“Grey”, tan gris como el nombre

La nueva novela de E. L. James es la más vendida en la Argentina a pesar de ser repetitiva y misógina, según los críticos británicos.

Literatura

La nueva novela de E. L. James, “Grey”, el cuarto volumen de la saga “50 sombras” y anunciadísimo bestseller que cuando apareció en Argentina vendió más de un ejemplar por minuto en la primera hora, activó la maquinaria comercial del mainstream erótico con el reverso de una historia conocida y atravesada por giros sexistas y conservadores, pero esta vez desde el punto del vista del empresario sadomasoquista, un conflictuado y dominante millonario que se enamora y acosa a la chica ingenua y virgen.

La remilgada y falaz dicotomía que enfrenta a los libros populares de super ventas versus la buena literatura, bien escrita y capaz de provocar sentidos en el lector esta vez parece ser cierta. Así por lo menos lo entendieron los principales medios británicos, país de origen de la autora, al reseñar a “Grey” -un tanque de ventas que sólo en Argentina agotó la primera tirada de 60.000 copias-, y tildarlo repetitivo, irritante, aburrido y misógino.

Sin embargo, las críticas no amendrantaron a las fanáticas de todo el mundo, motores para que este suceso editorial aventajara en cifras a la saga de Harry Potter. Fue justamente a ellas, las voraces seguidoras, a quienes James -dueña de una fortuna de 75 millones de libras- les dedicó “Grey”, un libro que revela más explícitamente al narrador como un muchacho controlador con un pasado tormentoso de maltratos, que contra todo pronóstico se enamora, a pesar de su reticencia a que lo toquen.

La primera trilogía -que vendió 125 millones de ejemplares en todo el mundo- fue construida con una linealidad alegre y la estrechez de un soft porno con temperatura promedio, que tuvo el acierto de despertar una masividad inesperada y ávida por consumir erótica, algo que este bonus track no logra en términos narrativos.

Es el mismo toma y daca en los diálogos, con correos electrónicos cortados y pegados del primer volumen, pero matizado por los pensamientos de él, entre excitado y vacilante por la chica-sumisa, super controlador de cada movimiento de Anastasia, con ganas de azotarla y rectificarla por sus dichos, preocupado de sobremanera por la alimentación de su delgada partenaire. Todo lo que ella hace, muestra o dice tiene un inmediato efecto en su miembro.

Y luego, se siente triste y con el orgullo de macho herido a lo largo de varias páginas porque ella, como es sabido, desaprueba su “estilo de vida” de “seis” latigazos y “no comparte” sus gustos. Previo al desenlace, ellos viven el amor, juegan al sadomasoquismo -él incluso se imagina colocándole un jengibre en el trasero- y mientras la joven se ruboriza cientos de veces y otras tantas se muerde el labio inferior, él quiere poseerla. Punto.

Lo que queda de esta lineal trama es todo lo relacionado con seguimientos, compras, mini investigaciones del paradero de la chica, hoteles y localizaciones a través del celular, temas de los que se ocupa el dinero.

Es que este aparente lado B es un retrato alejado de la fantasía sexy, narrado desde el deseo de un hombre al que le gusta ‘stalkear’ como si fuera una agencia de espías, dar algunos latigazos y someter, pero que luego se arrepiente, se desespera, se entristece y entonces regala autos, computadoras y primeras ediciones de libros, reafirmando en un texto tedioso una condición de sumisión femenina y otra de machismo enquistado.

Como era de esperar, la crítica anglosajona no tardó en saltarle a la yugular. Christian Grey opera como “un misógino adinerado con gustos sexuales rebuscados y un apetito insaciable de control”, según The Economist, es que este personaje, que su autora calificó de “complejo” y que tuvo una infancia de abusos, realmente ve a las mujeres como criaturas que no saben comer, ni vestirse bien.

“El cuarto libro de E.L. James es tan sexy como un libro de memorias de la miseria y tan excitante como el diario de un delincuente sexual”, se despachó “The Telegraph”, en tanto que “The Guardian” lo definió como un acosador de presas y la mente de Grey fue comparada con mirar por dentro de “la cabeza de un perro”.

Pero no es todo, a la crítica no se le pasa la mirada sexista y conservadora de este libro. “No le puedo prohibir a mi hija que lea el libro, pero me aseguraría que sepa que si alguien la trata así, salga corriendo como el viento”, se lee en “The Guardian”, porque lo inquietante en este reverso (y en estos tiempos históricos) es que Grey acosa, manipula y domina, alejado de la fantasía erótica, primitiva o cautivante que puede ser un sexo más duro entre los adultos humanos.

Con una escritura perezosa que se asemeja a la del tecleo de un mensaje de texto, plagado de onamatopeyas y diálogo repetidos, tanto el libro como el personaje hacen gala de su título.

Leticia Pogoriles

(Télam)


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