¿Las normas educan a nuestros adolescentes?

No hay nada más difícil que ver a una víctima de un delito cometido por un menor. Tres son los temas que implican un suceso como éste. El primero tiene que ver con el contexto. Otro con la persona que sufrió el hecho y finalmente ese menor autor.

Cada uno de estos temas provoca, en uno como «testigo», sentimientos feroces y contemplativos. Podemos ser hasta contradictorios en nuestro reclamo porque sucede que no nos podemos desentender de nuestra humanidad. Bien puede ser nuestro hijo descarriado, alguno le dirá mal nacido. No es inflexible nuestra posición porque se enfrentan dos de los sentimientos más primitivos y elementales del hombre: la procreación y la seguridad.

Pero retomando la reflexión inicial, y con relación al contexto, es la criminología y dentro de ella las corrientes sociológicas las que han desarrollado ampliamente las teorías de etiquetamiento y, en tales ideas, es gráfico Anthony Giddens cuando refiere que las infracciones de un menor de familia acomodada no pasan de ser travesuras, pero el mismo comportamiento de un joven vulnerable o en riesgo es un delito. En honor a la brevedad creo que muchos de nosotros nos podemos identificar con esta actitud sin ahondar en mayores detalles.

Como víctima debemos distinguir una mínima condición de ese sujeto pasivo. Puede ser un anciano, un adulto u otro menor.

Como anciano surge el desconcierto propio, un sentimiento de dolor inmerecido que va desde la contemplación a un deseo de dar la tundra que deberían haber obtenido de sus padres y que evoca a sus etapas más mozas.

Como adultos nos apropiamos de medidas ejemplificadoras y correctivas que ni siquiera sostenemos con nuestros hijos.

Y lo más paradójico es que también hay chicos que son víctimas de semejantes a ellos mismos, pero la sensibilidad es como que se compensa o que no hay una empatía tan marcada como en los casos anteriores con la situación.

Múltiples formas de violencia son asimiladas por nuestros jóvenes, alguna íntima, en la casa. Otras en las primeras etapas socializadoras, con la escuela (populares, tragas), las primeras novias («novios», «novias» ¡qué términos antiguos!), en el deporte (fanatismo, descrédito). Convengamos que nosotros las conocimos, son problemas que vivimos y superamos sin entrar en el delito, pero reconozcamos que no nos enterábamos «en el acto» de lo que podía suceder en «todo» el mundo.

Tampoco estábamos con mensajitos todo el día. El contacto con nuestros amigos y familiares era predominantemente cara a cara. Llamar por teléfono implicaba pedir permiso. El cambio de las comunicaciones es un aspecto a medir, porque se presenta casi de modo kafkiano que con tanta disponibilidad quizá nunca los jóvenes fueron tan poco escuchados.

Finalmente el autor. Este menor que queremos encarcelar con catorce a dieciséis años no se endureció en la cárcel (afortunadamente aún no tenemos propuestas para el encierro infantil). Tampoco cometió un robo u homicidio de hoy para mañana. Y no pasa por aquellos demonios predeterminados con el que nos quieren explicar la realidad ni tampoco pasa por el angelito caído del cielo con el que quieren justificar los crímenes más horrendos. Como decían nuestros abuelos o padres: «No salió de un repollo», salió de una familia, de una pareja como mínimo. Sea una familia tradicional, sea de una familia ensamblada, el formato que se quiera. Los pedagogos, psicólogos, trabajadores sociales, sociólogos, incluso juristas en minoridad coinciden en la influencia de sus referentes iniciales (padres, tutores, guardadores).

Es quien se sabe producto de una relación ocasional o quien se ve compitiendo con papá o mamá por el uso de la ropa o del horario para salir. El mismo que está excluido de sus primeros grupos de referencia si no tiene indumentaria de tal o cual marca (original o trucha). El que sabe que si está o no, la casa marcha igual. Quien se conoce como prescindido. ¿Vieron que no somos personas sino individuos? ¿Se vale por lo que se tiene?

Es quien pide ser escuchado por alguien que le demuestre interés. Ya ni hablamos de cariño.

Quienes somos padres y evocamos al significado profundo de la palabra debemos hacernos una autocrítica. La Policía no está para dar el no que nosotros no tenemos el valor de decir. La ley o una ordenanza no educan ni crían. Son las normas informales diarias que se imponen en la comunidad chica las que deben luego ser reconocidas y generalizadas para la sociedad.

Quienes no somos padres pero vivimos en sociedad debemos hacernos una autocrítica. A veces son destinatarios de más cuidados las mascotas que una criatura que pide una ayuda. ¿Cuándo hemos cruzado una palabra con un nene trabajador o con un joven que mendiga? Incluso su inclusión en el paisaje es menos receptada que un árbol o el mobiliario urbano.

Quienes estamos en el Estado debemos recordar que la cárcel tiene como condición que se entra para salir. Tres o 50 años ocultan de la vista pública a quien regresará. La Constitución manda la resocialización, pero ¿se cumple? Si no lo hacemos con un adulto, ¿qué nos ha cambiado para pensar que será mejor con un joven adulto o un infante? ¿Qué programa de actividades sociales y de educación se ha propuesto para este encierro temprano que se propone? ¿Adónde lo vamos a ubicar, en container? No sea que volvamos a adoptar una decisión populista. Que consolidemos en el delito a quien se puede recuperar.

Están los irrecuperables, dirán algunos. Quienes no tienen arreglo. ¿Dónde está la responsabilidad de quien debe velar por ese menor? ¿Cuándo dejaremos de copiar al avestruz? El sentido común habla de justicia, pero el Estado debe intentar superar esa apreciación y elevarla de la media pasional para demostrar que la propuesta no asegurará la justicia declamada.

La política criminal populista ha colapsado el sistema penitenciario, no demostró la reducción del delito, tampoco redujo la reincidencia ni hizo de los modos delictivos formas menos violentas. Todo lo contrario, derivó en abusos y excesos de la fuerza en modelos de prevención que acentuaban la disuasión sin percatarse de que eventualmente disuadían a meros oportunistas o pequeños delincuentes (¡esto no es simple ingenuidad!).

Así como el incremento del consumo de drogas, producto en parte de la impericia para combatirlo, no se soluciona con la despenalización, el delito se reduce apostando a socializar a todos los miembros de la sociedad mediante la acción sensible, sostenida y a mediano plazo. Basta de todas las recetas «re».

El miedo de los adultos (padres y docentes) a fijar límites tras una historia que nos ha confundido entre autoridad y autoritarismo, entre limitar y castigar sumado al poco claro rechazo social al consumo de drogas legales (alcohol) o no (marihuana) y la pérdida del sentido de la responsabilidad (con roles desdibujados en las nuevas figuras de padres hijos e hijos padres y amigos), la recurrente ausencia de voz de los menores (cosificados por los iluminados de la solución mágica) son un buen punto de partida para tratar el problema. Es hora de superar el debate ideológico por propuestas coherentes.

En Seguridad Ciudadana no podemos hablar de menores pensando sólo en el presente, o ¿es que nadie advierte que estamos pensando en el futuro?

Finalmente, el reciente colapso financiero demuestra que hay problemas que por la seriedad no son exclusividad de especialistas. El liderazgo político recupera su rol frente a la economía, sensibilizando y marcando el rumbo.

En prevención, no se trata de simple técnica porque lo que está en juego es la sociedad. El trasfondo de valores que sostenemos como tal también debe ser asumido por este ejercicio político responsable y el Ministerio de Gobierno, por intermedio de la Subsecretaría de Seguridad Ciudadana, promueve su tratamiento y discusión mediante la dirección de la política pública de prevención con participación ciudadana. Así como se evidenció que la codicia no se autolimita en los mercados, el miedo tampoco.

Es importante que la institucionalización de los Consejos Locales de Seguridad Ciudadana sea acompañada por los vecinos aun por encima de las diferencias.

La participación en prevención no es certeza de seguridad, pero la indiferencia es delito asegurado.

 

Emilio Fabio Solaimán (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Subsecretario de Seguridad Ciudadana. Docente


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