Llegaron los ajustes
Tuvo que ocurrir. Para angustia de muchos y desazón de casi todos, el gobierno del presidente Mauricio Macri acaba de aumentar drásticamente las tarifas de una amplia gama de servicios públicos, como el gas, agua y el transporte. El impacto más fuerte se sentirá en la Capital Federal y el área metropolitana de la provincia de Buenos Aires que, mientras duró “la década ganada”, se vieron subsidiadas por el resto del país. En efecto, a pesar de una suba del 100%, para viajar en colectivo los porteños seguirán pagando menos que sus compatriotas del interior, lo que, desde luego, no les servirá de consuelo. De todos modos, para atenuar el golpe a los bolsillos de los más necesitados, el gobierno ha propuesto una “tarifa social”, pero para acceder a ella tendrán que cumplir algunos trámites que podrían plantear dificultades a los muchos que no se han familiarizado con internet. Aunque se prevé que, a causa de los aumentos, en abril el costo de vida subirá el 6% o más, los economistas pueden argüir que en verdad las medidas no serían inflacionarias ya que, por el contrario, ayudarán a bajarlo al reducir el déficit fiscal que es el motor principal de la inflación, pero pocos se dejarán impresionar por tales tecnicismos. Asimismo, la sensación ya casi universal de que los precios están fuera de control sí incide en la inflación al obligar al gobierno a demorar medidas que sabe necesarias y tomar otras que, a la larga, podrían resultar contraproducentes en términos macroeconómicos. Con todo, convendría que aquellos que, como la diputada Elisa Carrió, la aliada más valiosa y más problemática de Macri, están protestando contra “los ajustes brutales” que está aplicando el gobierno nos dijeran lo que en su opinión debería hacer para sacar al país del pantano económico en el que los populistas lo han dejado. ¿Continuar subsidiando a los porteños y sus vecinos del conurbano bonaerense? ¿Mantener cruzados los dedos y rezar para que la realidad no sea tan mala como harían pensar los números disponibles? Por desgracia, si un vehículo se acerca con rapidez a un precipicio, negarse a procurar frenarlo no puede considerarse una alternativa aceptable. A inicios de su segundo cuatrienio en el poder, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner intentó algunos ajustes en el ámbito energético calificando lo que tenía en mente de “sintonía fina” que, dijo, pondría fin a “la avivada” supuesta por las tarifas absurdamente bajas que abonaban los consumidores de las zonas más prósperas del país, pero pronto decidió que no le convendría pagar los costos políticos que le supondría. A partir de entonces, la situación económica se ha deteriorado tanto que el gobierno macrista no podrá darse el lujo de limitarse a criticar a los empresarios y lamentar su mala suerte sin correr el riesgo de verse frente a una crisis que sea mucho más grave que la actual. Para defenderse de quienes insisten en que ha decidido ajustar las tarifas porque quiere que la gente sufra, sus voceros no tienen más opción que la de culpar al gobierno kirchnerista, el que, por querer entregar a su sucesor una bomba de tiempo con la esperanza de que estallara en sus manos, o por miedo a las consecuencias políticas que le plantearía un intento auténtico de desmantelar el sistema de subsidios que había armado, dejó pasar la oportunidad para sincerar la economía cuando hacerlo le hubiera sido relativamente fácil. Aunque los macristas tienen motivos de sobra para quejarse de “la herencia” recibida, estamos tan acostumbrados a que un nuevo gobierno hable así que muchos ya han comenzado a criticarlos por hacerlo. Desgraciadamente para Macri y los miembros de sus equipos económicos, les ha tocado manejar la economía en circunstancias mucho más adversas que las enfrentadas por los kirchneristas. Apuestan a que en la segunda mitad del año el costo de vida deje de subir a más de un dígito mensual y que, merced a créditos internacionales y el ingreso de inversiones cuantiosas, el país entre en un período prolongado de crecimiento sostenible, pero no hay garantía alguna de que tales previsiones resulten acertadas. Para la economía argentina recuperarse luego de años de improvisación cortoplacista y voluntarista no será del todo fácil, pero las consecuencias de resistirse a intentarlo serían con toda seguridad aún peores.
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