La inflación sigue su marcha

Por lo común, los intentos de frenar la inflación congelando los precios en el marco de un acuerdo intersectorial brindan los resultados previstos por algunos meses, creando así la ilusión de que en última instancia todo depende de la autoridad del gobierno y la voluntad de colaborar de los empresarios. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos denodados del belicoso secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno por impedir que el costo de vida siga subiendo, según el “índice del Congreso” el mes pasado aumentó el 1,93%, llevando la cifra interanual al 23,78%, lo que en buena lógica supondría que, sin los controles, aprietes y amenazas del hombre que actúa como el ministro de Economía de facto, la tasa de inflación sería mucho más alta. Asimismo, con el propósito de desprestigiar a las consultoras privadas que, cuando del índice minorista se trata, hasta los sindicatos alineados con el kirchnerismo consideran mucho más confiables que las entidades gubernamentales, Moreno acaba de pedirle a un juez en lo Penal Económico que indague al economista Carlos Melconian, a quien acusa de “falsear” datos relacionados con la evolución de los precios. Puesto que la información acerca de lo que sucede en los almacenes y supermercados es de dominio público, pensar que un profesional determinado estaría en condiciones de engañar así a los demás es un tanto absurdo, pero es por lo menos factible que Moreno y otros integrantes del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se las hayan ingeniado para convencerse de que Melconian, como otros especialistas vinculados con las denostadas consultoras privadas, sí es capaz de lograr lo que el Indec intervenido, respaldado por el extenso aparato propagandístico oficial, nunca pudo hacer. La decisión del entonces presidente Néstor Kirchner de convertir el Indec en una repartición militante fue un error catastrófico. Sus consecuencias, que ya han sido penosas, seguirán haciéndose sentir por muchos años más. Aunque a veces voceros oficiales dan a entender que tarde o temprano introducirán modificaciones destinadas a permitirle recuperar la credibilidad perdida tanto aquí como en el exterior, no podrán hacerlo porque la brecha entre la realidad y la versión fantasiosa inventada por el gobierno se ha hecho tan ancha que a esta altura incluso reducirla, para no hablar de eliminarla, sería virtualmente imposible. Además de inutilizar los índices oficiales de inflación, los militantes del Indec han falseado los del crecimiento del producto bruto –por ejemplo, según el Indec en 2009 la economía se expandió el 0,9%, mientras que a juicio de otros se achicó el 3%, la caída más precipitada de todos los países latinoamericanos– y los de la pobreza que, conforme al gobierno, está en vías de desaparecer pero que en verdad afecta a por lo menos la tercera parte de la población. Detrás de esta situación nada alentadora se encuentra, cuando no, el apego de los kirchneristas a la teoría del “relato”, o sea a la noción de que los hechos concretos importan mucho menos que la forma de interpretarlos de los votantes. Si bien el escaso atractivo de la oferta opositora posibilitó que Cristina consiguiera triunfar por un margen muy abultado en las elecciones presidenciales de octubre del 2011, no la ayudó a cambiar la realidad económica que, mes a mes, se ha hecho más deprimente, de ahí los intentos frenéticos de Moreno por obligar a todas las variables a obedecer sus órdenes. Tiene razón el radical Ricardo Gil Lavedra cuando dice que “todas sus cruzadas patoteras han estado signadas por el fracaso”, pero parecería que Cristina cree que despedirlo le resultaría aún más costoso de lo que sería mantenerlo en su cargo. La actitud de la presidenta cambiaría si, en las semanas previas a las elecciones legislativas, tuviera más motivos para temer que la inflación la privara de los votos de los habitantes de las zonas más pobres del conurbano bonaerense que son los más perjudicados por el aumento constante del costo de vida, pero hasta ahora no hay señales de que esté por dejarse impresionar por dicha eventualidad. Es de prever, pues, que sigan registrándose tasas mensuales de inflación de aproximadamente el 2%, pero que una vez que se haya terminado la campaña electoral el gobierno se vea constreñido a poner en marcha un ajuste mucho más explícito que el que ya está aplicando.


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