La otra realidad

Leyendas urbanas. Un 11 de setiembre, en el último piso de la Torres Gemelas, un chico se toma una fotografía póstuma. Alguien hace click y además de captar su rostro sonriente, congela el momento crítico en que un avión está a punto de colisionar con el rascacielos. La imagen circuló al principio por los correos electrónicos como un chiste negro sin mayor repercusión en la prensa tradicional. Pero al menos un canal de noticias se lo tomó en serio. Se trata de una composición digital destinada a lucrar con nuestra sensibilidad golpeada.

Leyendas urbanas 2. Otra vez un correo electrónico. Un tal Marcio A. V. Carvalho (¿alguien recuerda al detective de Manuel Vázquez Montalbán) asegura que su profesor tiene en su poder las imágenes de los festejos palestinos que transmitió CNN horas después del atentado y que datan de 1991. Dice literalmente: «Mi profesor, aquí en Brasil, tiene los videos grabados en 1991, con las mismas imágenes; él ha enviado correos electrónicos a la CNN, a O´Globo y a los periódicos, denunciando esto que clasifico como un crimen contra la opinión pública».

La cadena internacional desmintió luego, a través de su red, esta información. Nacía otra leyenda.

Muchas más circulan por Internet. Una indica que miles de judíos no fueron a trabajar ese día a las Torres Gemelas porque estaban advertidos. Absolutamente falso. O que Nostradamus ya había hablado de «dos hermanas». Y aun si fuera cierto ¿de qué sirve ese dato salvo para vender libros?

También hubo verdades que quedaron tocadas por la duda. Como la declaración de George Bush a un grupo de senadores cuando aseguró que no pensaba «lanzar un misil de dos millones de dólares en una tienda de diez dólares para darle a un camello en la parte trasera». Dijo y ya nadie cree que lo dijo.

¿Cuántas veces vimos por televisión la imagen del avión estrellándose contra las Torres Gemelas? Ese es el marco de la realidad en el nuevo milenio. Y recordando aquello que decía Clausewitz – «Una vez abatidas las barreras de lo posible es extremadamente difícil volver a colocarlas»-, se entiende mejor que la seguridad sea un concepto para poner entre comillas. Las distancias entre la «Matrix» de William Gibson (el autor de «Neuromancer» e inspirador del movimiento cyberpunk) y la vida cotidiana se están acortando a niveles ridículos.

La secuencia de los atentados fue también un test inesperado para los medios masivos, incluida la Net. Por un lado el control férreo de la información que se notó en las grandes cadenas de televisión desde el primer momento. Por el otro, el universo caótico de la Red donde supuestamente debían circular ciertas formas de la verdad. Ocurrió sólo en parte.

La Red funcionó de transporte a los variados mitos urbanos. Nada para sorprenderse. La Net no es -tampoco tiene por qué serlo- el paladín tecnológico de las buenas conciencias. Pero para quienes aún confiaban en su supuesta pureza informativa, resultó una decepción. Todo confluye en la Net. Esta podría ser una de las máximas del sistema. La Red permitió hacer contacto casi inmediato con pensadores a la altura de Paul Virilio -«Lo sucedido demuestra lo absurdo del pensamiento militar hegemónico. Los militares aparecen como incompetentes absolutos», le dijo al suplemento Babelia de El País- y de André Gluksman (Para ser consecuentes: www.elpais.es.), aunque no desdeñó las fotos trucadas o los delirios.

«Después de lo ocurrido en Manhattan, la gente pensará que todo es posible», dijo Frederick Forsyth en una entrevista publicada en la Red, quien confesó que la idea de hacer chocar un avión en un edificio se le ocurrió hace unos años pero la descartó por parecerle que nadie lo iba a tomar en serio, aun tratándose de una novela.

Internet se erige como el auténtico mapa -en crecimiento- de la realidad virtual, acaso porque es el único en condiciones de soportar, en bytes y capacidad asombro, el imaginario colectivo. La Matrix ya ha comenzado a extender sus tentáculos y nosotros somos sus creadores y su alimento.


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