlos Menem como gobernador y de Erman González como ministro de Economía provincial.

O el caso de un mandatario jujeño que mientras la provincia ardía por protestas sociales, se fue a veranear al Caribe.

E incluso más.

Hasta hubo que soportar que el «Robin Hood del Comahue» tomara para sí fondos federales del Tesoro Regional del Banco Central, en General Roca, y con ello pagara los sueldos de los empleados públicos.

El ex-gobernador Horacio Massaccesi, luego de dejar la provincia al borde de la quiebra, recibió de «premio» consuelo una banca en el Senado.

Otra. La dilapidación de fondos llegó al punto tal que no sólo se gastaron los ingresos corrientes sino que la emprendieron con ingresos extraordinarios provenientes del cobro de regalías hidrocarburíferas.

Tal el caso del ex-gobernador neuquino Jorge Sobisch que en 1995 recibió 300 millones de dólares por regalías que se fueron en gasto corriente. Hoy, Sobisch fue nuevamente electo como gobernador de su provincia.

Los ejemplos son muchos y a fuerza de no cansar, no abundamos.

Hoy, llegó la hora de ajustar las economías provinciales. Vendrán las privatizaciones de empresas, bancos y otros entes. Se deberá gastar menos y habrá que aumentar la productividad.

Se acabó la siesta.

Miguel Angel Rouco


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