La izquierda se vuelve derechista





En buena parte del mundo quienes se proclaman “de izquierda” o “progresistas” suelen ser profesionales de clase media o alta. Pocos idealizan a los trabajadores de carne y hueso; antes bien, los desprecian.


La iconografía de la izquierda siempre ha sido agresivamente proletaria. En ella, los obreros representan todo cuanto es sano, mientras que los demás -capitalistas, empresarios, rompehuelgas, burgueses- son seres mezquinos que merecen plenamente el destino ignominioso que la Historia, así con mayúscula, les tiene reservado.

Puede que hace tiempo tales caricaturas reflejaran algo más que un planteo ideológico, pero hoy en día la realidad es muy distinta. La verdad es que la relación de la izquierda con los sectores más necesitados de las sociedades contemporáneas se asemeja cada vez más a la de las aristocracias de antaño.

En el mundo actual, quienes se proclaman “de izquierda” o “progresistas” suelen ser profesionales de clase media o alta, estudiantes universitarios, académicos, escritores o personajes de la farándula. Pocos idealizan a los trabajadores de carne y hueso; antes bien, los desprecian.

Quienes conforman lo que aún queda de la vieja clase obrera, y una parte sustancial de la media, están hartos de ser tratados como imbéciles de gustos e instintos primitivos

A su entender, no están a la altura de sus antecesores heroicos, ya que son reaccionarios natos, xenófobos que se aferran con terquedad a valores desactualizados que, para colmo, se niegan a combatir contra el orden capitalista del cual son víctimas.

Para muchos izquierdistas, los resultados de las elecciones generales británicas, en que arrasaron las huestes del conservador Boris Johnson, el que entre otras cosas es un partidario entusiasta del Brexit, confirmaron lo que ya sospechaban, que la clase obrera ha perdido la brújula y está dispuesta a dejarse engañar por cualquier demagogo.

A su juicio, el derrumbe de la célebre “muralla roja” del norte de Inglaterra, una zona llena de distritos netamente proletarios que en esta oportunidad optaron por pintarse de azul, no debió atribuirse a la antipatía que tantos sentían hacia el líder laborista Jeremy Corbyn, un antisemita notorio que es afín al chavismo y que cuenta entre sus amigos predilectos a dirigentes del terrorismo irlandés e islamista, sino a la mendaz propaganda conservadora. Una legisladora laborista que perdió su banca se desahogó diciendo que quienes votaron en contra de su partido eran “estúpidos”.

Los laboristas británicos tienen mucho en común con los demócratas estadounidenses, sus equivalentes australianos y los socialistas, moderados o no, de Europa continental. Con escasísimas excepciones, se sienten integrantes de una elite cultural.

Dominan el mundo académico y amplios trechos de los medios en que propenden a militar a favor de las causas de moda: la inmigración irrestricta, la subordinación de su propio país a entes multinacionales, la demolición del “patriarcado”, la ecología y, con tal que no les exija sacrificios personales, apoyan la lucha contra el cambio climático.

No les preocupa lo que está ocurriendo en lugares en que los nativos se sienten perjudicados por la llegada de grandes contingentes de personas de costumbres y creencias que les son radicalmente ajenas.

En Estados Unidos, los abandonados a su suerte por los progresistas tienden a apoyar a Donald Trump; les encanta su capacidad de provocar la reacción airada de sus enemigos jurados. En Inglaterra, acaban de dar a Johnson una mayoría parlamentaria contundente que podría asegurarle por lo menos cinco años de hegemonía. En Francia, militan en los chalecos amarillos que se alzaron en contra de un impuesto ecológico.

En otras partes de Europa, votan por partidos denostados como “ultraderechistas” porque se oponen a lo que ven como la creciente “islamización” del viejo continente y, para horror de los biempensantes, no vacilan en reivindicar sus propias tradiciones nacionales, todo lo cual enoja sumamente a los “socialistas caviar” que, para defenderse contra la rebelión de quienes tomaban por sus protegidos, hacen hincapié en su propia superioridad moral.

He aquí una de las razones fundamentales del avance de “la derecha” en los países desarrollados. Quienes conforman lo que aún queda de la vieja clase obrera, y una parte sustancial de la media, están hartos de ser tratados como imbéciles de gustos e instintos primitivos. Pocos son “xenófobos” o “racistas” -en el Reino Unido, los matrimonios mixtos han sido frecuentes entre los relativamente pobres durante mucho tiempo-, pero casi todos son patriotas que se enorgullecen de lo hecho por su país a través de los siglos y se sienten personalmente agredidos por izquierdistas que se especializan en denunciar la conducta de generaciones anteriores.

De más está decir que fuera de Europa y América del Norte, en Asia, África y, desde luego, América latina, abundan los que piensan del mismo modo y que por lo tanto son reacios a permitir que instituciones multilaterales supuestamente progresistas se apropien de trozos de la soberanía del país que les es propio.


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