“Forestar es poblar”

Finalmente llegaron algunos días fríos. No sabemos cuántos serán, pero después de un otoño que se fue sin haber venido (y que se pareció más a una primavera ventosa) las oportunidades que le quedarán al invierno de mostrar su antigua crudeza serán probablemente menores. Hace años que casi no se forma hielo en los autos y en las esquinas de las ciudades del Valle. Los vientos se presentan ya en cualquier época del año y lo cierto es que cada vez hay menos días fríos y menos lluvias y más días templados o tórridos. Mucha gente está encantada con esto, pero las consecuencias del fenómeno –el renombrado calentamiento global– son graves y múltiples. Basta observar las retamas florecidas (típico de noviembre) para vislumbrar las consecuencias de este cambio climático –ignorado o negado por muchos, incluyendo expertos– sobre todos los ámbitos de nuestra existencia. Algunos dirán “¿y?”. Claro, no podemos pretender cambiar el clima, ciertamente (en realidad ya lo cambiamos), pero… ¿no podríamos cambiar nuestras conductas? ¿No es suicida seguir eliminando el mejor regulador climático y purificador atmosférico? Me refiero al árbol, por supuesto, no al catalizador del auto. La deforestación urbana en Roca, Chos Malal, Bariloche y en general en la Norpatagonia ha sido coronada por el éxito más rotundo: ya casi es imposible conseguir sombra en verano para el auto, el perro o el sufrido peatón. ¿Ha viajado entre Regina y Neuquén últimamente? ¿Se fijó cuántas alamedas quedan a la vera de la ruta? (Agregue los miles de árboles de distintas especies que se talaron para ensanchar la 22) ¿Cómo se explica esta conducta? ¿Será odio al árbol porque no es “moderno”? ¿O necesidad inconsciente de volver al desierto que fue nuestra zona antes de los pioneros? Me confieso incompetente en el tema, que tal vez sea campo de los psicólogos sociales. Mi modesta opinión es que la espantosa y prolongada sequía que azota a la zona (Línea Sur rionegrina, norte neuquino) podría al menos mitigarse con un gigantesco plan de forestación, apoyado en regadío por canales o ductos desde las presas y ríos –sugiero leer el proyecto de Belgrano y de forestación de Mendoza por San Martín–. Seguramente será muy caro, pero más lo es cerrar Casa de Piedra porque el Colorado no trae agua o subsidiar en villas o usurpaciones a miles de exiliados de las zonas rurales (que ya están llegando). Ayudarlos a que se queden en su terruño sería más humano y más barato. Forestar es poblar. Estimo que esto debiera ser política de Estado… y pronto. Mientras, recemos por lo que queda del río Neuquén porque, si afloja, pobre Valle. Y, si no, el que tale el último árbol que apague la luz y “vamo a dormir”, como dice el tango. Horacio Vorraso Roca


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