La docencia: ¿vamos hacia una profesión de riesgo?

Por Redacción

marcelo antonio angriman angrimanmarcelo@gmail.com

Cuando, en 1974, Philippe Petit cruzó las Torres Gemelas sobre una cuerda floja expuso su vida ante cientos de circunstanciales espectadores con una frialdad pavorosa. Sabedor de la ilicitud de su acto, montó un milimétrico operativo que le posibilitó abordar el desafío para el que se había preparado durante años. Sin lugar a dudas, la del equilibrista es una actividad de riesgo en la que la coordinación corporal lidia paso a paso contra aquello considerado irracional por el común de los mortales. Ya sea por elección o desatino, hay personas que persiguen con fruición la adrenalina que genera el peligro. Los deportistas extremos, alpinistas, domadores y dobles de actuación son algunos ejemplos de esta particular clase de seres. Hay otros individuos que por obligación han debido aceptar trabajos en los que el riesgo aparece en escena continuamente. Así, transportadores de caudales, limpiavidrios o pintores de altura, empleados de seguridad y manipuladores de sustancias tóxicas son parte de las ocupaciones donde la proximidad de un daño está latente. Hasta aquí, podemos observar actividades que por gusto, formación o necesidad enfrentan al ser humano a una situación riesgosa de la que tiene plena conciencia. Ahora bien, ¿qué sucede con aquellas tareas que no fueron concebidas ni imaginadas como una actividad riesgosa y que por cuestiones sociales acuciantes colocan a quien las ejecuta en una hipótesis de peligro? Tal es el caso del médico de guardia, quien hoy en día, en determinados contextos, es víctima de amenazas o de golpes cuando atiende en un nosocomio o sale en búsqueda de algún herido por un ilícito. Así, las carencias sociales y educativas, muchas veces potenciadas por el flagelo de la droga, ingresan en terrenos donde la violencia resultaba inimaginable. Durante décadas la escuela constituyó el espacio natural donde generaciones enteras de argentinos se formaron. La palabra del docente era sagrada y muchos maestros fueron verdaderos “segundos padres” de sus educandos. Sin embargo, los tiempos han dado un giro copernicano y hoy el educador, valga la paradoja, se ve expuesto a hechos de violencia por parte de padres, terceros y hasta de los propios estudiantes. Ello no transforma por sí la docencia en una profesión riesgosa, pero ya existen normativas tendientes a proteger al maestro o profesor ante situaciones que resultaban impensables tan sólo unos pocos años atrás. La resolución 1259 del CPE de Neuquén es precursora en orden a establecer medidas preventivas de situaciones de violencia o maltrato entre adultos en las instituciones escolares. En su texto aconseja atender a los padres en lugares públicos, con puertas abiertas y en compañía de otro docente. En caso de exaltación de la persona, se buscará calmarla y ante una situación de agresión se dará por finalizada la reunión. En esta última circunstancia, y con carácter de protocolo, se recomienda separar a las partes del hecho violento, que los alumnos no sean protagonistas ni testigos, tratar de conducir a la persona externa a un espacio reservado, dar aviso al supervisor escolar y, en su caso, hacer la exposición o denuncia correspondiente, solicitando –de ser necesaria– la intervención de la ART. Luego se deberá consignar en un acta un detalle de lo acontecido. Recordemos que la ley 26773 de Riesgos de Trabajo protege al educador por los accidentes que pueda sufrir en su ámbito de trabajo y que el nuevo artículo 1767 del Código Civil y Comercial establece una responsabilidad objetiva en cabeza del titular del establecimiento educativo por los daños causados por los alumnos menores de edad bajo control de la autoridad educativa. Cabe preguntarse: ¿cuántos docentes avizoraron en su etapa de formación que podrían enfrentarse a este cuadro de situación? ¿Está preparado el docente para ello? Evidentemente, no. Y sería saludable que no se deba echar mano a este tipo de recomendaciones. No obstante, la resolución responde a una realidad dolorosa de la que sólo se puede salir con más educación. Devolverle a la escuela el fulgor perdido y al docente su estatus y autoridad –con el compromiso de este en formarse debidamente y ejercer su rol con capacidad y sin autoritarismo– y profundizar las políticas tendientes a combatir la inequidad social y el cáncer de la droga serán cruciales para regresar a la escuela al espacio de diálogo y reflexión del que nunca debió apartarse. Materias pendientes que deberán rendirse para dejar la viga de equilibrista y reconocer en el docente su calidad de educador. (*) Abogado. Profesor Nacional de Educación Física. Docente universitario