Miguel de Unamuno y un linotipista español

Los linotipistas fueron, al menos en la Argentina, los obreros mejores pagos del gremio gráfico. Trabajaban seis horas diarias por la insalubridad de su tarea y tenían derecho a recibir un litro de leche por jornada laboral. Neutralizaban así el gas tóxico que emitía la fundición del plomo utilizado por las máquinas con las que operaban. En las imprentas de la época, los que trabajaban en esas enormes máquinas de componer llamadas Linotipo tenían otro rasgo distintivo: usaban como sombrero una pequeña galera (galerita, le decían) que depositaban en el perchero al ingresar al taller para comenzar la tarea cotidiana. La presencia entre la ropa de los demás operarios del llamativo bombín indicaba que el (los) linotipista se encontraba trabajando. Pero no solamente llamaban la atención por la posición encumbrada entre sus pares y algún elemento de su vestimenta, los linotipistas gozaban además de un prestigio exclusivo: eran cultos. Las continuas lecturas de textos –me refiero a linotipistas de imprentas de libros– de autores de distintas culturas, les permitía poseer amplios conocimientos gramaticales y acceder a un nivel cultural que era raro ver en otras personas. De hecho se transformaban en correctores de estilo de los textos que recibían. Los linotipistas españoles no escapaban a estas características, eran comparables a los argentinos, al menos en su cultura, pues desconozco si esa primacía se daba también en lo económico. En cierta oportunidad Don Miguel de Unamuno envía a la imprenta una de sus obras. Al recibir las pruebas de galera (copia de las líneas de plomo que reproducen el texto) observa que en el margen derecho de una de esas pruebas hay un comentario del linotipista que dice: “Ojo, esta mal” y el operario corrobora esa advertencia haciendo un trazo ovalado sobre el supuesto error cometido por Unamuno. El escritor español, luego de analizar su propia escritura y comprobar que no existe el yerro señalado por el linotipista, devuelve las pruebas con el siguiente texto adjunto al del atrevido corrector: “Oído, está bien”. Más allá de la irónica respuesta que el autor de “Del sentimiento trágico de la vida” diera al operario que corrigiera su escrito, queda claro que un linotipista, en esa época, se sentía con la suficiente valentía gramatical –para llamarla de alguna manera– como para atreverse a corregir, nada menos, que a Don Miguel de Unamuno. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina

HÉCTOR LANDOLFI (*)


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