Literatura y ajedrez

Omar Kayyam, el célebre astrónomo y poeta persa, acuñó una metáfora del ajedrez que ha perdurado: la de establecer una semejanza entre el juego y la vida, entre el blanco y negro de los días y las casillas del tablero y sus piezas regidas por una libertad siempre condicionada a un ser superior. La metáfora ha tenido excelente fortuna en la literatura mundial. Prueba de ello es uno de los poemas de Jorge L. Borges titulado “Ajedrez”.  “Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada/ Reina, torre directa y peón ladino/ Sobre lo negro  y blanco del camino/ Buscan y libran su batalla armada. No saben que la mano señalada / Del jugador gobierna su destino,/ No saben que un rigor adamantino/ Sujeta su albedrío y su jornada. También el jugador es prisionero/ (La sentencia es de Omar) de otro tablero/ De negras noches y de blancos días. Dios mueve al jugador, y éste, la pieza/ ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza/ De polvo y tiempo y sueños y agonías?” Poe en el cuento que según la tradición funda el género policial: “Los crímenes de la calle Morgue”, hace que su narrador no tenga demasiada simpatía por el ajedrez, sobre todo niega que pueda tener que ver con la inteligencia, sino más bien lo asocia a la capacidad de calcular y juzga que el juego de damas es superior al ajedrez en el uso de la reflexión. Este pasaje al comienzo del relato ha traído innumerables comentarios, muchos de ellos tendientes a refutar a Poe y enrostrarle que “no entendió el ajedrez”, cuando en realidad quien lo dice es el narrador del cuento. Del mismo autor es el ensayo “El jugador de ajedrez de Maelzel”, allí Poe conjeturó que si se construía una máquina capaz de ganar una partida, será suficiente extender esta lógica para construir una máquina que las ganara todas. La computación ha venido a demostrar por el momento el error en el que cayó Poe, ya que las computadoras ganan y pierden partidas. Esto es simplemente porque el ajedrez es mucho más complejo que lo que creía el célebre escritor estadounidense. Baste señalar como ejemplo que el número máximo de jugadas es de 5899 y que la partida más larga no alcanzó las doscientas. Lewis Carrol, autor de «Alicia en el País de las Maravillas», escribió en 1871 la segunda parte y la tituló “Alicia a través del Espejo». En esta historia el ajedrez cumple un rol fundamental y es la propia Alicia, que caracterizada como un peón blanco, se corona reina al llegar a la octava casilla y gana el juego. Por experiencia propia ya sabemos que la vida imita al arte, y me he encontrado con un buen ejemplo para corroborarlo: el búlgaro Elías Canetti escribió la novela “Auto de fe” en 1935, en ella el protagonista es un hombre llamado Fischer que quiere ser campeón del mundo de ajedrez. En 1972 Bobby Fischer se proclamó campeón mundial de este juego. No sé si Bobby le habrá agradecido a Canetti o viceversa.

Néstor Tkaczek     ntkaczek@hotmail.com


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