La lente de Kurt Weyland: la verticalidad, un sello del estilo político K

Debates

Kurt Weyland es profesor de Política Latinoamericana en la Universidad de Texas. Entre sus trabajos referidos a la Argentina se destaca “La política de reforma y la fragilidad democrática: Argentina, Brasil, Perú y Venezuela”, editado por la Universidad de Princenton. Ahora está su ensayo: “Izquierdismo, populismo y democracia en la Argentina kirchnerista”.

Weyland comienza reflexionando sobre el resurgimiento del populismo en América Latina, que “llega acompañado de la famosa ola de izquierda”. Todo un andamiaje político-cultural que moviliza el interés académico. Desmenuza rápidamente las diferencias ópticas con que se explora este fenómeno, desde las miradas de quienes lo ven como “vino viejo en botellas nuevas” y quienes -encuadrados detrás, entre otros, de Ernesto Laclau- como una ola participativa, un esfuerzo destinado a tornar más justa la democracia. Son dos visiones -indica- divergentes: una es izquierdista y entiende el populismo como un proyecto democratizador y la otra es crítica y enfatiza el poder y la agencia del líder. En esta segunda, el populismo es un problema y, probablemente, uno serio para la democracia”. ¿Cómo encuadra el populismo K en este cruce? Veamos:

Para Weyland, aunque hay elementos democratizadores (los enumera) en la década K, predomina “la concentración de poder, el esfuerzo de mantenerse en el gobierno (intento de re-reelección) y la erosión de los “frenos y contrapesos” de las restricciones institucionales y de las agencias del accountability. Por eso, más importante que los beneficios son los problemas que produce el populismo kirchnerista para la democracia argentina”.

Weyland encuentra en los intentos y logros K la “manipulación y falsificación” de realidades objetivas que definen al país. Toda una cultura que aleja al kirchnerismo, al menos en su larga etapa fundacional (gestión de Néstor y la primera de Cristina), de ser encuadrado como un populismo clásico. Éste se centra “en el conflicto entre el pueblo puro y noble y las elites egoístas y corruptas: no destaca el papel del líder. Por eso, las masas populares aparecen como actores autónomos, dando una dimensión claramente democratizadora al populismo”.

Es entonces que Weyland afirma que el K no está definido por la existencia de un “movimiento popular como actor independiente”. Demuestra entonces cómo NK, a poco andar su gestión, se dedicó a domesticar, vía la cooperación y división, todas las expresiones organizadas que fueron surgiendo en términos de respaldo. Cristina, ya con el mando, consolidó su poder vía manejarse con un círculo íntimo para la toma de decisiones. Círculo de estilo político vertical, dominador y opaco”. Todo lo domina el “papel preponderante del líder personalista. El eje central del populismo en esta perspectiva es la dimensión vertical, la toma de decisiones de arriba hacia abajo. Así, el vínculo entre el líder y las masas no es representativo sino plebiscitario; en vez de ser un portavoz auténtico del pueblo, manipula la aclamación popular”. Reconoce que “ciertamente muchos izquierdistas celebran” este tipo de ejercicio del poder como “parte del restablecimiento de la racionalidad política y la superación de la tecnocracia neoliberal”. Y entran así en contradicción con lo que aspiran y confiesan: más democracia.

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com


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