Messi, que siempre nos debe una
Cerca de cumplir 29 años, Lionel Messi nos acostumbró desde hace por lo menos 12 a aceptar máximas en desuso en el mundo del fútbol hasta su irrupción. Con él, casi todo partido –con tristes salvedades– tendrá un claro favorito y será aquel que lo cuente en sus filas. Casi todo partido en el que juegue –lo dice su impresionante foja de servicios– ofrecerá un gol suyo (ese es, tanto más, tanto menos, su promedio en casi 1.000 partidos oficiales). Y toda presentación, aquí sí sin excepciones, abonará el terreno de la polémica respecto de rendimientos, lealtades y compromisos según sea el color de la camiseta que el personaje luzca ese día. Si azulgrana o celeste y blanco.
Pero un bajón como el reciente, suyo y de los suyos, viene a sacudir todos los cimientos. La minicrisis que el Barcelona atraviesa por estos días no hace sino contribuir a la discusión, si por minicrisis se entiende una racha de cuatro derrotas seguidas sufridas por un equipo que les ha ganado a todos los que se le pusieron enfrente durante varias temporadas. Los fanáticos del crack rosarino, tan acostumbrados a shows de frecuencia semanal, asisten incrédulos a la falla de un conjunto que hasta hace nada era una maquinaria perfecta. Devotos de La Pulga, su estupor les quita margen para analizar el rendimiento grupal y para entender que no todo el año es Carnaval. Si siempre posaban la vista sobre el ídolo, ahora aparecen las dificultades para incorporar una mirada periférica.
Y si no pueden advertir, por caso, la falta de ingenio del entrenador Luis Enrique –¿qué sería de él en la Argentina dirigiendo a Colón o a Defensa y Justicia?, nos preguntamos con malicia– o cierto evidente bajón en Neymar, menos admitirán que Leo no es por estos días el que era, y que tiene todo el derecho a no serlo.
En el fútbol, hasta donde se sabe, pueden darse tres resultados. Y uno de ellos es la derrota. Así, sin más elucubraciones, podría empezar a aceptarse que aquel Deportivo Ganar Siempre que patentó Alfio Basile para explicar la presión que rodeaba a sus equipos, sencillamente no existe aunque el Barça de Messi nos haya querido convencer de lo contrario. Sería bueno que tomaran nota del asunto no sólo los bienintencionados locos por Leo sino, sobre todo, aquellos que vienen esperando agazapados su caída, o aquellos otros que no toleran perder alguna vez y que carecen de autocrítica. En este último grupo, y aun a riesgo de dejar de respetar ciertos códigos no escritos, debe incluirse a buena parte de la prensa deportiva catalana, tan proclive a los adjetivos en épocas de vacas gordas como dueña ahora de una inédita sagacidad, como para advertir cortocircuitos en el vestuario o salidas nocturnas antes negadas. Eso, por no poner el foco en el problema de Messi con el fisco español.
Así las cosas, que Barcelona haya quedado eliminado en los cuartos de final de la Champions League a manos del Atlético de Madrid enciende todas las alarmas. ¿Es el fin del Barça? ¿Se terminó la era dorada? Y si la derrota se engarza con otras tres en la Liga que lo obligan a compartir la punta, los interrogantes se multiplican y los fantasmas salen a la luz. Neymar deja de ser un joven simpático para pasar a ser un noctámbulo, Suárez deja de ser goleador serial para parecerse al pendenciero mordedor y Messi… ese muchacho hermético e inexpresivo incapaz de ejercer el liderazgo que la hora demanda.
Pero claro. Va este Barça cabeza dura y sin renunciar a su modo de sentir el juego golea 8-0 a Deportivo La Coruña y recupera el paso. Suárez hace cuatro y hace hacer otros tres y Messi da un pase, el del segundo gol, que debiera exhibirse diariamente en escuelas, museos y teatros.
¿Qué nos pasa para descubrir crisis profundas en algunos resultados adversos? ¿Por qué pretendemos que el que nos deslumbra cada semana durante tantos años no luzca terrenal de vez en cuando? ¿Qué nos hace tan crueles como fanáticos del deporte? Hay cierta tradición en eso de presumir que sobre fútbol lo sabemos todo. Y hay, convengamos, un enorme desconocimiento, sólo maquillado por la sentencia fácil y el lugar común.
Superada la mítica barrera los 500 goles, Lionel Messi sigue adelante con andar indescifrable. Y mientras se repone de una pequeña dolencia –él, que no falta nunca–, ajeno a discusiones más viejas que el fútbol, está listo para la próxima función. Es bastante probable que el Barça, su Barça, termine ganando la Liga y acaso haga doblete con la Copa del Rey. No será suficiente. Vendrá la Copa América y lo pondremos a prueba de nuevo. Y lo mismo en las Eliminatorias. Convendría sencillamente disfrutar el mientras tanto. Allá al final del túnel asoma el Mundial. ¿De qué nos disfrazaremos si nos conduce al título en Rusia?
Opiniones
sergio danishewsky
@sergiodanish