¿Importa la educación?

Hace una semana, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), que tiene su sede en Washington, difundió un informe sobre el rendimiento escolar en matemáticas, ciencia y lectura de los jóvenes de 64 países. Para sorpresa de nadie, entre los peores en todos los rubros se encontraron los argentinos que, acompañados por los brasileños, colombianos y peruanos, aprenden y entienden mucho menos que sus coetáneos del resto del mundo, sobre todo los de Asia Oriental y de algunos países europeos como Finlandia y Suiza. ¿Incidirá el evidente atraso educativo del país en las paritarias que están por entrar en su fase definitiva? Es poco probable. Los jefes de los sindicatos docentes ya han subrayado que no quieren saber nada de “techos” y que, si no consiguen los aumentos del 35% o, en algunos casos, más que están reclamando, peligrará el comienzo de las clases en provincias como Buenos Aires, Entre Ríos, Santiago del Estero y Tierra del Fuego, entre otras. Para los sindicalistas, pero no para muchos docentes que sí se sienten angustiados por el clima de desidia imperante, la educación es lo de menos. Tampoco les importan a los líderes de gremios como Ctera detalles molestos como la inflación creciente y la necesidad de frenarla antes de que resulte inmanejable o la virtual bancarrota de un sector público sobredimensionado. Están en otra cosa. Para ellos siempre hay que privilegiar “la lucha”, lo que puede considerarse lógico por tratarse de sindicalistas profesionales cuyo propio futuro depende de su capacidad para lograr aumentos salariales significantes para los afiliados. Tal vez sería utópico pedirles tomar en cuenta los intereses de los alumnos y del país en su conjunto, pero tanto el gobierno nacional como los provinciales tendrían que esforzarse más por recordarles que, a cambio de las eventuales mejoras salariales, los sindicalistas deberían dejar de obstruir los intentos de las autoridades educativas por discriminar entre los docentes más eficaces y aquellos que no están a la altura de sus responsabilidades. En cierto modo el problema es estructural, ya que en casi todos los países los sindicatos docentes se concentran en defender los derechos presuntamente adquiridos de los afiliados menos capaces, razón por la que suelen combatir, sobre la base de planteos ideológicos izquierdistas o populistas, las reformas ensayadas por gobiernos preocupados por los resultados mediocres conseguidos por los jóvenes de sus respectivos países en las pruebas de PISA que se celebran cada tres años. Puesto que en nuestro país muchos sindicatos están en manos de kirchneristas o izquierdistas decididos a hacerle la vida imposible al presidente “neoliberal” Mauricio Macri y, mientras tanto, mantener a raya la amenaza capitalista, no extraña que hayan asumido posturas parecidas a las adoptadas por sus homólogos en Estados Unidos y partes de Europa en que la decadencia del sistema educativo local motiva mucha inquietud. El rendimiento deficiente de la mayoría de los alumnos de los colegios primarios y secundarios, tanto los públicos como los privados, hace temer que la Argentina siga siendo un país en que la tercera parte de la población vive como puede al borde de la indigencia y que, lo que sería peor, termine resignándose al atraso permanente porque muchos políticos saben aprovecharlo en beneficio propio. Los especialistas coinciden en que el futuro de los distintos países dependerá del nivel educativo del grueso de sus habitantes. Si están en lo cierto, la Argentina tendrá que conformarse con un lugar entre los más rezagados, lo que sería a un tiempo humillante y, para los millones de individuos que nunca lograrán concretar sus propias aspiraciones, por limitadas que fueran, una tragedia personal. ¿Lo entienden los dirigentes políticos más influyentes? Puede que sí, pero parecería que están tan acostumbrados a que todos los años la agenda educativa se vea fijada por militantes sindicales que no vacilan en tratar como rehenes a millones de alumnos, privándolos no sólo de clases sino también de un futuro que sea menos gris que el previsto, que un esfuerzo auténtico por modernizar radicalmente el sistema nacional tendrá que esperar hasta que por fin se hayan resuelto todos los problemas económicos del país, lo que, desde luego, nunca sucederá.


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