Las elites igualitarias se enojan

Por Redacción

Según lo veo

A diferencia de las clases dominantes de otros tiempos que atribuían su buena suerte a la voluntad divina, las proezas bélicas de sus antepasados o la pureza de la sangre que corría por sus venas, las actuales se enorgullecen de su superioridad moral. Para desarmar a los tentados a criticarlos, sus integrantes llaman la atención sobre su compromiso con el bienestar universal. Los socialistas champagne ya no motivan burlas: está de moda ser a un tiempo rico, o al menos tener un buen pasar, y progresista. La prédica en tal sentido ha sido tan exitosa que hoy en día escasean los empresarios, banqueros, actores, cantantes, escritores y deportistas multimillonarios que se animen a desafiar la sabiduría convencional imperante.

No es que algunos miembros influyentes de las elites occidentales decidieran que sería genial adoptar la estrategia del Partido Revolucionario Institucional mexicano que durante décadas se defendía con retórica izquierdista. Es que, en países democráticos, políticos ambiciosos y quienes los rodean no tienen más alternativa que aseverarse igualitarios para intentar congraciarse con los pobres y menos instruidos, asegurándoles que en la sociedad más justa que están por construir todos disfrutarán de un nivel de vida comparable con aquel de la clase alta.

Dejaron hace tiempo de usar palabras como populacho, vulgo o plebe para calificar a los sectores menos pudientes, remplazándolas por pueblo, para entonces, en el caso no sólo de los marxistas, atribuirles méritos muy superiores a los considerados típicos de su propia clase social, la burguesía. Y, como es natural, creyeron que el pueblo manifestaría su gratitud por tanto aprecio haciendo suyas las opiniones de sus admiradores. Por un rato todo funcionó muy bien, pero el idilio llegó a su fin al darse cuenta la mayoría de que sus propios intereses no eran compatibles con aquellos de sus hipotéticos benefactores.

La toma de conciencia así supuesta ha tenido consecuencias muy fuertes. La elite política y cultural británica aún no se ha recuperado del choque emotivo brutal que le asestó el triunfo del Brexit en el referéndum del mes pasado. Comparten su estupor los líderes políticos y las eminencias culturales del resto de la Unión Europea. Quisieran creer que sólo se trata de una manifestación más de la célebre insularidad de los vecinos del otro lado del canal de la Mancha, pero los más realistas entienden muy bien que no es así ya que, de tener la oportunidad, otros europeos emularían a los británicos; en Francia, Holanda, los países escandinavos, Austria, Italia, Grecia y, desde luego, Hungría y Polonia, se rebelarían contra el proyecto impulsado por la cofradía de internacionalistas, con cuartel general en Bruselas, que están resueltos a eliminar todas las molestas diferencias entre los distintos miembros de la UE.

Algunos ven en lo que sucedió en el Reino Unido una señal de que está de regreso el nacionalismo, un fenómeno que creen intrínsecamente malo puesto que estuvo detrás de las dos guerras mundiales, pero si bien es evidente que los sentimientos nacionalistas hicieron su aporte y que, en Escocia, jugaron a favor de la UE, incidió mucho más el rencor de quienes tienen motivos de sobra para oponerse a los cambios que están transformando el mundo.

Aunque la globalización, el progreso tecnológico y la inmigración masiva han beneficiado a algunos, para muchos millones el impacto ha sido decididamente negativo. Los habitantes de las zonas actualmente deprimidas del norte de Inglaterra que antes eran relativamente prósperas no son los únicos que quisieran revertir las tendencias de los años últimos.

Si bien muchas víctimas en potencia de los cambios que están en marcha aún no se han enterado de los riesgos que enfrentan, las perspectivas frente a la mayoría distan de ser promisorias. Por el contrario, todo hace pensar que una larga fase incluyente, que duró hasta los años noventa del siglo pasado, se ha visto seguida por otra excluyente, por una más selectiva al hacerse cada vez más arduas las exigencias del mercado laboral. Ya lo saben los jóvenes de países del sur de Europa en que para ellos la tasa de desempleo se aproxima al 50%.

En los días que siguieron al referéndum, los europeístas británicos no vacilaron en hablar pestes de los más de la mitad de electores que los habían defraudado, tratándolos como una horda de xenófobos, racistas, ignorantes, la escoria de la Tierra. Reaccionaron frente al resultado como suelen hacer los políticos del continente ante las protestas en contra de la inmigración masiva procedente del Oriente Medio y África. Es que, desde el punto de vista de “la casta” política dominante en Europa, Estados Unidos y organismos como Naciones Unidas, además de las elites mediáticas que comparten los mismos valores y que los propagan urbi et orbi a través de sus repetidoras, querer defender lo que aún queda de la identidad de la patria chica propia es “ultraderechista”.

Parecería, pues, que tiene los días contados la convicción de los progresistas de que “el pueblo” los ayudará a purgar las sociedades modernas de los vicios burgueses. En Estados Unidos, la candidatura presidencial de Donald Trump es motorizada por la clase obrera, un sector cuyo equivalente en Inglaterra y Gales acaba de asestar un golpe durísimo al proyecto predilecto de los progresistas.

En efecto, para consternación de los líderes del Partido Laborista británico, los esfuerzos por convencer a los trabajadores de que les sería mejor que el Reino Unido permaneciera en la UE fracasaron de manera espectacular. En las zonas antes industriales del norte del país, fue abrumador el apoyo al Brexit, mientras que en ciudades que se han visto beneficiadas por la globalización y el progreso tecnológico, una mayoría impresionante quiso permanecer.

A partir de la irrupción en Europa el año pasado de millones de inmigrantes económicos y refugiados, se ha hecho más explícito el desdén que sienten miembros de la nueva aristocracia cosmopolita por el pueblo de carne y hueso. La victoria del Brexit en el Reino Unido, el temor a que hagan lo mismo otros europeos y las hazañas políticas de Trump han suministrado a quienes se creen comprometidos con la igualdad universal aún más pretextos para cubrir de insultos clasistas a los reacios a resignarse al destino que les aguardará en el caso de que se consolide el orden elitista que está configurándose, pretextos que no se les ocurriría desaprovechar.

La elite política y cultural británica aún no se ha recuperado del choque emotivo brutal que le asestó el triunfo del Brexit en el referéndum del mes pasado.

Parecería, pues, que tiene los días contados la convicción de los progresistas de que “el pueblo” los ayudará a purgar las sociedades modernas de los vicios burgueses.

Datos

La elite política y cultural británica aún no se ha recuperado del choque emotivo brutal que le asestó el triunfo del Brexit en el referéndum del mes pasado.
Parecería, pues, que tiene los días contados la convicción de los progresistas de que “el pueblo” los ayudará a purgar las sociedades modernas de los vicios burgueses.

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