Es el matrimonio, estúpido

Por Redacción

Una leyenda sobre los Clinton cuenta que una vez se detuvieron en una estación de servicio y resulta que el encargado había sido novio de la señora. Al irse de allí, Bill habría dicho: “Si te hubieras casado con él, hoy serías la esposa del dueño de una gasolinera (imposible imaginarse a este protagonista diciendo ‘estación de servicio’, ¿verdad?)”. Y Hillary –dicen– respondió que no, que si ella fuera la mujer de ese señor, entonces ese señor sería el presidente de los Estados Unidos. Si la historia no es cierta, merece serlo. Encaja perfecto en cualquier conversación sobre la política y sobre el matrimonio. Porque, ¿de qué habla esa fábula? ¿De política o de matrimonio? La misma pregunta habría que hacerse sobre “House of Cards”, la serie de Netflix sobre Francis y Claire Underwood y su vertiginoso ascenso a la Casa Blanca, de la que hace casi dos semanas se estrenó la cuarta temporada. Siempre respetando la regla de etiqueta número uno de los consumidores de series, la de no spoilear, ya se están diciendo algunas cosas sobre los 13 episodios del 2016. La principal crítica que recibe HOC, ya desde la temporada pasada, es que es demasiado superficial, que nada de lo que sucede a nivel político es creíble. Y se la suele comparar con “The West Wing”, la gran serie de Aaron Sorkin (siete temporadas, 1999-2007), con Martin Sheen en la presidencia y una trama que hacía pensar que los guionistas habían sido ministros, voceros, jefes de campaña, lobbistas y congresistas. “House of Cards” está lejos de tener ese espesor político. Porque la política está en el centro de la acción pero no es la acción. Lo que hace correr la historia es la marcha del matrimonio Underwood. O, mejor dicho, el proyecto matrimonial. Eso que puede –pasiones aparte– sostener una unión durante tantos años detrás de un objetivo en común, llámese gobernar un país o prosperar en un negocio. La Casa Blanca es un decorado. Mucho más interesante que un parripollo, claro. El vaivén matrimonial es lo que mantiene agarrados del cuello incluso hasta a los que están cansados de la maldad estereotipada de Frank (Kevin Spacey) y la gelidez de Claire (Robin Wright), aunque la hinchada de ella crece como (¡atención! ¡spoiling!) en la serie misma. Lo que atrapa de “House of Cards” es esa adhesión que provoca en el espectador el “nosotros contra todos los demás” de sus protagonistas, por muy desagradables que sean; lo son todos los personajes que nos fascinan en esta edad de oro de la televisión. Por si no se había entendido, lo explicita un personaje que bien podría ser el álter ego de los guionistas en la serie: el escritor Thomas Yates. En el penúltimo capítulo de la temporada anterior, Tom define a los Underwood, como “una fusión en frío de dos elementos universales, de igual peso y fuerza”. “House of Cards” es un tira y afloja matrimonial decorado con una farsa política. Y más interesante se vuelve al ver qué capítulos dirige una de las productoras ejecutivas de la serie y su protagonista femenina, Robin Wright. Son siete: uno en la segunda temporada, dos en la tercera y cuatro en la recién estrenada. En todos ellos, Claire juega sus cartas. Y las juega tan fuerte que hasta se pone detrás de cámara, como para garantizarse el punto de vista. Los vaivenes políticos, las alianzas, las estrategias y los volantazos tienen todo que ver con cómo marcha ese proyecto de dos y qué pasa cuando uno de los cónyuges no parece estar muy de acuerdo con lo de “igual peso”, cuando la balanza se inclina, cuando uno le reclama al otro el lugar que se ha ganado con el apoyo incondicional, cuando los tiempos de cada quien no coinciden, cuando el contrato está en riesgo… en fin, cosas de cada casa pero con efectos colaterales en el tratamiento de leyes fundamentales, las relaciones internacionales y las vidas de millones de votantes, que de todos modos prácticamente no aparecen en la serie. Y esto último parece ser una decisión más que un punto flojo: no sea cosa que la dimensión real de la política –las personas– nos arruine el estofado. Mientras esto ocurre en la ficción, en la vida real Hillary Clinton busca ser la primera mujer en el ala oeste, quince años después de que su marido terminó la segunda presidencia. Un poco más acá, hay material suficiente para varias series sobre matrimonios en la Casa Rosada. Cuánto de los pactos conyugales pesó en lo público es en todos los casos un enigma. Tal vez sea imposible disociar una dimensión de la otra. En “House of Cards” el drama que importa transcurre casi exclusivamente en una de ellas. Como parafraseando a Bill Clinton: es el matrimonio, estúpido. (*) Periodista y directora de TEA Arte

MIRANDO AL SUR

Paula Rodríguez (*) @madrebotinera