Las próximas etapas

Parecería que todos los políticos del mundo, con la eventual excepción de la canciller alemana Angela Merkel, su ministro de Economía Wolfgang Schäuble y, a veces, el presidente del gobierno español Mariano Rajoy, están en contra de la austeridad y a favor de los estímulos fiscales. Por cierto, abundan los que dicen sospechar que, como afirmó la presidenta brasileña Dilma Rousseff en la Cumbre Iberoamericana que acaba de celebrarse en Cádiz, los ajustes sólo sirven para someter a la gente a “enormes sacrificios” que resultarán inútiles. Aunque en muchos casos quienes critican los ajustes están interesados en congraciarse con los perjudicados por los cortes presupuestarios ordenados por las autoridades locales, con toda seguridad hay algunos keynesianos, como el economista norteamericano Paul Krugman y sus discípulos, que realmente creen que la crisis que tantos estragos ha provocado en Europa y Estados Unidos se vería superada muy pronto si los gobernantes dejaran de preocuparse por las hipotéticas consecuencias inflacionarias que tendrían paquetes de estímulo aún mayores que los ya ensayados. Sea como fuere, los gobiernos europeos, en especial los de la periferia sureña, han puesto en marcha programas draconianos con la esperanza de que por fin “los mercados” reaccionen facilitándoles el dinero que necesitarían para que la economía reanudara el crecimiento, pero así y todo muchos dirigentes dan a entender que, si bien ellos mismos preferirían no tener que ajustar nada, los alemanes, los mercados o el FMI los han obligado a hacerlo. La actitud ambigua así supuesta incide de manera muy negativa en el clima político y económico al brindar la impresión de que los gobernantes están convencidos de que sus esfuerzos se verán coronados por el fracaso pero que se sienten tan débiles que no se animan a rebelarse contra la ortodoxia “neoliberal” que dicen es hegemónica. Aunque a muchos políticos europeos, encabezados por el presidente francés François Hollande, les gustaría negarse a reducir el gasto público en medio de una recesión, y por lo tanto encontrarán atractivo el planteo de Dilma, saben que la situación de los países menos competitivos de la Eurozona –es decir de casi todos salvo los miembros del minoritario bloque teutón– es muy distinta de la de Brasil y otros “emergentes”. Están tratando de conservar un ingreso per cápita que es decididamente superior a aquel de países cuya influencia se debe más a su tamaño físico que a su productividad. El estándar de vida envidiable alcanzado por los europeos se ve amenazado por cambios demográficos abruptos, que podrían hacer estallar el Estado benefactor que se creó en circunstancias muy diferentes, y por la transformación, en un lapso muy breve, de China en una gran potencia comercial y manufacturera, además del progreso tecnológico que ha eliminado millones de empleos antes desempeñados por oficinistas y obreros no especializados. Mal que les pese a quienes, como Dilma, quisieran creer que sería posible pasar por alto tales factores, a los países ricos no les cabe otra alternativa que la de adaptarse a la nueva realidad. Asimismo, puesto que no cuentan con muchos recursos naturales, el aumento de los precios de los commodities que tanto ha beneficiado a Brasil y, desde luego, nuestro país ha agravado aun más las dificultades enfrentadas por quienes dependen de la productividad del conjunto. Crecer con rapidez a partir de la pobreza generalizada es relativamente fácil, pero continuar creciendo después de alcanzar cierto nivel de bienestar no lo es en absoluto. Mal que le pese a Dilma, incluso Brasil corre el peligro de experimentar un período prolongado de estancamiento, riesgo que, por supuesto, atribuye a la falta de dinamismo de la Unión Europea, de ahí su oposición a los ajustes que están aplicando los gobiernos del Viejo Continente. De todos modos, es razonable suponer que, tal y como están las cosas, en adelante la evolución de las economías tanto de los países ricos como de los emergentes más exitosos no se verá determinada por la estrategia financiera elegida por los gobiernos sino por una multitud de reformas, que podrían calificarse de microeconómicas, encaminadas a mejorar la eficiencia de todas las partes. Por desgracia, los líderes de los “emergentes” no están en condiciones de aportar mucho a la búsqueda de soluciones para los problemas así planteados.


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