Los piratas hacen su agosto

A través de los siglos, la piratería ha florecido sólo en períodos de gran inestabilidad en que ninguna potencia, o coalición, ha estado en condiciones de dominar todos los mares. Sería de suponer, pues, que la proliferación de actos de piratería frente a las costas de Somalia se debe a que los corsarios modernos cuentan con la protección de países poderosos, pero sucede que éste nunca ha sido el caso. En la zona navegan docenas de buques de guerra estadounidenses, europeos, chinos, rusos e indios y todos los gobiernos coinciden en que es urgente eliminar la plaga. Serían capaces de hacerlo en cuestión de horas, ya que les es relativamente fácil detectar a los piratas, pero hasta hace muy poco sólo los franceses y, en menor medida, los indios se manifestaron dispuestos a hacer uso de la violencia. Puede que, estimulados por el exitoso rescate de un norteamericano por la armada de su país, en adelante actúen con mayor contundencia pero, en vista de que ya hay centenares de rehenes en manos de los piratas, la tarea no les resultará fácil.

Además del riesgo que correría la vida de personas capturadas por los piratas, los occidentales temen que cualquier manifestación de agresividad de su parte les ocasionaría problemas legales en sus propios países, donde abundan abogados que no vacilan en aprovechar las oportunidades para acusarlos de violar los derechos de los somalíes puesto que, según las leyes internacionales vigentes, no deberían tomar medidas en su contra sin preguntarles antes si realmente son piratas. Asimismo, si los detienen, podrían verse obligados a darles asilo en vez de repatriarlos, porque está prohibido por ley enviarlos a lugares en los que no suelen respetarse las generosas normas legales occidentales. Por dicho motivo, países como el Reino Unido, Alemania y Estados Unidos se han acostumbrado ya a liberarlos pronto a cambio de una promesa de que no reincidirán, ya a trasladarlos a Kenia, aunque a la luz de las deficiencias carcelarias de aquel país africano tal práctica ha motivado las protestas de políticos europeos de sentimientos humanitarios.

Para los somalíes, habitantes de un país paupérrimo, anárquico y sumamente violento, la piratería ha resultado ser un negocio muy atractivo. Saben que será limitado el peligro planteado por la armada cosmopolita en la zona hasta que los gobiernos responsables hayan encontrado una salida del laberinto jurídico en que se ven atrapados. Mientras tanto, podrán continuar atacando a buques mercantes -en los meses últimos han abordado a un centenar, lo que les ha valido rescates multimillonarios-, veleros y otras embarcaciones sin correr más riesgos que cualquier ladrón profesional. Aunque los costos de tanta permisividad han sido colosales, la ONU sigue resistiéndose a permitir que los países interesados hagan cuanto resulte necesario para restaurar un mínimo de seguridad en los mares. Puede que esta situación se modifique a raíz del ataque contra un carguero norteamericano, pero si bien el presidente Barack Obama ordenó a la Armada emprender lo que fue en efecto un operativo policial menor, parecería que preferiría una «solución negociada» a una militar.

En tiempos menos bondadosos que los nuestros, con tal que los piratas no contaran con el respaldo de una potencia fuerte, reprimirlos no planteaba dificultades. El juicio de Cicerón, del cual eran enemigos del género humano y que por lo tanto era lícito matarlos, fue tomado al pie de la letra no sólo por los líderes del Imperio Romano sino también por sus sucesores como potencia hegemónica de turno. Puesto que en la actualidad los métodos tradicionales son considerados inaceptables por muchos gobiernos occidentales, la amenaza planteada por la piratería podría alcanzar una magnitud tan grande, y provocar tantas pérdidas no sólo materiales sino también de vidas humanas, que los países perjudicados no tendrán más alternativa que la de reaccionar como sus antecesores. Hubiera sido mejor, y más humanitario, que lo hicieran antes de que la piratería somalí causara tantos estragos, pero parecería que una vez más la ilusión de que en el fondo absolutamente todos quieran vivir en paz bajo el imperio de la ley, y que si algunos no lo hacen es porque son víctimas de la injusticia occidental, ha podido más que el sentido común.


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