La crónica de un encuentro con García Márquez desmiente la versión que sufre demencia senil

Días atrás, el periodista Antonio José Caballero salió de “parranda” con el escritor colombiano y cuestiona la revelación que hizo el hermano del Premio Nobel de Literatura.

Como Gabriel García Márquez se fue hace tiempos a vivir al mito o él mismo es un mito viviente, parece obligado a llevar una vida de cuerpo glorioso; sin derecho a enfermarse, como todo el mundo.

En todas partes andan diciendo que perdió la memoria o la está perdiendo. Y estos dimes y diretes nos ponen a cabalgar en una llanura de paisaje conocido: el del último decenio del siglo XX, cuando él afrontó uno o -según su biógrafo Gerald Martín- dos cánceres. Un paisaje enrastrojado por el secreto a voces de su mal y podado por el silencio de su familia sobre el tema y hasta algunas desmentidas por parte de algunos de sus integrantes. Todo ello generó una hojarasca de rumores y especulaciones, que hacían aparecer al novelista como si se mantuviera en las últimas.

Quién no recuerda que hasta apareció un poema chiveado, un poema rayano en lo cursi, La marioneta (Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen, etcétera.), cuya autoría le endilgaron al genio de Aracataca, aduciendo que se trataba de su despedida.

Pero, por fortuna, el hijo del telegrafista logró mandar un mensaje con el cual salvar su “honra literaria”: aclaró en entrevista que el verdadero autor de esos versos es un ventrílocuo mexicano que lo escribió para su muñeco, refiriéndose a Johnny Welch.

Ahora, cuando la enfermedad del olvido parece haberse acordado de Gabo, sus seguidores no les perdonan a él, a su esposa, a sus hijos y a sus hermanos, que no vayan contando lo concerniente a su situación de salud. Pero ellos tienen derecho a no hacerlo. Hace poco más de dos años, leímos las palabras de la esposa, Mercedes Barcha, desmintiendo los rumores en una noticia de la agencia EFE: “No sé de dónde salió lo de la enfermedad de Gabito”.

Para quedarse

Por su parte, García Márquez siempre ha dicho que escribe para que lo quieran más, y esta parte la logró. Por eso tal vez sea que la gente viva interesada en él. Sean como fueren las cosas, estuvimos indagando con parientes y amigos. Obviamente, más reticentes a hablar del tema los primeros, también dieron indicios de que el escritor padece pérdida de memoria. En lo que coinciden unos y otros es en no querer dar sus nombres. Algunos por pudor; otros, por no caer en desgracia con el fabulador.

Su hermano Jaime se ha atrevido a hablar de esto al diario El Mundo de España: “con su edad ni siquiera puede firmar autógrafos y eso que antes los firmaba de pie”. Un día, en una Fiesta del Libro de Medellín, aludiendo a su hermano creador, por quien le preguntó un periodista de EL COLOMBIANO, él le dijo: “si yo, que tengo unos años menos que él, padezco algunos achaques, qué no decir de él, que tiene ochenta y tres”.

Su hijo, Rodrigo García Barcha, cineasta, no quiso referirse a la salud de su viejo en una entrevista que concedió a EL COLOMBIANO hace unos días, pero hace muchos más soles, un redactor de una publicación española aseguró que Rodrigo dijo: “si alguien quiere hablar con mi papá, que lo vea a la cara. Por teléfono ya no reconoce”.

Un periodista español reconocido, cercano a él, me dijo:

“Querido amigo:

No me cites como fuente en ningún caso, porque yo no soy el portavoz de Gabo y podría molestarle que hablara de él. Pero lo que puedo decirte es lo siguiente: no es que esté enfermo, sino que como consecuencia de la agresiva quimioterapia que ha estado recibiendo durante años por el cáncer que sufrió, y por el que se le trata o ha sido tratado en un hospital de Los Ángeles, sufre un deterioro de memoria y de retentiva de lo inmediato. A consecuencia de ello, todo parece indicar que no irá a ninguna actividad exterior, como ya no fue al premio anual que en su nombre se otorgaba en Monterrey, en 2010 (en 2011 no hubo premio) y raramente sale de casa. Pero de aspecto está bien y no hay inquietud inmediata por su salud; simplemente, pasa que no está en condiciones de hacer vida normal, pero eso ya lleva durando al menos dos años. Por ello, cuando regrese a Cartagena será ya probablemente para quedarse”.

A ese hombre del Caribe, Gabo, sus coterráneos de Aracataca lo evocan a cada momento, lo mencionan como si fuera el pariente de todos que está por llegar de un momento a otro, con afecto, porque ese colombiano dio gloria a ese pueblo. Entre ellos, Alfredo el Fello Correa, quien de niño vivía en una casa diagonal a la suya en la Avenida de Monseñor Espejo, recordaba:

“Él fue criado por la familia de su mamá, de raza guajira; sedentaria y seria. Sus tías encerraban al niño a las seis de la tarde, hora desde la cual se quedaba escuchando historias de su abuelo, el Coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía”. Y una imagen: “Gabito siempre tenía zapatos”.

Más que serio, tímido. Y tal vez de su seriedad y timidez venga su carácter reservado. Y a estas características se agrega la que descubrió Gerald Martin, al preparar su biografía: es pudoroso.

Por eso, como los más de los mortales, tiene asuntos que, más que de su vida privada, hacen parte de su vida íntima. Gabo no es más que “un hombre asustado ante la cercanía de la muerte”, mencionó el mismo Martin.

Todos sabemos que no hay nada de vergonzoso en estar enfermo. Sin embargo, también todos conocemos personas que sienten vergüenza en ello y desean que el resto de los mortales no lleguen a verlos jamás en situaciones de vulnerabilidad.

Y si se trata de una figura pública y, como en este caso, de uno de los colombianos más brillantes de todos los tiempos, el afán de la gente por saberlo todo sobre él se estrella contra esa muralla de misterio y de esa colisión se deriva un morbo que termina por confundir más.

Literatura y memoria

Gabriel García Márquez es uno de los escritores que más ha tratado las nociones de vejez, memoria y olvido. Novelas y relatos aluden a ellas por medio de personajes bien caracterizados, como si el propio escritor, siendo joven y memorioso -memorioso como pocos; ni siquiera recomendaba el uso de grabadora a los periodistas-, hubiera hecho un viaje a la vejez y al olvido para dominarlos con maestría.

Y no solo trata la más común de las acepciones de memoria, ese almacén de recuerdos individuales, sino la colectiva, la que atañe a la identidad cultural, a esas ideas grupales sobre orígenes y modos de relacionarse con el mundo.

Sin embargo, nada más fabuloso que el episodio de la enfermedad del insomnio en Cien años de soledad. Era así como él se refería a la epidemia que padecieron los

habitantes de Macondo, en las primeras páginas del libro.

“Si no volvemos a dormir, mejor”, decía José Arcadio Buendía, de buen humor. “Así nos rendirá más la vida”. Pero la india le explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado.

En efecto, comenzaron a olvidar los nombres de las cosas y, después, hasta el uso de cada una. Fue entonces cuando, por iniciativa de Aureliano, encontraron la fórmula para solucionar este inconveniente. Con un hisopo, escribieron sobre cada objeto o animal su nombre y, más adelante, su utilidad. “Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche”.

Hasta que volvió el gitano Melquíades, a quien creían muerto, pues no había vuelto a vérsele por Macondo, del mismo modo que a Gabo no se le ha vuelto a ver en público desde hace ya casi dos años. Y él, compadecido de su amigo José Arcadio, quien obviamente no lo reconoció cuando éste llegó a su casa, le dio a beber “una sustancia de color apacible, y la luz se hizo en su memoria”.

En fin, si Gabo olvida las cosas, no importa: él tiene muy vigorosa la memoria del corazón, la cual mencionó en Vivir para contarla, esa que “elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado”.

Si él olvida las cosas, no vale la pena: lo importante es que nosotros, a quienes él nos ha dado tantos motivos para recordarlo -las páginas más bellas escritas por colombiano alguno, y la gloria-, no lo olvidemos nunca y lo recordemos siempre con la memoria del corazón.

POR JOHN SALDARRIAGA


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