Excluidos del paraíso

SEGÚN LO VEO

En épocas menos compasivas que la actual los hubieran calificado de vagos, pero para Cristina los jóvenes que no estudian ni trabajan son “los hijos del neoliberalismo”, víctimas inocentes e impotentes de la crueldad capitalista. Cristina dista de ser la única persona que piensa así. Comparten su punto de vista millones de izquierdistas y derechistas, progresistas y reaccionarios que atribuyen al “neoliberalismo”, cuando no al capitalismo, con la eventual excepción de algunas variantes escandinavas de veinte o treinta años atrás, la responsabilidad por todos los males sociales habidos y por haber. Se trata de una alianza entre quienes se afirman capaces de construir un orden radicalmente nuevo, una vez desmantelado el imperante, con otros que, sin aclararlo, quisieran restaurar los esquemas tradicionales. Aquellos ubican el paraíso soñado en un futuro posrevolucionario; éstos en el pasado antes de que los odiosos mercaderes lograran tomar el poder. Todos coinciden en que, lejos de generar prosperidad, el capitalismo tal y como está constituido fabrica pobres en escala industrial. La noción de que la pobreza extrema en que viven centenares de millones de personas sea la consecuencia lógica de la expansión del capitalismo carece de sentido. A lo sumo, podría argüirse que la opulencia de algunas ha servido para hacer más visibles las diferencias. Con todo, convendría recordar que por centenares de miles de años nuestros antepasados apenas subsistían. Como decía Thomas Hobbes, en el estado natural la vida del hombre es “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Lo sería para casi todos hasta que, hace un par de siglos, el capitalismo liberal comenzó a difundirse a lo ancho y lo largo de la Tierra. Sería de suponer, pues, que los deseosos de dejar atrás para siempre la miseria ancestral colmarían de elogios a la modalidad así denominada y que tratarían de convencer a quienes se aferran a esquemas tradicionales de que deberían abandonarlos cuanto antes. ¿Es lo que hacen? Claro que no. Los más fervorosos dicen que hay que aniquilar el capitalismo, abolirlo para liberar a los pobres de la tiranía del dinero, mientras que los moderados se conformarían con privarlo de su dinamismo poniéndolo “al servicio del hombre”, o sea de los políticos. Para adquirir la reputación de ser una persona solidaria y progresista que sueña con un mundo en que todos disfruten de una vida decente según las pautas actuales, es mucho mejor tratar el capitalismo como una aberración y dar a entender que, de no haber sido por su influencia perversa, no habría pobreza en ninguna parte. En cambio, señalar que no hay alternativas auténticas al capitalismo y que todos los intentos por inventar una han tenido consecuencias realmente catastróficas –hambrunas, genocidios, la depauperación de todos salvo los integrantes de una pequeña elite política– es considerado imperdonablemente reaccionario. Parecería que, para quienes hablan de esta manera, lo natural sería que todos vivieran con comodidad en el jardín del Edén, pero muchos no pueden hacerlo porque los malditos capitalistas, como la serpiente del cuento bíblico, se las han arreglado para convencer a la mayoría de salir del paraíso. Es éste el planteo del papa Francisco. De formación peronista, el santo padre está mucho más interesado en el reparto de la riqueza que en su creación. No se propone alentar a quienes producen los bienes y servicios que hacen posible la prosperidad sin precedentes que disfrutan no sólo los países ya desarrollados sino también una proporción cada vez mayor de los habitantes de China y la India. Antes bien, los amonesta por su codicia, insinuando que es su culpa que tantos aún vivan en condiciones que califica de infrahumanas. ¿Los pobres se verían beneficiados si los empresarios fueran más altruistas, o si los políticos los obligaran a fingir serlo, castigando a quienes privilegian sus propios intereses? No hay demasiados motivos para creerlo. La asombrosa capacidad productiva del capitalismo se basa en el aprovechamiento, en beneficio del conjunto, de vicios –la rapacidad competitiva, el materialismo, el amor al lujo– que desde hace milenios condenan filósofos y religiosos. Si todos los empresarios optaran por convertirse en dechados de virtud, la gran máquina capitalista no tardaría en frenarse. En tal caso, la miseria sí triunfaría. El atraso de América Latina, África y buena parte de Asia se debe a la voluntad tenaz de los más poderosos y más influyentes de impedir que el capitalismo funcione como en los países más prósperos. Con pretextos no sólo ideológicos sino también religiosos y nacionalistas, procuran mantenerlo a raya, ya que son conscientes de que supone una amenaza a sus propios privilegios sectoriales y a su prestigio. Es lo que han hecho generaciones de populistas en la Argentina, donde los prejuicios anticapitalistas son muy fuertes. Siglos de prédica católica en contra del liberalismo en todas sus manifestaciones, seguidos por uno y medio de propaganda de matriz izquierdista, han incidido tanto en la cultura política nacional que la mayoría propende a creer que todas las lacras del país son fruto de la maldad liberal. A veces, luego del desastre populista más reciente, algunos se sienten tentados a cuestionar esta verdad revelada, pero cambian de parecer al darse cuenta de que el orden capitalista puede ser muy duro, sobre todo en sociedades tan conservadoras como las latinoamericanas en que la modernidad misma suele tomarse por una forma de imperialismo cultural. Decía Voltaire que “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Como todas las creaciones humanas, en especial las colectivas, el capitalismo en todas sus variantes deja muchísimo que desear, pero puesto que es el único sistema que funciona, carece de sentido tratar de reemplazarlo por uno planificado o modificarlo drásticamente en nombre de alguno que otro particularismo local. En el mundo actual, oponerse al capitalismo equivale a rebelarse contra la economía como tal. Puede que para ciertos políticos y clérigos resulte provechoso hablar pestes del poder del dinero y proclamarse resueltos a combatirlo, pero para los demás, incluyendo a aquellos “hijos del neoliberalismo” que, de tomarse en serio a Cristina, serían jóvenes que trabajan y estudian con ahínco si hubieran tenido la buena suerte de nacer en un país ya kirchnerista, sería mucho mejor intentar adaptarse a las exigencias nada fáciles de los tiempos que corren.

JAMES NEILSON


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