La amenaza de lo nuevo

Redacción

Por Redacción

La razón por la que la empresa multinacional Uber Technologies, que tiene su sede en Estados Unidos, está provocando problemas en tantas partes del mundo es muy sencilla: ofrece un servicio de transporte que muchísimos quisieran aprovechar. Si no fuera por las ventajas evidentes para los deseosos de trasladarse de un lugar a otro que brinda un sistema basado en una aplicación electrónica que les permite conectarse enseguida con el chofer de un auto para que los lleve a su destino y, lo que es importante en los tiempos inseguros que corren, no exige que paguen en efectivo ya que la transacción se realiza de forma digital, nadie se sentiría preocupado por la voluntad de Uber de instalarse en el país. Pero, como suele suceder toda vez que irrumpe una innovación tecnológica, quienes temen ver desaparecer su fuente de ingresos, en este caso los taxistas y remiseros, se resisten a permitir que Uber desembarque en la Argentina. Lo mismo que sus homólogos europeos, chinos y, desde luego, de distintos países latinoamericanos, los taxistas locales están protestando vigorosamente contra la amenaza planteada por lo que dicen es competencia desleal. Acusan a los choferes de Uber de ser improvisados, con vehículos que por lo común son defectuosos, que por tales motivos no tienen derecho a apropiarse de una parte de su negocio. En un intento de apaciguar a los taxistas, el gobierno de la capital federal insiste en que la empresa tendrá que acatar todas las normas vigentes, mientras que las autoridades municipales de diversas ciudades del interior, entre ellas Córdoba, Santa Fe y La Plata, afirman que Uber no podrá operar en sus jurisdicciones. De conseguir los taxistas lo que se han propuesto, ellos mismos se verían beneficiados, pero los perjudicados serían muchos más. Sin embargo, mientras que los contrarios a Uber saben muy bien lo que está en juego, los clientes en potencia de la empresa no se sentirían privados de nada. Por lo tanto, una vez más, una minoría organizada habría logrado presionar a los políticos para que defendieran sus propios intereses creados a costa de los aun meramente hipotéticos de la mayoría. Si bien se trata de algo que ocurre con frecuencia en otros países, las consecuencias para la Argentina de la resistencia generalizada a permitir cambios del tipo supuesto por el arribo de Uber han sido llamativamente negativas. Por injusto que a muchos les parezca, el progreso económico acarrea la eliminación constante de viejas modalidades que se ven reemplazadas por otras. Acaso sería mejor que el desarrollo económico no requiriera cambio alguno para que todos ganaran sin que nadie sufriera inconvenientes, pero por desgracia nunca ha sido así. Para enfrentar con éxito la amenaza que les suponen empresas como Uber, los taxistas y remiseros tendrían que adoptar métodos similares, incorporando más tecnología para comunicarse con sus eventuales clientes a través de los ya ubicuos celulares y facilitando los pagos electrónicos. Por desagradable que les resulte sentirse obligados a adaptarse a nuevas exigencias, a la larga no tendrán más alternativa. De aferrarse al statu quo actual, no tardarán en compartir el destino de los muchos que ya han visto esfumarse sus oficios debido al avance arrollador de la tecnología pero que, a diferencia de los taxistas, no estaban en condiciones de hacer mucho más que lamentar la desaparición repentina de empleos que creían permanentes. Aunque la mayoría entiende que la competencia es el motor más poderoso del progreso económico y social, pocos la quieren en su rubro particular, de ahí las protestas de almaceneros angustiados por la proximidad de supermercados, de profesionales que, para su indignación, se ven cada vez más constreñidos a competir con rivales ubicados en países lejanos y aquellos que, como los linotipistas, se encontraron entre las primeras víctimas de la revolución electrónica que aún está en su fase inicial. Muchos merecen simpatía y es claramente necesario que la sociedad en su conjunto se esfuerce por amortiguar el impacto de lo que, hace ya más de 70 años, el economista Joseph Schumpeter llamaba “destrucción creativa”, pero procurar impedir el cambio, como muchos quisieran, significaría resignarse a que el país continuara perdiendo terreno en un mundo en que los procesos económicos están evolucionando a una velocidad desconcertante.


La razón por la que la empresa multinacional Uber Technologies, que tiene su sede en Estados Unidos, está provocando problemas en tantas partes del mundo es muy sencilla: ofrece un servicio de transporte que muchísimos quisieran aprovechar. Si no fuera por las ventajas evidentes para los deseosos de trasladarse de un lugar a otro que brinda un sistema basado en una aplicación electrónica que les permite conectarse enseguida con el chofer de un auto para que los lleve a su destino y, lo que es importante en los tiempos inseguros que corren, no exige que paguen en efectivo ya que la transacción se realiza de forma digital, nadie se sentiría preocupado por la voluntad de Uber de instalarse en el país. Pero, como suele suceder toda vez que irrumpe una innovación tecnológica, quienes temen ver desaparecer su fuente de ingresos, en este caso los taxistas y remiseros, se resisten a permitir que Uber desembarque en la Argentina. Lo mismo que sus homólogos europeos, chinos y, desde luego, de distintos países latinoamericanos, los taxistas locales están protestando vigorosamente contra la amenaza planteada por lo que dicen es competencia desleal. Acusan a los choferes de Uber de ser improvisados, con vehículos que por lo común son defectuosos, que por tales motivos no tienen derecho a apropiarse de una parte de su negocio. En un intento de apaciguar a los taxistas, el gobierno de la capital federal insiste en que la empresa tendrá que acatar todas las normas vigentes, mientras que las autoridades municipales de diversas ciudades del interior, entre ellas Córdoba, Santa Fe y La Plata, afirman que Uber no podrá operar en sus jurisdicciones. De conseguir los taxistas lo que se han propuesto, ellos mismos se verían beneficiados, pero los perjudicados serían muchos más. Sin embargo, mientras que los contrarios a Uber saben muy bien lo que está en juego, los clientes en potencia de la empresa no se sentirían privados de nada. Por lo tanto, una vez más, una minoría organizada habría logrado presionar a los políticos para que defendieran sus propios intereses creados a costa de los aun meramente hipotéticos de la mayoría. Si bien se trata de algo que ocurre con frecuencia en otros países, las consecuencias para la Argentina de la resistencia generalizada a permitir cambios del tipo supuesto por el arribo de Uber han sido llamativamente negativas. Por injusto que a muchos les parezca, el progreso económico acarrea la eliminación constante de viejas modalidades que se ven reemplazadas por otras. Acaso sería mejor que el desarrollo económico no requiriera cambio alguno para que todos ganaran sin que nadie sufriera inconvenientes, pero por desgracia nunca ha sido así. Para enfrentar con éxito la amenaza que les suponen empresas como Uber, los taxistas y remiseros tendrían que adoptar métodos similares, incorporando más tecnología para comunicarse con sus eventuales clientes a través de los ya ubicuos celulares y facilitando los pagos electrónicos. Por desagradable que les resulte sentirse obligados a adaptarse a nuevas exigencias, a la larga no tendrán más alternativa. De aferrarse al statu quo actual, no tardarán en compartir el destino de los muchos que ya han visto esfumarse sus oficios debido al avance arrollador de la tecnología pero que, a diferencia de los taxistas, no estaban en condiciones de hacer mucho más que lamentar la desaparición repentina de empleos que creían permanentes. Aunque la mayoría entiende que la competencia es el motor más poderoso del progreso económico y social, pocos la quieren en su rubro particular, de ahí las protestas de almaceneros angustiados por la proximidad de supermercados, de profesionales que, para su indignación, se ven cada vez más constreñidos a competir con rivales ubicados en países lejanos y aquellos que, como los linotipistas, se encontraron entre las primeras víctimas de la revolución electrónica que aún está en su fase inicial. Muchos merecen simpatía y es claramente necesario que la sociedad en su conjunto se esfuerce por amortiguar el impacto de lo que, hace ya más de 70 años, el economista Joseph Schumpeter llamaba “destrucción creativa”, pero procurar impedir el cambio, como muchos quisieran, significaría resignarse a que el país continuara perdiendo terreno en un mundo en que los procesos económicos están evolucionando a una velocidad desconcertante.

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