Los mitos políticos

ALEARDO F. LARÍA (*)

Mito –del griego mythos– etimológicamente significa cuento o relato. La gran mayoría de las personas piensa que los mitos pertenecen al pasado primitivo de la humanidad, pero están en un error. Los mitos siguen presentes en nuestra moderna cultura racional y es en el terreno de la política donde se manifiestan con mayor vitalidad. Asistimos, como a continuación veremos, a una creación continua de mitos que ofrecen textura épica a los discursos políticos. La estructura del mito o mitologema consiste en un conjunto de conceptos, imágenes y símbolos articulados alrededor de un personaje, un hecho histórico o un dato de la realidad. De este modo se amalgaman distintos acontecimientos históricos, más o menos ciertos o falseados, para hilvanar un relato que ofrece una interpretación de algún objeto o acontecimiento. El mitologema, según Manuel García Pelayo (“Los mitos políticos”, Alianza), añade al objeto atributos que no tiene, margina lo que puede tener de positivo o negativo (según el deseo del enunciador), establece conexiones inexistentes o reduce sus complejidades a burdas simplificaciones. Un ejemplo de actualidad lo encontramos en el denominado movimiento Tea Party en los Estados Unidos, “la mayor fuerza terrenal a favor del bien que el mundo ha visto nunca”. Sus partidarios creen seriamente que el pueblo estadounidense ha sido escogido por Dios para llevar la civilización al resto del mundo. Piensan que han sido traicionados por Obama y le reclaman que “les devuelva América”. Son dogmáticos religiosos, antiintelectuales, enemigos de los impuestos y partidarios de reducir la presencia del Estado. Algunos están convencidos de que Obama es musulmán y no ha nacido en Estados Unidos por lo que le exigen que haga pública su partida de nacimiento. En Argentina encontramos otro ejemplo en el relato mítico que se ha forjado alrededor del supuesto “monopolio” del diario Clarín. Dada la pluralidad de medios que existe en Argentina es absurdo hablar de monopolio en este terreno. Si lo que se quiere es aludir a la “posición dominante” del grupo Clarín en los medios audiovisuales, es consecuencia de la autorización que el propio gobierno de Kirchner brindó a la fusión de Cablevisión con Multicanal. Finalmente, la línea editorial desarrollista que ha caracterizado siempre a Clarín no puede considerarse contraria al gobierno, que tiene en su seno a Aldo Ferrer y Mercedes Marcó del Pont, dos de los más distinguidos representantes de esa corriente política. Por otra parte, la creencia de que existen aparatos ideológicos de dominación –sustentada por el marxismo mecanicista de Louis Althuser–, que permitiría a la clase dominante ejercer el control ideológico de las sociedades, se ha evidenciado falsa. La tesis no resistió la experiencia de lo acontecido en las sociedades cerradas comunistas, donde la falta de libertad de prensa y el control estatal de la información no impidieron que los ciudadanos terminaran ejerciendo su opción por la libertad. Los motivos por los que Clarín se ha convertido en el enemigo público Nº 1 del gobierno y la demonización de su máximo ejecutivo Héctor Magnetto permanecerán ya para siempre en el misterio. Probablemente sean secuela de una relación de amor no correspondido que se inició con unas invitaciones a cenar en la residencia de Olivos. Pero para el análisis político las motivaciones psicológicas resultan intrascendentes. Lo relevante es la fuerza con que una creencia se incorpora a un colectivo humano que la agita con denuedo y que revela la función movilizadora que cumple el mito. El autor que reivindicó con énfasis la importancia del mito para motivar emocionalmente a los seres humanos fue George Sorel (“Reflexiones sobre la violencia”, 1906). Afirmaba este autor –que se consideraba fiel intérprete de la obra de Marx pero luego brindó materiales intelectuales al fascismo italiano– que el mito engendra entusiasmo e incita a la acción. Los mitos no necesitan demostración histórica y sirven para aprehender la realidad de un modo intuitivo, de igual modo que la conciben los artistas. Para Sorel había que apelar a los sentimientos más que al análisis reflexivo para ganar la guerra entablada por el socialismo contra la decadente sociedad burguesa. Por consiguiente, si los mitos conservan actualidad, es por su fascinante poder movilizador. El problema es que son armas de doble filo. Como señala Manuel García Pelayo, una posición asumida en virtud de criterios racionales es abandonada cuando el análisis revela la imposibilidad razonable de mantenerla. En cambio, una posición asumida míticamente se mantiene contra todo fundamento o prueba racional y hasta la misma derrota, si no es radical, no hace más que añadir al mitologema nuevas imágenes de sacrificio y heroísmo. El relato creado alrededor del diario Clarín es una muestra elocuente de la fuerza que irradian los mitos. En una sociedad democrática es impensable que un gobierno pueda provocar legalmente el cierre de un medio de prensa –algo que sólo puede acontecer en dictaduras totalitarias–, de lo que se deduce que estamos ante una mera labor de agitación. Sin embargo, los resultados finales de esta maniobra tal vez no se correspondan con los esperados por sus autores. En una democracia, las elecciones son el procedimiento inexorable que establece cuáles son las creencias en pugna que merecen el reconocimiento de los ciudadanos. Entonces es cuando los votos validan o pulverizan los mitos. (*) Escritor y periodista


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