Las pestes vuelven a jaquear al mundo

El brote de gripe porcina, si bien no alcanzó las dimensiones apocalípticas de otras enfermedades del pasado, muestra la vulnerabilidad global ante las nuevas amenazas biológicas y sus efectos sociales.

La irrupción de la epidemia de la nueva gripe A (H1N1), que puso en alerta a todo el mundo, dejó clara la impredecibilidad de las amenazas biológicas y, a su vez, la vulnerabilidad del mundo ante los efectos sociales y económicos de los brotes epidémicos.

Las medidas tomadas por las autoridades de México para evitar la propagación de la enfermedad prácticamente paralizaron durante varios días la actividad económica y social de la capital del país y otras ciudades afectadas, causando perjuicios millonarios, en especial en la industria del turismo y el esparcimiento.

El nuevo virus de la gripe, que es una recombinación de fragmentos genéticos de virus porcinos, aviares y humanos, causó más de 117 muertes en 66 países, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sobre un total de casi 19.510 casos de infección humana confirmados con pruebas de laboratorio.

Esta nueva gripe se enmarca en las enfermedades emergentes y reemergentes, cuyo aumento está estrechamente asociado con el cambio climático, en particular en las que son transmitidas por vectores, por la ampliación de su distribución propiciada por un aumento global de la temperatura y la humedad.

En tanto, la propagación de las enfermedades infecciosas que se transmiten de persona a persona está beneficiada por ciertas condiciones sociales y el aumento de la urbanización desordenada, que muchas veces termina en el hacinamiento y la sobrepoblación.

Según indica el Informe de la Salud en el Mundo 2008 de la OMS, se prevé que las comunidades más vulnerables de los países más pobres serán las más afectadas. Esto a su vez está relacionado con deficiencias en la salud pública y con el mayor movimiento poblacional por motivos migratorios y turísticos.

Por otra parte, los especialistas sostienen que la aparición de enfermedades nuevas o la reaparición de males que se consideraban erradicados también está relacionada con mutaciones en los agentes patógenos que aumentan su virulencia o su resistencia a los medicamentos. Entre estos males se encuentra el dengue, una enfermedad presente en regiones tropicales y subtropicales que es transmitida por el mosquito Aedes aegypti y como vector secundario el Aedes albopictus y cuya incidencia en el mundo registró un importante aumento en las décadas recientes.

Alrededor de 2.500 millones de personas, es decir dos quintos de la población mundial, están actualmente en riesgo de contraer esta enfermedad. La OMS estima que cada año se pueden producir alrededor de 50 millones de casos de dengue en todo el mundo, donde la enfermedad es endémica en más de 100 países.

El dengue, que causa fiebre, dolores articulares y musculares, fatiga, náuseas y vómitos, presenta una forma hemorrágica que es una complicación potencialmente letal y responsable de la mayoría de las muertes.

No existe un tratamiento específico ni vacuna para esta enfermedad. Por este motivo, el único modo de controlar y prevenir actualmente este mal es combatiendo el mosquito vector, tanto a través de la aplicación de insecticidas como de la eliminación de los sitios propicios para la reproducción del insecto.

En el 2008 en el continente americano fueron reportados a la Organización Panamericana de la Salud (OPS) más de 900.000 casos de dengue clásico y casi 26.000 de la versión hemorrágica, con 306 muertes. Este año el dengue registra importantes brotes en Bolivia y Argentina.

La presencia del mosquito Aedes aegypti inquieta a las autoridades sanitarias debido a que también es el transmisor de la fiebre amarilla, que en una fase temprana causa dolor de cabeza, dolores musculares, fiebre, pérdida del apetito, vómitos e ictericia pero que puede progresar causando una disfunción multiorgánica caracterizada por fallas hepática, renal y miocárdica, hemorragias generalizadas y disfunción cerebral con una alta tasa de mortalidad.

En relación con esta enfermedad, la OPS observa desde octubre del 2008 una intensa circulación del virus de transmisión selvática en América que afecta a Argentina, Brasil, Colombia, Venezuela y Trinidad y Tobago.

Otra enfermedad infecciosa grave es la malaria, transmitida por el mosquito Anopheles y producida por el protozoario Plasmodium. Las personas infectadas sufren escalofríos, fiebre, anemia y aumento del tamaño del bazo.

Si bien según un informe de la OPS de noviembre del 2008 los casos de malaria bajaron un 32% en América Latina y el Caribe desde el 2000 y las muertes resultantes de la enfermedad cayeron hasta en un 40% en el mismo lapso, más de 140 millones de personas en la región, es decir un 16%, están en riesgo de contraer la enfermedad.

Estos avances se consiguieron gracias a la mejora de los tratamientos, así como a medidas para controlar el mosquito, pero se debe mantener la continuidad para consolidar los logros en la región.

La malaria «es un problema no sólo de salud sino de desarrollo social y económico», dijo Jarbas Barbosa, gerente del área de Vigilancia Sanitaria y Control de Enfermedades de la OPS.

A nivel mundial, en el 2006 hubo unos 247 millones de casos estimados de malaria entre 3.300 millones de personas en riesgo, indica el Informe Mundial sobre la Malaria 2008 de la OMS. La enfermedad causó casi un millón de muertes, principalmente de menores de cinco años. En el 2008 había 109 países con malaria endémica.

Hay una gran cantidad de enfermedades emergentes y reemergentes que si bien tienen poca prensa afectan a gran cantidad de personas, como la encefalitis viral, la leishmaniasis, el hantavirus y el cólera.

También figura el mal de Chagas, denominado por muchos como el «mal de la pobreza», ya que el parásito que causa la enfermedad, el Tripanosoma cruzi, es transmitido por la vinchuca, un insecto que habita fundamentalmente en ranchos de adobe y paja. Según la OPS, en América Latina y el Caribe hay casi 10 millones de infectados.

En este contexto, la lucha contra estas enfermedades no se limita a los avances en los tratamientos médicos y al desarrollo de vacunas y nuevas terapias sino que también requiere de voluntad política y amplias políticas de salud pública que abarquen además la mejora de las condiciones generales de vida de la población, en especial de la marginada.


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